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KIREI Los libros de mi vida

Por. Gilda Melgar

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Al conmemorar el Día Mundial del Libro este 23 de abril, caigo en cuenta de que toda mi vida ha estado marcada por los libros. Primero, porque nací de dos padres profesores, uno de ellos dedicado a la literatura y a la poesía. Segundo, porque después de crecer rodeada de libros, lecturas y periódicos, decidí estudiar la carrera de Bibliotecología. Tercero, porque me casé con un bibliotecólogo al que conocí en la Facultad de Filosofía y Letras. Cuarto, porque hubo libros que me hicieron cambiar mi perspectiva de la vida para mejor y, quinto, porque a mi hijo menor lo nombré como al autor de una de mis novelas favoritas.

A pesar de que la lectura me fue impuesta de niña, la he disfrutado siempre. Unas épocas más que otras, pero ha sido siempre fiel compañera en las tardes, vacaciones o noches de desvelo, época en la que leí sobre todo a los hispanoamericanos, incluyendo los clásicos de García Márquez, Isabel Allende y Juan Rulfo.

Más tarde y gracias a la bellísima “Colección Premios Nobel” (Editorial Orbis), empastada en azul marino con letras doradas que se vendió en los 90, disfruté de las grandes obras de John Steinbeck, Ernest Hemingway e Ivo Andric. Este último dejó en mí una huella profunda con “Un puente sobre el Drina”, novela por la cual el escritor yugoslavo recibió el premio en 1961.

En la universidad, tomé una materia optativa dedicada a la obra de Jorge Ibargüengoita, con cuyas letras, sarcasmo y entorno de sus historias me sentí muy identificada.

Luego disfruté de las autoras Laura Esquivel, Sara Sefchovich, Ángeles Mastretta y Guadalupe Loaeza.

Durante la niñez de mis hijos tuve que cambiar los libros por las caricaturas y los cuentos infantiles. No puedo recordar las veces en las que les leí “El Gato con botas”, “Hansel y Gretel” o “La espiga dorada”, ni la cantidad de relatos bellamente ilustrados que me aprendí de memoria. Amén de la infaltable visita a la “Feria del Libro Infantil y Juvenil”, en la que más que con textos salíamos con juguetes y chucherías.

Una vez que retomé la lectura, me topé con uno de mis autores favoritos, el eterno meme de los Nobel, mi amado Haruki Murakami, del cual he leído leí muchísimo (aunque ya no tanto los últimos años). Mis favoritos a ojos cerrados, la saga de “IQ 1984”, “El pájaro que le da cuerda al mundo”, “Escucha la canción del viento y Pitbull” y “Al sur de la frontera, al oeste del sol”.

Del mismo modo en que me obsesioné por años con el japonés, luego me devoré casi toda la obra de Sándor Marai, el húngaro cuyas novelas lograron fama tras su muerte y fueron traducidas tardíamente a nuestro idioma. Lo mejor: “La mujer justa” (con la cual me ahorré como un año de terapia), “El último encuentro” y “La herencia de Esther”. Digamos que estos son mis dos autores más leídos, pero no se quedan nada atrás Alessandro Baricco, J.M.Coetzee e Ian McEwan, de los cuales me quedo con “La esposa joven”, “Verano” y “Sábado”, respectivamente.

Confieso que con la llegada de Netflix mi concentración para la lectura decayó drásticamente, pero cada tanto vuelvo al refugio de las historias en letras con las que todos podemos identificarnos en menor o mayor medida. Así que de alguna manera me he estancado, pero poco a poco he descubierto a las talentosas mexicanas Guadalupe Nettel, Cristina Rivera Garza, Valeria Luiselli y, recientemente, a Aura García-Junco.

No digo que leo todo lo que cae en mis manos, pero estoy abierta y en ese rubro random hubo dos novelas que me regalaron y fascinaron: “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, de la moldava Tatiana Tibuleac, y “El descontento”, de la española Beatriz Serrano.

También me he acercado a los discípulos de Murakami, con títulos como “Antes que se enfríe el café” o “El gato que amaba las bibliotecas”. Ahora pretendo desentrañar a las novelistas coreanas y japonesas nacidas en los 80 que lideran hoy la oferta asiática.

Sin duda puedo hilar mi autobiografía a través de los libros que me marcaron, del mismo modo en que ahora pretendo leer a nuevos autores al tiempo que escribo mi nueva historia. __________________

Nota. Día Mundial del libro: iniciativa de la UNESCO, organismo que en 1995 decidió instituirlo a partir de una propuesta de la Unión Internacional de Editores y por petición del Gobierno español ante la ONU. Y, al parecer, se festeja en esta fecha debido a que se ha establecido el 23 de abril de 1616 como el día en que fallecieron los dos más grandes de la literatura universal: Cervantes y Shakespeare.


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