RIZANDO EL RIZO Nuestro lado oscuro: la perversión del poder - Mujer es Más -

RIZANDO EL RIZO Nuestro lado oscuro: la perversión del poder

Por. Boris Berenzon Gorn

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Hay épocas en que el poder deja de esconder sus pasiones. Ya no necesita disfrazar la vanidad bajo el lenguaje de la virtud ni la voluntad de dominio bajo el ceremonial de las instituciones. Se exhibe. Habla en primera persona. Se fotografía, se transmite, se replica. Necesita ser visto para existir.

Quizá por eso Élisabeth Roudinesco resulta particularmente incómoda en nuestro tiempo. Historiadora y psicoanalista francesa, ha tendido puentes entre el psicoanálisis, la historia, la filosofía y la cultura, y ha estudiado cómo cada sociedad construye sus propias fronteras entre la normalidad y la transgresión. En Nuestro lado oscuro, su mirada adquiere una dimensión política: no basta con preguntar quiénes son los perversos; hay que preguntarnos qué hacemos nosotros con aquello que preferimos colocar en los otros.

La pregunta se vuelve perturbadora cuando aquello que llamamos perverso abandona los márgenes y se aproxima al centro del poder. No se trata de diagnosticar presidentes. Sería convertir el psicoanálisis en una caricatura. Se trata de mirar una transformación política cada vez más visible: la personalización del poder, la conversión del adversario en enemigo, la necesidad de reconocimiento permanente, la fascinación por la fuerza y la dificultad para aceptar el límite. Porque el poder tiene una vieja tentación: confundirse con quien lo ejerce.

El presidente comienza siendo representante y termina imaginándose encarnación. El partido comienza hablando en nombre de una parte y termina reclamando para sí la totalidad. El dirigente comienza prometiendo servir a la nación y puede terminar convencido de que la nación existe para confirmar su propia imagen.

Ahí aparece Narciso. Pero el narcisismo político no consiste simplemente en amarse demasiado. Su forma más peligrosa aparece cuando el otro deja de ser otro. Cuando deja de ser interlocutor para convertirse en espejo, súbdito, enemigo o decoración del propio relato. El narcisista necesita al otro tanto como lo rechaza: necesita que lo mire, que lo confirme, que lo admire, aunque también necesita que alguien ocupe el lugar de culpable para que su propia grandeza pueda sostenerse. Por eso el enemigo resulta tan útil.

Un enemigo simplifica el mundo. Permite transformar una realidad contradictoria en una historia elemental: nosotros contra ellos, los buenos contra los malos, los que pertenecen contra los que amenazan. La política deja entonces de ser deliberación y comienza a parecerse a una dramaturgia.

El mundo contemporáneo ofrece un escenario particularmente fértil para esa transformación. Estudios recientes sobre la democracia y las libertades políticas han documentado un prolongado deterioro de diversos indicadores institucionales en distintas regiones del planeta. Más allá de las cifras, lo importante es la mutación cultural que revelan: la política ya no disputa solamente quién gobierna; disputa quién tiene derecho a definir la realidad. Y quien consigue imponer el relato puede terminar imponiendo también los límites de lo pensable.

Donald Trump constituye uno de los ejemplos más visibles de esta política personalizada. No porque debamos reducir su figura a una categoría psicoanalítica, sino porque su trayectoria permite observar hasta qué punto una personalidad puede convertirse en vehículo de identificación política. Lo verdaderamente interesante no es preguntarnos si Trump es narcisista. Esa pregunta es demasiado fácil. La cuestión fértil es otra: ¿por qué una parte de la política contemporánea necesita dirigentes cuya personalidad pueda convertirse en el principal escenario de la disputa pública? Ahí Trump deja de ser solamente Trump. Se convierte en síntoma de una época.

Una época en la que la política se parece cada vez más a la economía de la atención. Antes el político necesitaba una plaza, un periódico, una radio o una televisión. Ahora puede fabricar su propio escenario cada minuto. Habla directamente. Responde inmediatamente. Convierte una declaración en acontecimiento y un agravio en espectáculo. La pantalla ha reducido la distancia entre gobernante y espectador, pero también ha transformado la naturaleza de la autoridad. El poder ya no sólo necesita ser obedecido: necesita circular. Y la circulación tiene sus propias perversiones. La indignación viaja más rápido que la explicación. El insulto encuentra audiencia antes que el argumento. La humillación produce más espectadores que la deliberación. El enemigo resulta más atractivo que el adversario. El algoritmo descubre qué nos irrita, qué nos excita, qué nos atemoriza y qué necesitamos odiar para volver a mirar. Nunca habíamos tenido tanta capacidad de hablar y quizá nunca habíamos estado tan expuestos a una política que convierte la voz en espectáculo. El problema, por supuesto, no está únicamente en los gobernantes.

