Por. Boris Berenzon Gorn
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¿De qué sirve tener voz si cada uno escucha solamente aquello que confirma lo que ya pensaba? Hay palabras que nacieron solemnes y terminaron haciendo trabajo burocrático. Ciudadanía es una de ellas. Se pronuncia en discursos gubernamentales y opositores, campañas electorales, universidades, medios, organismos internacionales, consultas públicas y documentos estratégicos. Todo proyecto respetable tiene hoy “participación ciudadana”. Es casi obligatorio. Como el café en los congresos académicos: no garantiza que alguien permanezca despierto, pero su ausencia resultaría escandalosa. La ciudadanía tiene, sin embargo, un pequeño problema: habla. Y cuando habla puede resultar incómoda para todos.
Para el gobierno, porque debate. Para la oposición, porque no siempre cuestiona aquello que la oposición quisiera. Para los partidos, porque cambia de opinión. Para los intelectuales, porque no necesariamente ha leído nuestros libros. Para los medios, porque a veces desconfía de ellos. Para las redes sociales, porque resulta demasiado compleja para caber en una tendencia. Y para los propios ciudadanos porque escuchar a otro ciudadano puede ser bastante más difícil que exigir que nos escuchen. Tal vez por eso la historia política no sea solamente la historia de quién gobernó a quién, sino de algo más íntimo: quién tuvo derecho a ser escuchado y quién decidió qué voces merecían ese privilegio.
Porque voz siempre hubo. Hablaron los esclavos, las mujeres, los campesinos, los pueblos conquistados, los indígenas, los obreros, los herejes, los locos, los migrantes, los presos, los niños y los derrotados. Hablaron muchísimo. El problema consistió en que quienes administraban el sentido decidieron que aquello no era propiamente palabra. Era ruido. Superstición. Ignorancia. Histeria. Barbarie. Resentimiento. Desinformación. Ahora también puede ser “narrativa”. El vocabulario cambia; la sordera posee una admirable capacidad de adaptación histórica.
Aristóteles distinguió entre la phoné, la voz mediante la cual expresamos placer y dolor, y el logos, la palabra capaz de nombrar lo conveniente y lo perjudicial, lo justo y lo injusto. La política occidental quedó instalada en esa grieta. No bastaba emitir sonidos para ingresar plenamente en la ciudad: había que poseer una palabra reconocida como palabra. El detalle importante era, naturalmente, quién expedía el certificado.
Giorgio Agamben ha vuelto sobre esa frontera inquietante. La voz pertenece al cuerpo, pero al convertirse en lenguaje deja parcialmente de pertenecerle. Algo queda entre el sonido y el significado: respiración, temblor, presencia. Antes de decir algo, la voz ya ha dicho algo fundamental: alguien está aquí. Quizá por eso un grito nos perturba antes de que conozcamos su argumento. La voz es la prueba acústica de una existencia. Y aquí aparece el vocativo, esa forma aparentemente insignificante del lenguaje que posee una enorme potencia política: “¡Ciudadanos!” “¡Compañeras y compañeros!” “¡Compatriotas!” “¡Demócratas!” Antes de comunicar algo, quien habla ya ha construido a su interlocutor.
Cuando un gobernante dice “los ciudadanos”, conviene mirar discretamente alrededor para descubrir quién quedó fuera de la fotografía. Pero lo mismo vale para la oposición cuando afirma representar “a los ciudadanos”, para el intelectual cuando invoca “a la sociedad”, para un movimiento cuando se presenta como portavoz de “la gente” y hasta para nosotros mismos cuando pronunciamos con sorprendente seguridad: “lo que México quiere”.
México quiere muchas cosas. Algunas contradictorias. Por fortuna. Porque ningún gobernante, partido, movimiento o intelectual habla realmente con “el ciudadano”. Habla con trabajadores, empresarios, campesinos, madres, estudiantes, comerciantes, científicos, creyentes, ateos, indígenas, militares, migrantes, ricos, pobres, jóvenes, viejos, convencidos, indecisos, desencantados y personas que sólo desean llegar a casa sin que nadie vuelva a explicarles el país. El ciudadano en singular es una formidable comodidad gramatical. La sociedad, en cambio, tiene la desagradable costumbre de existir en plural. Ahí comienza el problema de la ciudadanía. El súbdito tenía una ventaja: sabía que debía obedecer. El ciudadano moderno recibió una noticia bastante más complicada: era soberano. Desde entonces lleva más de dos siglos intentando averiguar dónde se encuentra exactamente su reino.
Las revoluciones modernas proclamaron que el poder provenía del pueblo. Fue una transformación extraordinaria. El antiguo subordinado apareció convertido en fundamento de la legitimidad. Aunque con algunas restricciones. La Revolución francesa descubrió que los derechos del hombre podían ser universales siempre que no se preguntara demasiado por las mujeres. Las nuevas repúblicas americanas celebraron la soberanía popular mientras indígenas, esclavizados, campesinos y analfabetos comprobaban que la palabra “todos” era filosóficamente generosa y políticamente estrecha. La modernidad inventó así una especialidad que conserva excelente salud: la universalidad con excepciones. Libertad para todos. Igualdad para todos. Derechos para todos. Voz para todos. Después venía la letra pequeña. Pero sería demasiado fácil contar esta historia como una lucha entre ciudadanos virtuosos y gobiernos sordos. La realidad es bastante menos confortable.
