RIZANDO EL RIZO Quién tiene derecho a decir qué es México - Mujer es Más -

RIZANDO EL RIZO Quién tiene derecho a decir qué es México

Por. Boris Berenzon Gorn

X: @bberenzon

 

“La soberanía de una nación comienza allí donde conserva la libertad
de nombrarse a sí misma.”

 

En México hemos hablado durante décadas de soberanía. Hablamos de soberanía territorial, política, energética, alimentaria, económica y tecnológica. Hablamos de fronteras, de recursos, de instituciones y de nuestra capacidad para tomar decisiones sin que otros decidan por nosotros. Y en los últimos años esa conversación ha cobrado una fuerza particular ante las declaraciones y propuestas del gobierno de Donald Trump, que han vuelto a colocar en el centro del debate la defensa del territorio mexicano y los límites de cualquier intervención extranjera. En mayo de 2025, por ejemplo, la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que había rechazado una propuesta de Trump para enviar tropas estadounidenses a México para combatir al narcotráfico y sostuvo que cualquier cooperación debía respetar la soberanía mexicana.

Pero justamente cuando la palabra soberanía vuelve a ocupar un lugar importante en la conversación pública, vale la pena hacer una pregunta menos evidente: ¿qué pasa con aquello que no aparece en un mapa, no se defiende con fronteras y, sin embargo, determina buena parte de la manera en que una nación se reconoce? Ahí aparece la soberanía cultural.

Porque un país no sólo necesita decidir sobre su territorio. Necesita también poder decidir cómo se representa, qué recuerda, qué voces escucha, qué conocimientos produce y cómo cuenta su propia historia. A primera vista, soberanía y cultura parecen pertenecer a mundos distintos. La soberanía nos hace pensar en la Constitución, las fronteras, el Estado y las instituciones. La cultura nos lleva a las lenguas, los libros, la música, las fiestas, la comida, el arte y la memoria. Pero en realidad están mucho más cerca de lo que solemos pensar. Un país puede tener territorio, gobierno y fronteras, pero necesita algo más para convertirse en una comunidad: necesita reconocerse en una historia y encontrar en ella razones para sentirse parte de algo común.

México tuvo que aprenderlo desde su nacimiento como nación independiente. En 1821 no bastaba con dejar de pertenecer políticamente a España. Había que responder una pregunta mucho más difícil: ¿qué país queríamos ser? La educación, la historia, las academias, las bibliotecas, los museos, la ciencia y las artes participaron en la construcción de esa respuesta. La nueva nación necesitaba instituciones, pero también necesitaba memoria; necesitaba leyes, pero también símbolos; necesitaba territorio, pero también una imagen de sí misma. Y ahí aparece una pregunta que todavía no hemos resuelto del todo: ¿quién tiene derecho a decir qué es México?

Guillermo Bonfil Batalla entendió que detrás de esa pregunta había un problema de poder. Cuando hablamos de “nuestro” patrimonio cultural parece que todos estamos de acuerdo sobre lo que significa ese “nuestro”. Pero ¿quién decide qué debe conservarse?, ¿quién determina qué representa al país?, ¿quién puede contar la historia de una comunidad?, ¿quién tiene derecho a transformar aquello que heredó?

En su México profundo, Bonfil puso sobre la mesa una tensión que sigue siendo vigente: la existencia de un proyecto nacional que durante mucho tiempo quiso identificarse con una determinada idea de modernidad, mientras las culturas indígenas quedaban frecuentemente relegadas, incorporadas como símbolo, pero no siempre reconocidas como sujetos capaces de decidir sobre su propio patrimonio y su propio futuro. Esto nos obliga a entender la cultura de otra manera. No es solamente un conjunto de tradiciones que debemos conservar. También es un espacio donde se ejerce poder.

Miguel León-Portilla nos ayuda a mirar esa historia desde otro lugar. Su trabajo permitió escuchar con mayor claridad las voces de los pueblos indígenas y reconocer en ellas no sólo testimonios de un pasado remoto, sino pensamiento, literatura, memoria y distintas maneras de comprender el mundo. Gracias a esa mirada, resulta más difícil pensar que lo indígena pertenece exclusivamente al pasado. Las lenguas que todavía se hablan, las comunidades que mantienen y transforman sus tradiciones y las formas de entender la vida que han sobrevivido durante siglos forman parte del México de hoy.

