Por. Adriana Segovia
X: @NASegovia
Por experiencias personales, de amigas y consultantes, sé que la mirada de los otros sobre nuestro cuerpo, lo que nos dicen y lo que nos decimos, ocupa una cantidad exagerada de tiempo y energía para muchas personas, especialmente para las mujeres.
En enero de 2024 me hice un propósito de año nuevo poco convencional, no tenía que ver ni con dietas ni ejercicio, ni con estudios o viajes o algún esfuerzo de mejoramiento personal en cualquier ámbito, solo decidí que por ese año no iba a expresar ningún comentario ni opinión sobre los cuerpos, ni sobre el mío ni sobre los demás, incluyendo las figuras públicas. No se trataba de dejar hablando solas a las personas, sino de no continuar un cotilleo sobre el cuerpo de nadie, no dar pie al mismo, y en consulta, solo escuchar y acompañar las reflexiones y sufrimientos al respecto, y en lo posible, cuestionar las razones por las que ese sufrimiento ocupa tanto espacio en nuestras vidas.
Cuando pienso en ese hablar sobre los cuerpos no me refiero solo a esos comentarios sobre si alguien está o se ve gorda o flaca, también sobre lo que come, cómo le queda la ropa, cómo se arregla. Estos comentarios muchas veces son negativos, pero a veces también pesan los “positivos”, tipo: “hoy sí te arreglaste mucho”, “esa blusa sí se te ve bien”, “hoy sí te ves muy bonita”, “cómo has adelgazado”, “¿puedes comer eso en tu dieta?”. Esas opiniones a veces caen bien, pero muchas veces hacen sentir a las personas que si ahora se ven bien, otras veces se veían mal, o bien que están siendo observadas y/o juzgadas por personas o en ocasiones que ni siquiera sospechaban.
Un “simple” comentario sobre el cuerpo o la apariencia, aun dicho con buena fe o con buenas intenciones, puede ser devastador, doy fe de muchas experiencias que he escuchado, pero las y los lectores seguro recordarán alguno personal o que les hayan contado. Meterse con el cuerpo de los otros con consejos de preocupación sobre cómo se ven, cómo se arreglan o lo que comen, o si deberían hacer ejercicio o cualquier otra “mejoría” implica una falta de respeto a la autonomía de las personas y la tonta suposición de que si no nos lo dice alguien, no nos daríamos cuenta de alguna cosa que pase con nosotros, como si no fuéramos las y los primeros en saber, por ejemplo, que no nos queda nuestra ropa. Hay que dejar de decirle a los otros comentarios “por su bien”. Hagan mejor otras cosas por el bien de los otros que dar consejos u opiniones no pedidas, ¿no?
Los juicios sobre los cuerpos vienen de mandatos sociales acerca de las normas dominantes sobre los cuerpos “adecuados”: los cuerpos esbeltos (excesivamente), jóvenes y blancos; los productos de consumo, la publicidad, los medios, las redes y los discursos tienden a recordarnos permanentemente cuánto nos alejamos de ese ideal y todo lo que podemos hacer para acercarnos a él. El ideal dominante estético se mezcla con dos componentes tóxicos que regresan a nosotras convertidos en pura opresión: un discurso moral y un discurso de salud. El moral es cuando no ser delgado equivale a no tener autoestima, no tener autocontrol, ser negligente, fodongo y descuidado. Y el discurso de salud cuando se entiende ésta solo como el equivalente a una figura esbelta: que nos vendan como saludable algo que en realidad es un juicio moral, cuando no una franca gordofobia o discriminación por no acercarse al estereotipo dominante de belleza.
¿Que cómo me fue con mi propósito de 2024? Tomé bastante conciencia de cuán automático tenemos el impulso de decirnos a nosotras mismas y a los otros cómo se ven, o hacer estos comentarios sobre terceros. Y lo peor es que lo más automático es el juicio negativo y cuánto maltrato se expresa en los juicios sobre nosotras mismas. Tuve que hacer un esfuerzo consciente para platicar de otras cosas, describirme a mí y a los otros desde otros lugares.
Aunque el movimiento de la positividad corporal (body positive) es un avance hacia la aceptación y respeto de todos los tipos de cuerpos, sigue centrando la preocupación en mirar y juzgar los cuerpos. Mi propuesta no va en el sentido de olvidarnos de la salud o la estética, no es ni posible ni deseable, pero me parece que la salud y la estética debería ser un acto de absoluta autonomía, una decisión personal para dialogarla con los profesionales de la salud y de otras áreas que nos parezca, y sobre todo que estos compartan una visión diversa y sin juicio moral sobre nuestras preferencias y decisiones (hay pocos, falta mucho a trabajar en esas áreas).
¿Y qué papel jugarían nuestros familiares y amigos en nuestros temas de salud y estéticos? Pues que opinen cuando les preguntemos, que escuchen nuestras tribulaciones al respecto sin opinar, con curiosidad y respeto. Con respeto a la autonomía de las decisiones de cada quien. Porque nuestra autonomía no se forma de ideas que salen solas de nuestra cabeza, sino en el diálogo respetuoso con los otros (profesionales y afectivos), sabiendo que la decisión última sobre nuestro cuerpo es nuestra.
Después de 2025 levanté mi propósito consciente del año anterior, y puedo quizá a veces comentar algo sobre algún cuerpo, pero la verdad es que ya casi no siento la necesidad. Me he animado a sugerirle a algunas consultantes a que les propongan a sus amigas o a su familia a hacer el experimento de que por un mes o por una semana nadie hable del cuerpo o el aspecto físico de nadie. Se les antoja a muchas personas, pero no se atreven a proponerlo. Es más, pueden comprometerse sobre no hablar de otras personas, pero se les hace muy difícil no juzgarse a sí mismas. Es interesante cuántos hábitos está dispuesta la gente a romper (ya sea que lo logren o no), pero no el de no juzgar nuestros cuerpos. Pues aquí les dejo el reto, el experimento: no hables (¿un mes? ¿una semana?) de tu cuerpo y de los otros cuerpos. Ya me contarán cómo les va.