Los ciudadanos también somos sordos. Escuchamos a quienes piensan como nosotros. Seguimos a quienes confirman nuestras sospechas. Compartimos aquello que fortalece nuestras certezas. Bloqueamos al incómodo. Descalificamos al adversario. Y cuando alguien perteneciente al otro bando dice algo razonable experimentamos una de las formas más intensas del sufrimiento contemporáneo: tener que reconocerlo. La sordera política se democratizó. Ya no es monopolio del Estado. La practican gobiernos y oposiciones, partidos y movimientos, comentaristas y audiencias, intelectuales y militantes, derechas e izquierdas. Cada tribu posee su audífono ideológico perfectamente calibrado para amplificar lo propio y reducir el volumen de lo ajeno. Por eso escuchar es mucho más que oír. Oír es una facultad biológica. Escuchar es aceptar el riesgo de que el otro modifique nuestras certezas.
Y eso vale para quien gobierna y para quien quiere gobernar; para la mayoría y para la minoría; para quien marcha y para quien observa la marcha desde la banqueta. Las democracias han intentado institucionalizar esa escucha mediante elecciones, parlamentos, consultas, mecanismos de participación, organizaciones civiles, medios de comunicación y formas de deliberación pública. Son conquistas indispensables. Sería absurdo negarlo. El problema comienza cuando el procedimiento sustituye a la escucha. Puede ocurrir en cualquier gobierno y en cualquier época. Se organizan consultas, mesas de diálogo, foros, encuestas, parlamentos abiertos y plataformas digitales. El ciudadano llega con una pregunta y el sistema le entrega un formulario. Llega con una tragedia y recibe un número. Llega con rabia y obtiene un folio. Y ocurre entonces uno de los pequeños milagros de la modernidad administrativa: el dolor se convierte en expediente. No hay necesariamente censura. Hay seguimiento. Mucho más civilizado. Pero tampoco conviene idealizar al ciudadano frente a la institución. La participación pública puede degradarse igualmente en espectáculo, linchamiento, consigna, rumor o furia colectiva. Una multitud no posee automáticamente razón por ser multitud. Un millón de “me gusta” no convierte una falsedad en verdad, del mismo modo que una mayoría electoral no convierte cada decisión del vencedor en infalible. La democracia no consiste en sustituir la arrogancia del gobernante por la infalibilidad de la multitud. Consiste precisamente en desconfiar de ambas. Y entonces llegaron las redes sociales. Nunca tantos seres humanos pudieron hablar públicamente al mismo tiempo. Publicamos, comentamos, compartimos, respondemos, reaccionamos, transmitimos, denunciamos, bloqueamos y desbloqueamos. Cada teléfono es una pequeña imprenta, una estación de radio, una televisión y, algunas noches, un tribunal revolucionario con batería al doce por ciento. Parecía la realización del viejo sueño democrático. El ágora universal. Sólo que el ágora pertenece a empresas privadas y un algoritmo decide quién grita más cerca de nuestros oídos.
La ciudadanía digital produjo así una criatura histórica extraordinaria: el individuo que puede hablarle potencialmente al planeta entero y que sospecha permanentemente que nadie lo escucha. Entonces contamos. Seguidores. Reproducciones. Comentarios. Interacciones. Alcance. La antigua ciudadanía luchaba por derechos políticos. La contemporánea corre el riesgo de luchar por engagement. El ciudadano comienza a parecerse al consumidor, el político al creador de contenidos y la democracia a una competencia por nuestra atención.
Aquí aparece otro personaje: Narciso. No sólo el gobernante narcisista. También el opositor narcisista, el intelectual narcisista, el periodista narcisista y, desde luego, el ciudadano narcisista. El narcisismo político comienza cuando dejamos de escuchar al otro porque estamos demasiado ocupados admirando el eco de nuestra propia voz. Ésa es quizá una de las patologías políticas centrales de nuestro tiempo. Todos quieren ser escuchados. Cada vez menos quieren escuchar. La política contemporánea posee una fascinación casi erótica por el micrófono. Conferencias, videos, podcasts, transmisiones, clips, mensajes, declaraciones, réplicas y contrarréplicas. Pero esto tampoco pertenece a un solo gobierno, país o ideología.
Donald Trump convirtió la comunicación política directa y confrontativa en uno de los rasgos de su relación con sus seguidores. Javier Milei ha hecho de las redes y de una retórica de ruptura una herramienta central de identidad política. Nayib Bukele construyó una forma de comunicación gubernamental inseparable del entorno digital. Los gobiernos europeos intentan responder a electorados fragmentados mientras nuevas derechas disputan el significado mismo de “pueblo”. En América Latina, izquierdas y derechas invocan por igual a “la gente” mientras acusan al adversario de no escucharla. Cambian los protagonistas.
