Por. María del Socorro Pensado Casanova
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“Ay del género humano si la Historia se redujese a la opresión del débil por el fuerte,
al triunfo de la violencia.”
Emilia Pardo Bazán, El mandil de cuero, Madrid, 1898.
Hace unos días volví a ver una película que se ha convertido en una de mis favoritas: Un fantasma en la batalla. Me gusta su historia, la interpretación de Susana Abaitua y que detrás de la ficción exista la memoria de mujeres que desempeñaron una labor fundamental desde espacios que parecían reservados. La protagonista, inspirada en una agente de la Guardia Civil que permaneció infiltrada durante años, me hizo recordar a quienes han ocupado lugares fundamentales en la historia de España y lo que tuvo que ocurrir para que pudieran estar ahí.
Durante buena parte del siglo XIX, la presencia femenina en la vida política y pública española se abrió camino. La Constitución de Cádiz de 1812 inauguró el constitucionalismo español. Margarita López Morla, Frasquita Larrea, Carmen Silva y María Manuela López de Ulloa utilizaron la literatura y el periodismo para reflexionar sobre su papel en la sociedad. A finales del siglo XIX, Emilia Pardo Bazán llevó más lejos aquellas reivindicaciones al defender su independencia, su derecho a la educación y su presencia en la vida pública y privada.
El siglo XX aceleró esa transformación. Carmen de Burgos se convirtió en 1902 en una figura pionera del periodismo español. Escribió sobre el divorcio, defendió el sufragio femenino y fue corresponsal de guerra. Poco después, otras mujeres ingresaron en ámbitos tradicionalmente ocupados por hombres. Entre ellas, Clara Campoamor, abogada, diputada y figura fundamental para el sufragio femenino.
Su nombre permanece más allá de los libros. Calles, plazas, centros educativos y lugares vinculados al transporte llevan el nombre de Clara Campoamor. Nombrar conserva la memoria de quienes hicieron posible que las mujeres llegaran a lugares de los que durante mucho tiempo estuvieron excluidas. Su defensa del sufragio contribuyó a que la Constitución de 1931 reconociera el derecho de las mujeres al voto y, en 1933, participaran por primera vez en unas elecciones generales.
El modelo femenino centrado en el matrimonio, la maternidad y el hogar durante la Guerra Civil y la dictadura se transformaría a partir de la desaparición de la licencia marital en 1975. La Transición inició una nueva etapa para los derechos de las mujeres, y aquella evolución no ocurrió solamente en las leyes. La Movida madrileña convirtió las calles, la música, el arte y la noche de los años ochenta en escenarios de nuevas libertades. Malasaña, uno de mis lugares favoritos de Madrid y escenario de aquella efervescencia cultural, lleva el nombre de otra mujer: Manuela Malasaña, joven madrileña convertida en símbolo del levantamiento del 2 de mayo de 1808. Más de un siglo y medio después, aquellas calles volvieron a ser escenario de una sociedad que buscaba expresarse de otra manera. Es una época que me encanta encontrar en la literatura, como sucede en Tú y yo, invencibles, de Alice Kellen, una de mis autoras favoritas.
La Constitución de 1978 convirtió la igualdad en uno de los pilares del nuevo orden democrático. Después llegaron el divorcio en 1981, la despenalización parcial del aborto en 1985 y la incorporación de España a las Comunidades Europeas en 1986. En el siglo XXI, las leyes en materia de igualdad y contra la violencia de género consolidaron un marco jurídico que ha convertido al país en un referente internacional en la protección de los derechos de las mujeres.
Un fantasma en la batalla hace mirar esta historia desde otro lugar. Detrás de aquella agente infiltrada que asumió durante años un riesgo extraordinario existe una memoria colectiva de generaciones de españolas que fueron conquistando el derecho a participar plenamente en la vida de su país. Algunas aparecen en los libros, otras han dado nombre a las calles que recorremos y otras más permanecieron en el anonimato. Pero unas y otras recuerdan algo fundamental: las mujeres no llegaron tarde a la historia. Siempre estuvieron ahí.
Desde México, mirar esta historia también permite reconocernos. A uno y otro lado del Atlántico, distintas generaciones han conquistado derechos y lugares que parecían inaccesibles. Conocer sus historias permite comprender que ninguna democracia puede construirse sin nosotras y sin nuestra participación.