Por. María del Socorro Pensado Casanova
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“The different accidents of life are not so changeable as the feelings of human nature.”
Mary Wollstonecraft Shelley, Frankenstein or The Modern Prometheus, London, 1818.
Hace un par de meses compartí con un grupo de abogadas un taller dedicado a la literatura, el derecho y las mujeres. Los distintos lugares que ocupábamos eran exactamente igual de opuestos que nuestras experiencias, generaciones y trayectorias profesionales; sin embargo, nos reunían las mismas intenciones: la escucha, el debate y el encuentro para acompañarnos en la comprensión de esta realidad que habitamos (ausente de una clara y efectiva disposición a dialogar).
Tal vez esa sea una de las mayores virtudes de los libros, porque en lugar de exigir que pensemos de la misma manera, invitan a la apertura. Por mi parte, considero que la manera en la que el derecho se manifiesta en todos los ámbitos de la sociedad resulta fascinante, especialmente cuando se analiza a través de la literatura, la música y las distintas obras artísticas que reflejan la defensa de los derechos humanos y la creación intelectual.
En tiempos donde las diferencias suelen entenderse como barreras, es sorprendente que un cúmulo de historias sean capaces de acercar a personas que, fuera de esas páginas, probablemente nunca habrían coincidido. Por ejemplo, las novelas no son únicamente relatos de ficción, son testimonios del tiempo de cada persona autora. Entre sus páginas encontramos conflictos relacionados con la libertad, la igualdad, la discriminación, la dignidad y la justicia.
Si bien, el ámbito y el lenguaje jurídicos siempre han sido testigos de las desigualdades, cuando se analizan las narrativas, algunas aparecen de manera implícita, mientras que muchas otras se muestran con absoluta claridad. Si viajamos en el tiempo, será posible recordar épocas donde escribir no era un acto de libertad para las mujeres, publicar una obra implicaba desafiar los límites que la sociedad les imponía y cuestionar la idea de que el pensamiento, la creación y la producción literaria pertenecían casi exclusivamente a los hombres. De vuelta, reivindicamos automáticamente las oportunidades que hoy tenemos todas las personas.
Conviene decir que, entre anonimato y seudónimos masculinos, las autoras no pretendían renunciar a su identidad, sino encontrar la única vía posible para que sus palabras fueran valoradas por su contenido y no por el nombre que aparecía en la portada. Resulta paradójico que algunas de las obras más influyentes de la literatura universal hayan nacido bajo una identidad prestada o, simplemente, sin firma.
Además, son las historias hablando con absoluta claridad y narrativas sobre la libertad, la igualdad y la dignidad humana, en muchos sentidos, aquellas que han iniciado conversaciones que el propio derecho tardó décadas en incorporar a sus normas, sus instituciones y, posteriormente, al establecimiento de estándares internacionales para la protección de los derechos humanos.
Me parece tan triste que la pasión por la lectura aún siga ausentándose, no obstante, es nuestra tarea desde la ciudadanía y el deber del Estado, garantizar que todas las personas puedan crear, expresarse y participar en la vida cultural sin enfrentar barreras derivadas de su género, origen, identidad o condición.
La diversidad de voces no representa una amenaza para la literatura. Por el contrario, amplía nuestra comprensión del mundo y fortalece una cultura más incluyente, crítica y democrática. Cada nueva historia incorpora experiencias que en otros momentos quedaron fuera de los grandes relatos y permite que nuevas generaciones encuentren, por fin, un espacio donde reconocerse.
Hablar de literatura también es afirmar el derecho a la cultura. El artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce que toda persona tiene derecho a participar libremente en la vida cultural de la comunidad, a disfrutar de las artes y a beneficiarse del progreso científico. En el mismo sentido, el artículo 15 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales reconoce el derecho de toda persona a participar en la vida cultural.
Hoy, defender el derecho a la cultura también implica asegurar que ninguna persona oculte su identidad para ser escuchada, y a participar en la construcción de una sociedad más libre, más igualitaria y más humana.
Quizá ahí radique el verdadero sentido de la literatura: encontrarnos, incluso cuando creíamos que no teníamos nada en común.