Permanece la tentación. La tentación consiste en pasar de: “Yo los represento” a: “Yo los comprendo mejor que nadie”. Y finalmente: “Yo soy ustedes”. Ahí comienza el problema. Porque cuando el representante pretende convertirse en encarnación, el plural empieza a desaparecer. La política ejecuta entonces su viejo número de ventriloquia. Habla por el ciudadano. Escucha lo que ella misma acaba de decir. Y se declara satisfecha.
Pero también la oposición puede fabricar un ciudadano imaginario, atribuirle un rechazo unánime que no existe y terminar conversando con su propio reflejo. El espejo no tiene partido. Por eso una democracia verdadera debe sonar mal. Debe desafinar. Debe permitir interrupciones. Una democracia no es un coro. El coro necesita partitura, director y voces coordinadas. La democracia debería parecerse más a una orquesta que todavía discute qué pieza tocar, quién marca el compás y si acaso todos quieren interpretar la misma música. La unanimidad es preciosa en los cementerios. En las sociedades vivas resulta sospechosa.
En México esta materia adquiere una intensidad particular. Somos una sociedad prodigiosamente verbal. Gobierno, oposición, partidos, empresarios, académicos, periodistas, comentaristas y redes explican diariamente lo que ocurre. A veces la República parece una sobremesa gigantesca en la que todos han decidido explicar México y nadie piensa recoger los platos. Sin embargo, bajo esa abundancia permanecen voces cuya escucha sigue siendo una tarea pendiente. Pueblos indígenas. Migrantes. Víctimas. Comunidades rurales. Trabajadores. Jóvenes. Minorías. Personas que viven lejos de los centros donde se fabrica la conversación nacional. Suele decirse que debemos “dar voz a quienes no tienen voz”. La frase parece generosa. También es arrogante. ¿Quién nos nombró distribuidores oficiales de voces? Ellos tienen voz. Lo que muchas veces falta es otra cosa: interlocución, representación, acceso, justicia y capacidad real para modificar decisiones.
No son mudos. La sociedad puede volverlos inaudibles. Y esto nos obliga a recuperar la intuición de Agamben. Una comunidad puede reconocer jurídicamente el logos de una persona —sus derechos, su ciudadanía, su condición de sujeto— y permanecer indiferente ante su phoné: su sufrimiento concreto. Podemos hablar de pobreza sin escuchar el hambre. De migración sin escuchar al que camina. De pueblos originarios sin escucharlos como interlocutores contemporáneos. De juventud sin preguntarles a los jóvenes. No se trata necesariamente de mala voluntad. A veces es peor. Es costumbre. La democracia corre entonces el riesgo de convertirse en un sistema que reconoce perfectamente el derecho a hablar, pero ha olvidado el arte de escuchar.
Y aquí la crítica debe ser necesariamente plural. Un gobierno democrático debe escuchar incluso a quienes desean que fracase. Una oposición democrática debe escuchar incluso cuando la realidad contradice su diagnóstico. Un intelectual debe escuchar incluso cuando la sociedad no confirma su teoría. Y un ciudadano democrático debe aceptar que otro ciudadano, igualmente legítimo, puede mirar el mismo país y llegar a una conclusión completamente distinta. Eso no significa relativismo. Significa democracia. La escucha no obliga a estar de acuerdo. Obliga a reconocer al otro como interlocutor. Esa es la frontera. Nuestra época ha perfeccionado el mito: ya no contemplamos solamente nuestro rostro en el agua; contemplamos nuestras opiniones reflejadas por algoritmos que han aprendido exactamente qué debemos ver para continuar teniendo razón.
Manchamanteles
Hemos construido durante siglos extraordinarias tecnologías para hablar. Alfabeto, imprenta, periódico, radio, televisión, internet, redes sociales, inteligencia artificial. Ahora podemos decir casi cualquier cosa, casi desde cualquier sitio y casi en cualquier momento. La gran revolución pendiente resulta escandalosamente primitiva: aprender a escuchar. Una democracia no empieza cuando todos tienen micrófono. Empieza cuando gobierno, oposición y ciudadanía pueden escuchar una voz que les desagrada sin necesitar inmediatamente apagarla, caricaturizarla, clasificarla o convertirla en enemiga. Porque quizá la democracia no sea el régimen en el que finalmente habla el pueblo Es algo bastante más incómodo: el régimen donde nadie posee para siempre el derecho de hablar en nombre de todos.
Narciso el obsceno
El narcisismo político comienza cuando dejamos de escuchar al otro porque estamos demasiado ocupados admirando el eco de nuestra propia voz. Y la democracia comienza, quizá, en el instante menos heroico de todos: cuando aceptamos que ese eco no es el mundo.