“No es la locura la que desborda al mundo, sino un mundo que desborda a la mente.”
Por. Boris Berenzon Gorn
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Hay expresiones que sobreviven porque simplifican lo que incomoda. “Estás loco” puede funcionar como broma, como elogio velado o como descalificación rápida. Pero en su ligereza se esconde una operación más profunda: la de empujar hacia los márgenes aquello que no entendemos. Entre ese gesto cotidiano y el padecimiento real de un trastorno mental hay una distancia que la cultura ha preferido no mirar de frente. Sin embargo, esa distancia se ha ido acortando. Hoy, la fragilidad psíquica ya no es un asunto ajeno: se filtra en la conversación pública, en la escuela, en la familia, en el trabajo. La mente —esa antigua incógnita— parece estar bajo asedio.
La pandemia no creó esta crisis, pero la aceleró y la volvió visible. Alteró la percepción del tiempo, erosionó certezas y obligó a convivir con la vulnerabilidad de forma sostenida. El aislamiento, la pérdida y la incertidumbre no fueron experiencias excepcionales, sino compartidas. Y allí se abre una primera interrogante que atraviesa todo intento de comprensión: ¿puede una sociedad llamarse sana si su forma de vida produce, de manera sistemática, angustia, agotamiento y desconexión? La pregunta incomoda porque desplaza el foco: ya no se trata solo de individuos que “fallan”, sino de estructuras que tensionan al límite.
Desde sus orígenes, la reflexión sobre la psique ha oscilado entre dos tentaciones: explicarlo todo o admitir que hay un resto irreductible. Los griegos nombraron la psyche como principio vital; no era únicamente pensamiento, sino aquello que animaba la existencia. Con el tiempo, la tradición filosófica y religiosa fue cargando ese concepto de dimensiones morales y metafísicas. La modernidad, en su afán clasificatorio, intentó domesticar la mente: medirla, dividirla, diagnosticarla. Pero en ese proceso también trazó una frontera. Al otro lado quedó la locura.
Michel Foucault mostró que esa frontera no es natural, sino histórica. Lo que una época considera “razón” y “sinrazón” depende de sus dispositivos de poder, de sus instituciones, de sus miedos. Encerrar, aislar, medicar: prácticas que no solo buscan curar, sino también ordenar. De ahí surge una sospecha persistente: ¿hasta qué punto la normalidad es un acuerdo social que favorece la estabilidad de ciertos sistemas, incluso a costa de silenciar formas legítimas de sufrimiento o disidencia?
Freud introdujo una fisura decisiva en esa confianza moderna. El sujeto no es dueño de sí mismo; está atravesado por conflictos inconscientes. La cultura, lejos de ser un refugio armónico, exige renuncias constantes. En El malestar en la cultura, la idea es clara: vivir en sociedad implica una cuota inevitable de frustración. No hay equilibrio perfecto. La salud mental, entonces, no es ausencia de conflicto, sino capacidad de tramitarlo. Pero esta idea choca con una cultura contemporánea que promueve la eliminación rápida del malestar. Y allí surge otra pregunta clave: ¿qué perdemos cuando reducimos el sufrimiento a un problema que debe ser eliminado de inmediato, como si fuera un error técnico?
Se pierde, en primer lugar, la posibilidad de sentido. El síntoma —sea ansiedad, depresión, compulsión— no es solo un fallo; es también una forma de lenguaje. Podría decirse que el cuerpo habla cuando la palabra no alcanza. En ese sentido, el síntoma no es simplemente algo que hay que suprimir, sino algo que hay que escuchar. ¿Qué dice una angustia persistente en una cultura obsesionada con el rendimiento? ¿Qué expresa una depresión en un mundo que impone la felicidad como norma? Escuchar no significa romantizar el sufrimiento, sino reconocer que en él hay una verdad que no siempre se deja traducir en diagnósticos rápidos.
Aquí aparece el concepto de goce, particularmente en la tradición psicoanalítica. No se trata del placer evidente, sino de una satisfacción más opaca, incluso dolorosa. El sujeto, a veces, se aferra a aquello que le hace daño. Repite, insiste, vuelve al mismo punto. ¿Por qué? Tal vez porque en esa repetición hay algo de identidad, algo que organiza su experiencia, aunque sea de manera destructiva. Esta dimensión complejiza cualquier intento de intervención: no basta con ofrecer soluciones externas si no se considera la implicación subjetiva.
