Por. María del Socorro Pensado Casanova
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“Uno no debe nunca consentir arrastrarse cuando siente el impulso de volar.”
Helen Keller, La historia de mi vida, Nueva York, 1903.
A veces, una conversación aparentemente cotidiana termina provocando una reflexión inesperada. Eso me ocurrió hace unos días, después de recibir algunos mensajes de familiares con quienes rara vez mantengo contacto. Más que las preguntas en sí, me llevaron a pensar en los límites, la privacidad y la libertad de elegir qué queremos compartir, así como en el derecho de cada persona a decidir sobre su propia vida sin que esa autonomía dependa de la edad, las expectativas ajenas o los prejuicios de los demás.
La madurez deja de medirse por el paso del tiempo y comienza a expresarse en decisiones más profundas, por ejemplo, en ejercer con mayor libertad el derecho a decidir. Madurar, además de acumular años, responsabilidades o logros, consiste en aprender a elegir con mayor conciencia qué merece nuestra atención y qué es mejor dejar atrás. La libertad en la madurez aparece al comprender que no todas las discusiones deben librarse ni todas las opiniones tienen el mismo valor. Poner límites no es una muestra de dureza, sino de respeto hacia nuestra persona. Además, la amabilidad nunca debe confundirse con la obligación de tolerar el desprecio, la discriminación o cualquier tipo de violencia.
Por otro lado, la privacidad también constituye una forma de libertad. Nadie está obligado a justificar sus relaciones, proyectos o silencios para satisfacer la curiosidad. Del mismo modo, la necesidad de registrar cada experiencia puede hacernos olvidar la importancia de habitar plenamente el presente. Hay momentos que adquieren mayor significado si primero se viven y solo después, si así se desea, se comparten.
Ahí radica una de las mayores paradojas de la madurez. Justo en una etapa en la que muchas personas desarrollan una identidad más sólida, defienden sus límites y encuentran mayor claridad sobre quiénes son, la sociedad comienza a mirar el paso del tiempo como una pérdida de valor. En el caso de las mujeres, esa percepción suele agravarse y transformarse en nuevas formas de discriminación que con frecuencia pasan inadvertidas.
En este sentido, muchas mujeres alcanzan mayor seguridad sobre quiénes son y qué desean, al mismo tiempo que comienzan a enfrentar otros tipos de violencia. La experiencia, que debería traducirse en reconocimiento, con frecuencia se convierte en motivo de descalificación.
Hemos construido una cultura que exalta la juventud como sinónimo de éxito, belleza e incluso capacidad, mientras relega la trayectoria a un segundo plano. Son los casos de las voces de muchas mujeres adultas mayores, interrumpidas, ignoradas o consideradas menos relevantes, como si el paso del tiempo disminuyera el valor de su opinión. Una comunidad igualitaria no debe permitir que los años se conviertan en un motivo para perder voz, participación o libertad.
La violencia contra las mujeres adultas mayores no siempre adopta formas evidentes. Puede manifestarse cuando se les excluye de las decisiones familiares, se minimizan sus opiniones, se cuestiona su capacidad para reflexionar o se asume que ya no tienen nada importante que aportar. En muchas ocasiones, estas conductas se justifican bajo la idea de que “es por su bien”, aunque en realidad representan una forma de limitar su autonomía y de reducir sus capacidades.
De igual manera, estas prácticas constituyen una forma de discriminación que afecta directamente su dignidad, su autonomía y el ejercicio pleno de sus derechos humanos. Además, la violencia no comienza únicamente con una agresión física, ya que también puede estar presente si una mujer deja de ser escuchada por el simple paso del tiempo, su experiencia es desacreditada, sus decisiones son sustituidas por las de otras personas o se le niega el mismo respeto que se reconoce en otras etapas.
Crecer debería significar ampliar nuestras posibilidades, no reducirlas. Cada etapa merece vivirse con la certeza de que la dignidad, la autonomía y la participación no tienen fecha de caducidad. Una sociedad que escucha, respeta y reconoce a sus mujeres adultas mayores fortalece su memoria colectiva y su capacidad para construir un futuro más justo. La libertad de crecer consiste, precisamente, en llegar a cada año con más herramientas para decidir sobre la propia vida y con la certeza de que ninguna etapa puede convertirse en un motivo para negar la dignidad, la voz o los derechos de ninguna persona.