Las raíces de un país no son piezas de museo. Están vivas mientras alguien las habla, las recuerda, las transforma y las transmite. Por eso la soberanía cultural no puede consistir en congelar una supuesta esencia mexicana. Una cultura que nunca cambia termina convertida en una imagen de sí misma. Podemos conservar perfectamente un traje, una danza, una receta, una canción o una pirámide y, aun así, perder aquello que les daba sentido. Una cultura no permanece viva porque se niegue a cambiar. Permanece viva porque puede cambiar sin dejar de reconocerse.

Aquí resulta especialmente útil la reflexión de Bolívar Echeverría. La cultura no consiste solamente en guardar lo recibido, sino en relacionarnos críticamente con ello. Una identidad no desaparece porque se transforme. Al contrario: muchas veces demuestra que está viva precisamente porque es capaz de dialogar con lo diferente, apropiarse de algunas cosas, rechazar otras y crear algo nuevo. México es el resultado de esa historia. No somos una cultura aislada. Somos el resultado de encuentros, conflictos, mezclas y apropiaciones que comenzaron mucho antes de que existiera el país como Estado. Lo indígena, lo europeo, lo africano, lo asiático, lo caribeño y lo norteamericano han dejado huellas en nuestra historia. El problema, entonces, no es que existan influencias externas. El problema es cuando dejamos de tener capacidad para decidir qué hacemos con ellas.

Hay una diferencia entre intercambio e imposición. Entre diálogo y subordinación. Entre adoptar algo porque lo hacemos nuestro y abandonar algo porque nos hicieron creer que era inferior. Pensemos en una lengua. Puede cambiar porque sus hablantes crean palabras nuevas, incorporan expresiones o encuentran nuevas maneras de nombrar el mundo. Pero también puede dejar de hablarse porque durante generaciones se enseñó a sus hablantes que esa lengua era un signo de atraso. En ambos casos hay transformación. Pero sólo en uno existe una decisión libre.

Luis Villoro llevó esta discusión hacia la idea de una nación plural. Si México está formado por muchas comunidades, lenguas, memorias y formas de vida, la unidad nacional no debería depender de hacerlas idénticas. Ser mexicanos no tendría por qué significar dejar de ser diferentes. La diversidad no tiene por qué ser una debilidad de México. También puede ser una de sus mayores riquezas políticas y culturales. Sin embargo, hoy tenemos un problema que Bonfil, León-Portilla, Echeverría y Villoro no pudieron conocer en toda su dimensión: el poder cultural de las plataformas digitales. Una parte enorme de nuestra vida ocurre hoy frente a una pantalla. Escuchamos música, vemos películas, buscamos información, leemos noticias, conversamos y producimos imágenes dentro de plataformas cuyas reglas, algoritmos e intereses comerciales suelen definirse fuera de México.

Esto no significa que debamos temerle a la cultura global. Al contrario: nunca habíamos tenido acceso a tantas voces y expresiones distintas. La pregunta es más sencilla y, al mismo tiempo, más incómoda: ¿Quién decide qué vemos? Durante siglos discutimos quién escribía los libros de historia. Ahora también tenemos que preguntarnos quién decide qué aparece frente a nuestros ojos. ¿Qué canción escuchamos después? ¿Qué película nos recomienda una plataforma? ¿Qué noticia llega a millones de personas? ¿Qué voces se vuelven visibles y cuáles quedan enterradas? ¿Qué lenguas tienen suficientes datos para ser comprendidas por una inteligencia artificial? ¿Qué comunidades quedan prácticamente fuera del universo digital?

La soberanía cultural del siglo XXI también se juega ahí. Por eso defender la cultura mexicana no significa únicamente proteger monumentos, celebrar fiestas o conservar tradiciones. Significa construir las condiciones para que México pueda producir y transmitir conocimiento propio. Significa escuelas y universidades. Bibliotecas y archivos. Museos y editoriales. Cine, música, literatura y ciencia. Medios públicos. Investigación. Tecnología. Y también herramientas digitales capaces de incorporar nuestras lenguas y nuestra diversidad. Una lengua que no pueda entrar en el mundo digital corre el riesgo de quedar fuera de una parte importante del futuro. Y cuando una lengua desaparece de esos espacios, no desaparecen únicamente palabras: desaparecen maneras de nombrar la realidad.