La psicología contemporánea ha diversificado sus enfoques. Desde modelos cognitivo-conductuales hasta perspectivas humanistas y sistémicas, cada uno aporta herramientas valiosas. La psiquiatría, apoyada en la neurociencia, ha logrado avances significativos en la comprensión biológica de ciertos trastornos. Sin embargo, el riesgo del reduccionismo sigue presente. Explicar la depresión únicamente como un desbalance químico puede ser útil para el tratamiento, pero insuficiente para comprender la experiencia. ¿Dónde queda la historia del sujeto, su contexto, sus vínculos?
La expansión del discurso sobre salud mental ha tenido efectos ambivalentes. Por un lado, ha contribuido a disminuir el silencio y a legitimar la búsqueda de ayuda. Por otro, ha generado una especie de “mercado del bienestar” donde todo malestar parece tener una solución rápida: una técnica, una app, una fórmula. En este escenario, surge otra tensión: ¿cómo distinguir entre una adaptación saludable y una resignación disfrazada de equilibrio? Adaptarse a condiciones injustas o alienantes puede ser funcional, pero no necesariamente saludable.
Los jóvenes habitan esta contradicción de forma intensa. Crecen en una cultura que les exige autenticidad, éxito y felicidad simultáneamente, mientras enfrentan precariedad, incertidumbre y sobreexposición. Las redes sociales amplifican la comparación y erosionan la autoestima. No sorprende que la ansiedad y la depresión se hayan vuelto tan frecuentes. Pero más allá de los diagnósticos, hay una pregunta más profunda: ¿qué tipo de mundo les estamos ofreciendo para construir su identidad?
En el otro extremo, los adultos mayores enfrentan una forma distinta de exclusión. En sociedades que valoran la productividad y la novedad, el envejecimiento se asocia con pérdida y marginalidad. Enfermedades como el alzhéimer no solo afectan la memoria individual, sino que interpelan a la memoria colectiva: ¿cómo cuidamos a quienes ya no encajan en los ritmos dominantes?
La violencia contemporánea, en sus formas más extremas, también puede leerse como un síntoma. No se trata de reducirla a un problema psicológico individual, sino de reconocer que emerge en un contexto donde los referentes simbólicos se debilitan. Slavoj Žižek ha sugerido que vivimos en una época donde la realidad misma se vuelve difícil de simbolizar. Cuando el lenguaje falla, lo real irrumpe de forma cruda. Algunas explosiones de violencia parecen intentos desesperados de inscribirse en un mundo que no ofrece reconocimiento.
En este contexto, la pregunta por las comunidades se vuelve urgente. ¿Qué formas de vínculo pueden sostener la fragilidad sin negarla? La salud mental no se construye en aislamiento. Requiere redes, espacios de aire, tiempos compartidos. Sin embargo, la lógica individualista ha erosionado muchas de estas estructuras. Se promueve la autosuficiencia, pero se descuida la interdependencia.
El papel de las drogas añade otra capa de complejidad. La psiquiatría ha desarrollado tratamientos que alivian sufrimientos intensos, pero el uso extendido de sustancias —legales e ilegales— revela una dificultad para habitar el malestar sin recurrir a atajos químicos. ¿Estamos medicalizando la vida cotidiana o estamos respondiendo a un nivel de sufrimiento que la cultura no logra contener de otro modo?
Y entonces aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿a quién le conviene una psique en crisis? No se trata de imaginar conspiraciones simples, sino de reconocer que ciertos modelos económicos y culturales se benefician de sujetos ansiosos, inseguros, siempre en busca de algo que calme su inquietud. Una mente fragmentada consume más, cuestiona menos, se adapta con mayor facilidad a condiciones precarias.
Frente a este panorama, las propuestas no pueden ser unívocas. En el ámbito educativo, es urgente integrar la reflexión sobre la vida psíquica de manera seria, no como un añadido superficial. Enseñar a pensar, pero también a sentir, a nombrar, a tolerar la frustración. En el ámbito sanitario, se requiere una articulación más fina entre disciplinas: ni todo es biología ni todo es discurso. En el plano cultural, es necesario transformar las narrativas: dejar de asociar la locura únicamente con peligro o genialidad, y empezar a verla como parte de la condición humana.
Pero quizá el cambio más profundo sea de orden ético: aceptar que el conflicto no es un error a corregir, sino una dimensión constitutiva de la vida. Que la salud mental no es un estado de armonía permanente, sino una práctica, un trabajo, una relación con uno mismo y con los otros.
Tal vez, al final, la frase más honesta no sea “estás loco”, sino “algo en nosotros —individual y colectivamente— no está encontrando su lugar”. Y reconocer eso no es un fracaso; es el comienzo de una pregunta más radical: ¿qué mundo necesitamos construir para que la mente no tenga que romperse para poder existir?