SA RIBA DE LA VALL Ad aequalitatem - Mujer es Más -

SA RIBA DE LA VALL Ad aequalitatem

Por. María del Socorro Pensado Casanova

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IG: @pcasanovams

 

Septiembre llega con una ocasión especial: esta columna número 50 coincide con una vuelta al Sol escribiendo en Mujer es Más, desde Sa Riba de la Vall. Un recorrido que agradezco profundamente y que significa una oportunidad para hablar de derechos humanos, igualdad y de aquellas realidades que todavía necesitamos transformar. Por eso, para este número quiero detenerme en una expresión que escuchamos constantemente, aunque su significado no siempre resulte tan claro. 

¿A qué nos referimos al hablar de sistema patriarcal?

El legado de estructuras patriarcales se remonta a las primeras civilizaciones. En Mesopotamia, los hombres concentraban el poder familiar y ocupaban una posición principal y prioritaria dentro de la sociedad. Hace alrededor de tres mil años, durante el siglo XII a. C., algunas de las primeras leyes que incorporaron disposiciones referentes a las mujeres establecieron mandatos de sumisión de las esposas frente a sus maridos y asociaron el cumplimiento de las obligaciones familiares femeninas con la obediencia y el respeto.

Aquellas estructuras atravesaron la evolución de distintas sociedades y contribuyeron a construir el significado de ser mujer a partir de ideas vinculadas con la fragilidad y la debilidad. En el Imperio romano, esta concepción encontró expresión en la imbecillitas sexus, una consideración de inferioridad femenina que acompañó la subordinación al paterfamilias y la vinculación de las mujeres con el espacio doméstico. Así, la procreación, la educación y el cuidado de los descendientes quedaron estrechamente relacionados con el rol femenino.

La realidad romana, sin embargo, también muestra que la posición de las mujeres no permaneció completamente inmóvil. Formaban parte de la vida pública a través del reconocimiento de la ciudadanía y contaban con el status civitatis. A partir del siglo II a. C., algunas mujeres pudieron adquirir una mayor autonomía tras la muerte del paterfamilias, administrar bienes familiares heredados y participar en reuniones relacionadas con asuntos políticos.

Siglos después, la Edad Media mantuvo buena parte de aquellos estereotipos. La honra, la belleza y una educación refinada aparecían entre las virtudes que otorgaban reconocimiento a las mujeres, mientras el modelo femenino socialmente aceptado continuaba ligado a la figura de la esposa y madre obediente. Fuera del matrimonio, el convento y el servicio religioso representaban otra de las posibilidades consideradas apropiadas.

La sexualidad adquirió además un papel fundamental durante este periodo. La influencia religiosa contribuyó a establecer reglas morales sobre las relaciones sexuales y el matrimonio, al tiempo que se desarrollaron formas de regulación de determinadas conductas sexuales. La honesta copulatio, entendida como la relación sexual dentro del matrimonio, se situó entre los comportamientos aceptados por aquel orden moral.

La posición social también determinaba las posibilidades de las mujeres. Aquellas pertenecientes a los grupos privilegiados tuvieron mayores oportunidades de acceder al conocimiento y algunas aprendieron a leer, escribir o pintar. Sus aportaciones, sin embargo, pocas veces fueron incorporadas al relato de los avances literarios o científicos. Incluso para quienes accedían a la educación, las expectativas sociales continuaban señalando hacia el matrimonio y la formación de una familia.

La Edad Moderna, entre los siglos XV y XVIII, abrió nuevos caminos en la búsqueda de libertad, autonomía e independencia femenina. El acceso progresivo a la educación proporcionó a las mujeres herramientas para cuestionar la posición que históricamente les había sido asignada y reclamar el reconocimiento de sus capacidades y derechos en condiciones de igualdad. Del siglo XIX al XXI, la historia quizá nos resulte un poco más conocida, la lucha por el reconocimiento de los derechos humanos de las mujeres y la igualdad de género.

El sistema patriarcal responde a la lógica histórica de dominación que ha condicionado los distintos órdenes sociales mediante relaciones jerárquicas y asimétricas de poder. Desde esta perspectiva, las desigualdades de género forman parte de relaciones de poder que se reproducen en diferentes ámbitos de la vida social. 

Lo verdaderamente revelador al mirar hacia atrás es advertir que el sistema patriarcal no apareció de un día para otro ni pertenece a un único momento histórico. Sus estructuras se construyeron durante siglos, se adaptaron a diferentes sociedades y dejaron huellas que todavía permiten comprender muchas de las desigualdades del presente. 

Mirar nuestra historia ayuda a comprender el presente. La clave de la igualdad está en reconocer cuánto hemos avanzado, sin perder de vista todo aquello que aún queda por recorrer.

 


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