RIZANDO EL RIZO  La emoción prohibida - Mujer es Más -

RIZANDO EL RIZO  La emoción prohibida

Por. Boris Berenzon Gorn

X: @bberenzon

 

La cultura de las emociones y la extraña negación de sentir. Hay una paradoja que define nuestro tiempo. Nunca se había hablado tanto de las emociones y, sin embargo, quizá nunca habíamos sentido tan poco. Vivimos en la época de la alfabetización emocional. Psicólogos en horario estelar, gurús de la felicidad, aplicaciones que registran el estado de ánimo, empresas que enseñan inteligencia emocional, gobiernos que hablan de bienestar, influencers que convierten la ansiedad en contenido y algoritmos capaces de detectar si una fotografía transmite tristeza o entusiasmo. Todo parece indicar que hemos colocado las emociones en el centro de la vida pública. Pero ocurre exactamente lo contrario. No habitamos una cultura del sentir. Habitamos una cultura de la administración de las emociones.

Sara Ahmed comprendió esta paradoja mucho antes de que las redes sociales transformaran el paisaje afectivo del siglo XXI. Su pregunta era aparentemente sencilla: ¿qué hacen las emociones? No qué son. No cómo nacen. No dónde se producen. Sino qué efectos generan sobre el mundo. Esa modificación del problema cambió profundamente los estudios culturales contemporáneos.  Las emociones, afirma Ahmed, no permanecen encerradas dentro del individuo. Circulan. Se desplazan. Se adhieren a ciertos cuerpos, ciertas palabras, ciertas banderas, ciertos enemigos, ciertos recuerdos. Una emoción puede viajar de una noticia a un discurso político, de un discurso a una multitud, de una multitud a una ley. No son únicamente estados psicológicos; son fuerzas culturales.

El miedo, por ejemplo, nunca es neutral. Siempre necesita un objeto. Un rostro. Un extranjero. Un adversario. Una amenaza. Por eso las emociones también construyen fronteras. La historia demuestra que ninguna sociedad puede organizarse únicamente mediante leyes. Necesita relatos capaces de producir afectos compartidos. El patriotismo, el odio, la compasión, la vergüenza, el orgullo nacional o el resentimiento son tecnologías políticas mucho más antiguas que los parlamentos. Ahmed llama a este proceso una política cultural de las emociones. No sentimos primero para después actuar. Muchas veces aprendemos a sentir exactamente aquello que una cultura necesita que sintamos.  Sin embargo, la gran tragedia contemporánea no consiste únicamente en la manipulación emocional. Consiste en otra cosa mucho más silenciosa. La negación del sentir. Resulta extraño decirlo en una época obsesionada con las emociones, pero precisamente por eso conviene distinguir entre expresar emociones y experimentarlas.

Las redes sociales producen una inflación emocional. Todo debe conmover. Todo debe indignar. Todo debe escandalizar. Todo debe ser urgente. El resultado es un patrimonio de la sobreestimulación. La emoción deja de ser experiencia para convertirse en espectáculo. No lloramos. Publicamos que lloramos. No nos indignamos. Exhibimos indignación. No vivimos el dolor. Consumimos imágenes del dolor. Las plataformas digitales descubrieron hace tiempo que la emoción genera permanencia frente a la pantalla. El miedo comparte más que la serenidad. La ira produce más interacción que la reflexión. La humillación se viraliza mejor que la comprensión. Las emociones terminan convertidas en combustible económico. Cada reacción representa datos; cada dato produce rentabilidad. La llamada “economía de la atención” es, en realidad, una economía afectiva. Paradójicamente, mientras más estímulos emocionales recibimos, menos capacidad desarrollamos para sentir profundamente. Sucede algo semejante a quien escucha música a un volumen imposible durante demasiado tiempo. Llega un momento en que deja de escuchar. No porque falte sonido. Porque perdió sensibilidad. Quizá eso explique una de las enfermedades invisibles del siglo XXI. La anestesia emocional. No la ausencia de emociones. Sino la imposibilidad de habitarlas.

Freud intuía que la represión nunca elimina un afecto; únicamente modifica su recorrido. El psicoanálisis enseñó que aquello que no puede sentirse termina regresando como síntoma. Hoy podríamos decir que aquello que no elaboramos emocionalmente regresa como ansiedad colectiva, agotamiento permanente o violencia cotidiana. La negación contemporánea del sentir adopta formas elegantes. Se llama productividad. Se llama rendimiento. Se llama resistencia obligatoria. Se llama pensamiento positivo. No está permitido detenerse. No está permitido fracasar. No está permitido permanecer triste demasiado tiempo. La tristeza debe medicalizarse rápidamente. El duelo debe concluir cuanto antes. El silencio incomoda. La lentitud parece sospechosa. La vulnerabilidad amenaza la lógica del mercado.

Byung-Chul Han ha descrito esta mutación como el tránsito hacia una sociedad del rendimiento, donde la explotación ya no necesita un vigilante externo porque cada individuo se convierte en su propio supervisor. Ahmed añade una dimensión decisiva: esa forma de organización también administra qué emociones son aceptables y cuáles deben ocultarse. Existe entonces una censura afectiva. No toda emoción tiene derecho de ciudadanía. El miedo puede ser útil. La euforia vende. La ira moviliza. Pero la incertidumbre, la duda, la melancolía o la compasión profunda suelen resultar improductivas. Quizá por eso vivimos rodeados de personas exhaustas que sonríen profesionalmente. Nunca la felicidad había sido tan obligatoria. Y precisamente por eso nunca había parecido tan artificial. El problema no consiste en recuperar una supuesta autenticidad perdida. Las emociones nunca fueron completamente naturales. Siempre estuvieron mediadas por el lenguaje, la educación, la religión, la familia y la historia. Lo verdaderamente urgente consiste en recuperar el derecho a experimentar la complejidad afectiva. Aceptar que un ser humano puede amar y temer simultáneamente. Que la esperanza convive con la incertidumbre. Que la melancolía no siempre significa regresar al pasado. Que el dolor también construye conocimiento.

La cultura siempre ha sido una educación sentimental. Por eso la pregunta decisiva del siglo XXI ya no es cuánto sabemos acerca de nuestras emociones. La pregunta es mucho más incómoda. ¿Todavía somos capaces de sentir sin convertir inmediatamente cada emoción en mercancía, en identidad, en algoritmo o en espectáculo? Tal vez la libertad futura no dependa únicamente del acceso a la información. Dependa, sobre todo, de recuperar algo infinitamente más difícil: la posibilidad de sentir con profundidad en una época que nos exige reaccionar con rapidez. Esa podría ser la forma más silenciosa —y también la más revolucionaria— de resistencia cultural.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

La literatura comprendió esto mucho antes que la psicología. Dostoievski sabía que el sufrimiento revela regiones desconocidas del alma. Virginia Woolf convirtió la sensibilidad en método de conocimiento. Proust descubrió que la memoria está hecha de emociones antes que de fechas. Y Octavio Paz escribió que toda civilización termina reflejándose en la forma en que ama, teme y recuerda. Quizá allí resida la verdadera aportación de Sara Ahmed. Nos recordó que las emociones no son un adorno de la historia. Son una de sus materias primas. Las sociedades no se transforman únicamente cuando cambian las leyes. También cuando modifican aquello que consideran digno de ser amado, odiado, llorado o celebrado.

Narciso el obsceno

La cultura del narcisismo no prohíbe sentir; prohíbe sentir aquello que no confirme la imagen ideal que cada individuo construye de sí mismo.

Estimados lectores, tomaremos una pausa veraniega, nos reencontramos a la mitad de agosto.

 

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