Por. María del Socorro Pensado Casanova
X: @mariaaspc / IG: @pcasanovams
Mi verdadera politización comenzó, no a través del movimiento chicano,
sino mediante el audaz reconocimiento de mi lesbianismo.
Cherríe Moraga, This bridge called my back: writings by radical women of color, 1981.
Resulta bastante curioso cómo, cuando un hombre no logra dominar a una mujer, automáticamente decide llamarla lesbiana. Como si ser lesbiana fuera una grosería, una falta de respeto al mundo entero o una identidad sin legitimidad. Como si amar a otra mujer implicara romper un orden construido durante siglos para decidir qué mujeres merecen reconocimiento y cuáles deben vivir ocultas. En realidad, el lesbianismo representa una de las expresiones más auténticas del amor entre mujeres, una relación atravesada por la sensibilidad, el cuidado y la comprensión mutua. Mujer contra mujer, junto con tantas otras melodías, deja a la luz la tristeza que puede embargar a quienes esconden su amor bajo la apariencia de amistad para sobrevivir frente al juicio social.
Detrás de muchas historias existe silencio, culpa y miedo. Existe también la necesidad de ocultar la identidad para evitar la condena colectiva que todavía persigue a las mujeres que aman libremente. La vida ha sido especialmente dura con quienes deciden construir su identidad lejos de las expectativas tradicionales. La etiqueta como castigo constante hacia la diversidad sexual termina alcanzando también la libertad individual, aquella que permite a cada persona construir su género y vivir conforme a su propia existencia.
Sheila Jeffreys concebía el lesbianismo como una herejía para el patriarcado porque representaba la posibilidad de un amor sin dominación masculina. Su proyecto de Lesbian Nation imaginaba una forma distinta de organización social donde las mujeres pudieran existir fuera de las estructuras que históricamente las subordinan. Desde esta mirada, el lesbianismo dejó de entenderse únicamente como orientación sexual para convertirse también en una postura política frente a las relaciones de poder que atraviesan la vida cotidiana.
Más adelante, Cherríe Moraga escribió que su verdadera politización comenzó mediante el audaz reconocimiento de su lesbianismo, dejando claro que muchas veces la identidad sexual también implica conciencia política frente a la opresión. Es evidente, cómo la dureza social hacia las mujeres lesbianas revela la incomodidad que produce toda mujer que decide vivir conforme a sí misma y no bajo las reglas de feminidad, obediencia y dependencia emocional construidas por el patriarcado.
En este contexto, Iris Marion Young advirtió que diversidad e identidad pueden convertirse en trampas cuando se utilizan para hablar de las mujeres. Aunque estas categorías permiten visibilizar grupos étnicos y minorías culturales, pierden fuerza política al analizar la condición femenina. Las mujeres hemos sido excluidas históricamente por aquello que compartimos dentro de un sistema patriarcal y por la manera en que ese sistema ha construido nuestra subordinación. Así, Young hablaba de la fragmentación que convierte a la categoría mujer en una ficción dispersa, del enmascaramiento que reduce la percepción de la opresión y de la despolitización que dificulta la construcción de sujetos políticos colectivos capaces de transformar la realidad.
Sin duda, el feminismo y el lesbianismo han sido mezclados de forma automática para desacreditar a las mujeres. Durante años se ha señalado a las mujeres lesbianas como feministas radicales y a las feministas como lesbianas, utilizando ambas categorías como insulto. Sobre esto, Laura Fauró explica que el feminismo radical busca la raíz de la dominación masculina y propone transformar las estructuras sociales que sostienen la violencia y la heteronormatividad. Será que Mary Daly exageraba al decir que los hombres son parásitos de la energía femenina, provocando filosóficamente y cuestionando formas históricas de explotación y apropiación de la vida de las mujeres.
El lesbianismo político y la forma de liberación que trajo consigo, llegó a sostener que el feminismo era la teoría y el lesbianismo la práctica, según Adrienne Rich, quien propuso reflexionar sobre la heterosexualidad obligatoria y sobre las maneras en que las mujeres habían sido educadas para construir su vida alrededor de los hombres.
Reducir toda experiencia lésbica al feminismo radical termina siendo otra forma de simplificación. Ser lesbiana significa amar a otra mujer. Ser feminista implica cuestionar las estructuras de desigualdad que atraviesan la vida de las mujeres. La obsesión social por unir ambas categorías como acusación continúa revelando el miedo que todavía produce una mujer capaz de vivir conforme a su identidad, su amor y su propia manera de existir.