Por. María del Socorro Pensado Casanova
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“El universo está hecho de historias, no de átomos.”
Muriel Rukeyser
¿Alguna vez te has sentido con la obligación de manifestar un sí por compromiso? Seguramente tu respuesta será afirmativa, porque en la vida nos han educado con la falsa creencia de tener que dar nuestro consentimiento a todo lo que parece ser o hacer lo correcto, a eso que está bien. De acuerdo con William David Ross, lo correcto es aquello que produce el máximo placer y grado de bien, de modo que es así como el camino o la solución correcta se plantean a ser la mejor elección para actuar.
El dilema se presenta cuando ese máximo placer y bien es único o personal, y entonces lo que para nosotros es correcto, para el resto genera un daño, o viceversa. ¿Somos capaces de hacerle daño a alguien por decir no? Sí, lo somos, pero más allá de ser egoístas, o considerarnos con total independencia del mundo que habitamos y de la sociedad en la que nos relacionamos, habrá que replantearnos en todos los contextos que nuestro consentimiento no tiene ni debe encontrarse con obstáculos para ejercerse y manifestarse de manera libre e informada. Es decir, siempre que nosotros consintamos sin coerción o presión cualquiera de las opciones que existan por decidir, estaremos en lo correcto. Las únicas letras pequeñas que vienen acompañadas con este consentimiento son: siempre y cuando no vulneremos los derechos de una tercera persona.
Una vez expuesta mi breve aportación entre lo correcto e incorrecto, quiero acercarme al elemento de la culpabilidad o responsabilidad que nos invade al ser rechazados, o bien, humillados y juzgados cuando decimos que no. No puedo, no debo, no quiero, estas y todas las palabras y frases que utilizamos para decir que no son válidas cuando interponemos primero que nada nuestro bienestar y decisión. Nadie tiene el derecho ni cuenta con beneficios de querer dañarnos por nuestras elecciones.
Existen ambientes que destruyen porque sabemos que las personas que estarán ahí presentes ejercen una “fuerza superior” contra nosotros a través de la que nos provocan un malestar emocional que genera vulneraciones durante nuestro sentir y actuar. Muchas veces lo hacen por medio de actos tendientes a competir y comparar, y siendo realistas, frente a lo que nos presumen, de aquello que sea, qué más da prescindir o mejorarlo, cuando no forma parte de nuestra lista de objetivos en la vida.
Me atrevo a decir que no forma parte, porque si no nos lo habíamos planteado antes de recibir esa agresión, ¿Por qué tenemos que adoptar las opciones o modelos que otras personas pretenden que hagamos? Las aspiraciones de nuestro destino las decidimos conforme lo que vivimos, y consentimos de acuerdo con lo que deseamos. No debemos permitir que una persona fuera de nuestro ser obstruya o cuestione nuestras decisiones. Si no nos sentimos con seguridad de permanecer en un sitio, ¿Por qué decir que sí por compromiso? No hay obligaciones que justifiquen soportar humillaciones, ni tampoco los chantajes emocionales o amenazas que puedan realizarnos por manifestar o no nuestro consentimiento de compartir momentos con otras personas.
Además, algunas prácticas agresivas que son ejercidas con bastante cotidianeidad en la actualidad como humillar, amenazar y chantajear constituyen violencia emocional y psicológica. En otras palabras, si eliges no tener relaciones sexuales, si decides terminar una relación de pareja, si manifiestas que por cuestiones laborales no puedes asistir a un evento, si optas por no asistir a una comida familiar o de amistades, y a cambio recibes humillaciones, amenazas o chantajes como castigo después de dar un no por respuesta, estás recibiendo violencia emocional o psicológica.
Es fundamental reconocer que, así como el tiempo pasa y transforma todo a nuestro alrededor, la manera en la que nos sentimos también cambia. No siempre tenemos que sentirnos a gusto o conformes en los lugares que antes considerábamos correctos; podemos y debemos expresar nuestros sentimientos y decisiones sin temor al rechazo. En este proceso vital, el consentimiento ocupa un lugar central, permanecer, compartir o vincularnos solo es válido cuando existe un acuerdo libre, consciente y continuo. El respeto a nuestros límites y a los de las demás personas es indispensable para ejercer plenamente el derecho a una vida libre de violencia y para construir relaciones sanas, dignas y basadas en la autonomía.