Pero también hay que tener cuidado con otra tentación. El Estado puede proteger la cultura, financiarla, investigarla y crear condiciones para que se transmita. Lo que no debería hacer es apropiarse de ella hasta decidir qué significa definitivamente ser mexicano. Una cultura viva tiene derecho a incomodar. Un historiador debe poder en duda la versión oficial del pasado. Una comunidad debe poder interpretar su patrimonio de manera distinta a una institución. Un escritor debe poder burlarse de nuestros lugares comunes. Un artista debe poder cuestionar incluso aquello que otros consideran intocable. Eso no necesariamente debilita a México. Tal vez sea una de las maneras de mantenerlo vivo.

Por eso necesitamos ampliar nuestra idea de soberanía. Ser soberanos culturalmente no significa decidir de una vez y para siempre quiénes somos. Significa conservar la libertad y las capacidades necesarias para seguir haciéndonos esa pregunta. México necesita soberanía territorial, política, energética, alimentaria y tecnológica. Pero todas esas dimensiones quedarían incompletas si perdiéramos otra, mucho más íntima: la capacidad de nombrar el mundo desde nuestra propia experiencia; de conservar nuestras memorias sin convertirlas en piezas inmóviles; de hablar nuestras lenguas sin vergüenza; de producir conocimiento propio; de recibir lo extranjero sin obedecerlo y de transformar lo heredado sin pedir permiso para existir. La soberanía cultural no consiste en cerrar las puertas ni en levantar muros contra el mundo. Consiste en poder abrirlas sin entregar la llave. Porque quizá una nación empiece a perder soberanía mucho antes de que alguien ocupe su territorio: cuando deja de tener las palabras para explicarse a sí misma.

Y esa es, en última instancia, la pregunta que permanece: ¿Quién tiene derecho a decir qué es México? Quizá la respuesta no pueda pertenecer a un solo gobierno, a una institución, a una élite ni a un único relato histórico. México es demasiado antiguo, demasiado diverso y demasiado vivo para caber en una sola voz. México también está en quien recuerda una historia familiar, en quien conserva una lengua, en quien escribe un libro, pinta un cuadro, cocina una receta heredada, investiga un archivo, enseña una palabra indígena a sus hijos o inventa una nueva manera de contar el país.

Porque México no es solamente aquello que recibimos del pasado. Es también aquello que todavía tenemos la libertad de imaginar.

 

Manchamanteles

La literatura también puede ser una forma de soberanía: cuando un país escribe desde sus propias experiencias, conserva la capacidad de nombrar su realidad sin depender de la mirada ajena. En México, obras como El laberinto de la soledad de Octavio Paz, Pedro Páramo de Juan Rulfo, Los recuerdos del porvenir de Elena Garro o Balún Canán de Rosario Castellanos muestran distintas maneras de explorar la memoria, la identidad, la desigualdad y las tensiones que han dado forma al país. Esa tradición continúa en autores contemporáneos como Valeria Luiselli, Yuri Herrera, Fernanda Melchor, Brenda Navarro, Cristina Rivera Garza y Emiliano Monge, cuyas obras abordan, desde perspectivas muy distintas, la migración, la violencia, la frontera, la desigualdad, la memoria, el desarraigo y las transformaciones de la sociedad mexicana. En escritores como Cristina Rivera Garza, la memoria y la violencia se convierten también en una forma de interrogar la historia; en Yuri Herrera, la frontera y el lenguaje permiten explorar las relaciones de poder; mientras que Fernanda Melchor y Brenda Navarro han llevado a la literatura algunas de las experiencias más ásperas de la desigualdad y la violencia contemporáneas. En ellos, la soberanía no aparece como un discurso político, sino como algo más esencial y profundo: el derecho de una sociedad a contarse desde sus propias voces, incluso cuando esas voces contradicen los relatos cómodos sobre quiénes somos. La literatura, en ese sentido, no sólo conserva la memoria de un país; también disputa quién puede interpretarla y abre la posibilidad de imaginar el México que todavía no existe.

Narciso el obsceno

El narcisismo de una sociedad comienza cuando deja de preguntarse quién es y se conforma con contemplar la imagen que otros han construido de ella.

 

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