Roudinesco nos obliga a mirarnos. Nuestro lado oscuro es nuestro. La sociedad que reclama líderes absolutos participa, de alguna manera, en la construcción de ese absolutismo. La multitud que exige soluciones inmediatas puede terminar considerando los procedimientos democráticos como obstáculos. El ciudadano que pide que alguien “ponga orden” puede descubrir que el orden también puede convertirse en una forma de obediencia. La comunidad que necesita un enemigo puede terminar necesitando enemigos para conservar su cohesión. La perversión política no consiste entonces únicamente en que el poderoso quiera dominar. Aparece cuando una sociedad comienza a encontrar satisfacción en esa dominación.

La historia conoce bien esta operación. Los totalitarismos del siglo XX llevaron hasta el extremo la fabricación sistemática del enemigo. Roudinesco muestra cómo, en el nazismo, la destrucción dejó de ser únicamente una conducta individual para convertirse en una maquinaria política. El horror adquirió administración, lenguaje, reglamentos, burocracia. Nuestro tiempo no repite mecánicamente aquel siglo. Sería una simplificación peligrosa. Su oscuridad tiene otras formas. Hoy el poder puede llegar mediante elecciones. Puede invocar al pueblo. Puede hablar de soberanía. Puede presentarse como defensa de los olvidados frente a las élites, los extranjeros, los intelectuales, los jueces, los periodistas o los enemigos internos. Y puede incluso utilizar las instituciones democráticas para debilitarlas desde dentro. Ahí reside una de las grandes paradojas de nuestro presente: la democracia puede ser utilizada contra aquello que la hace democrática.

No son iguales los procesos que observamos en Rusia, China, India, El Salvador, Estados Unidos o cualquier otro país. Sus historias, instituciones y conflictos son diferentes. Sin embargo, en distintos lugares aparece una pregunta semejante: ¿qué ocurre cuando la autoridad política comienza a concentrarse alrededor de una persona que reclama una relación privilegiada con el pueblo?

América Latina conoce desde hace mucho tiempo esa tentación. El caudillo, el salvador, el hombre providencial, el presidente que promete refundar la nación forman parte de nuestra memoria política. La novedad del siglo XXI es que ahora el caudillo tiene pantalla propia. Y la pantalla es un espejo extraordinario. En ella el gobernante puede contemplarse mientras contempla a sus seguidores contemplándolo. El narcisismo encuentra así una tecnología perfecta. Pero hay algo más profundo. La política contemporánea enfrenta problemas sistémicos —guerras, migraciones, inteligencia artificial, desigualdad, crisis climática, transformaciones laborales, desplazamientos culturales— y, paradójicamente, cuanto más compleja se vuelve la realidad, mayor parece ser nuestra necesidad de respuestas simples. El mundo produce problemas. Nosotros producimos personajes.

Queremos nombres donde existen estructuras. Queremos culpables donde existen procesos. Queremos salvadores donde quizá solamente existen decisiones difíciles. Y ahí el narcisismo encuentra su gran oportunidad histórica. El líder dice: yo. La sociedad responde: nosotros. Y poco a poco ambos comienzan a confundirse. La democracia exige precisamente lo contrario. Exige aceptar que nadie encarna a todos. Que el gobernante no es el Estado. Que el presidente no es la nación. Que el partido no es el pueblo. Que la mayoría necesita a la minoría para seguir siendo mayoría y que el adversario no pierde su condición humana por haber perdido una elección. Democracia significa soportar el límite.

Y el límite es insoportable para todo poder que haya comenzado a enamorarse de sí mismo. Quizá por eso la defensa de la democracia no consista únicamente en votar. Consiste en preservar la diferencia entre el poder y quien lo ejerce, entre la nación y quien habla en su nombre, entre el pueblo y quien afirma encarnarlo. La civilización no ha eliminado nuestro lado oscuro. Apenas ha construido diques para contenerlo. Esa es quizá la verdadera función de las instituciones: no confiar en la bondad del poderoso, sino impedir que su sombra pueda convertirse en ley.

No necesitamos gobernantes sin sombra. Esa esperanza sería infantil. Necesitamos instituciones capaces de sobrevivir a las sombras de quienes gobiernan. Porque el peligro no comienza cuando aparece el monstruo. Comienza mucho antes: cuando dejamos de reconocer que también nosotros podríamos necesitarlo. Y acaso ésta sea la pregunta que nuestro tiempo todavía no quiere hacerse: ¿cuánto de nuestro deseo de poder estamos dispuestos a entregar al poder de otro?

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

Élisabeth Roudinesco es una destacada historiadora y psicoanalista francesa, cuya obra ha tendido puentes entre el psicoanálisis, la historia, la filosofía y la cultura. Sus investigaciones sobre Freud, Lacan y la historia del psicoanálisis han renovado la comprensión de sus conceptos y de su lugar en la sociedad contemporánea. Ha estudiado también la locura, la sexualidad, la familia, la perversión y las formas históricas de exclusión, mostrando cómo cada época redefine sus propias fronteras entre normalidad y transgresión.

Narciso el obsceno

El narcisismo necesita al otro como espejo; la perversión, cuando alcanza el poder, puede convertirlo en objeto. Uno exige ser admirado; la otra comienza cuando aquello que se resiste a reflejarnos debe ser sometido.

 

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