ORACIONES A SAN LÁZARO El mandato del gol… y luego el caos - Mujer es Más -

ORACIONES A SAN LÁZARO El mandato del gol… y luego el caos

Por. Ernesto Zavaleta

X: @ErnestoZavale

 

Hay pocas cosas capaces de suspender, aunque sea por unas horas, el permanente estado de crispación nacional. Una de ellas es la actuación de la Selección Mexicana de Fútbol.

No importa quién ocupe Palacio Nacional, quién presida el Congreso o cuál sea el escándalo del día. Si el Tri gana un partido, un torneo importante, las plazas se llenan, los cláxones sustituyen a los discursos y el Ángel de la Independencia se convierte en la catedral civil del entusiasmo mexicano.

En el 70, los mexicanos se olvidaron de los abusos de un régimen represor como el que ejerció con puño de hierro el presidente Gustavo Díaz Ordaz; en 1986 se olvidaron del dolor y las pérdidas causadas por uno de los peores desastres que ha vivido nuestro país, los sismos de 1985, y la incapacidad de hacer frente a la desgracia del gobierno del presidente Miguel de la Madrid Hurtado.

A diferencia de la actual mandataria, Claudia Sheinbaum Pardo, ambos expresidentes se mostraron sonrientes al inaugurar y clausurar cada una de las anteriores justas futboleras mundiales con México como sede.

Ninguna otra convocatoria logró reunir en apenas una semana a más de cuatro millones de personas en torno a pantallas, que para la mayoría fue el único acceso al mundial de fútbol.

Es un fenómeno fascinante. Durante el partido y horas antes y después desaparecen las encuestas, las conferencias mañaneras, los pleitos partidistas y hasta los algoritmos del odio, al menos en la mente y atención de millones de mexicanos, muchos de ellos, aunque enfrentados por el discurso político, se abrazan y ríen juntos.

El país encuentra una identidad común que rara vez aparece en la discusión pública. La defensa de la soberanía se reduce al triunfo y los goles de los once mexicanos en una cancha.

La política lleva décadas intentando fabricar esa unidad. Nunca lo consigue.

El fútbol la produce sin decreto, sin convocatorias, sin fines o perspectivas de otro futuro que no sea el ver avanzar a los chicos de Javier Aguirre.

Quizá por eso tantos gobiernos han querido fotografiarse junto al balón. Desde los viejos tiempos del presidencialismo hasta la era de las redes sociales, la tentación ha sido la misma: apropiarse, aunque sea simbólicamente, de una alegría que no les pertenece. El cálculo es sencillo. Si la Selección emociona a millones, una imagen con los campeones puede transferir una parte de ese afecto.

Sin embargo, el mandato del gol es muy claro, el ciudadano distingue perfectamente entre el orgullo deportivo y la aprobación política. Sale a festejar porque ganó México, no porque ganó un gobierno. El Ángel no es una plaza oficialista; es un territorio ciudadano donde convergen todas las ideologías y ninguna importa demasiado mientras ondee la bandera.

Ahí reside una lección que la clase política parece empeñada en ignorar.

Los festejos populares tienen reglas propias. Son espontáneos, desordenados, emotivos y profundamente democráticos. Nadie pregunta por credenciales partidistas antes de abrazar al vecino. Nadie exige una militancia para cantar el himno. Nadie organiza listas de asistencia. Nadie es subido a camiones o camionetas con promesas o amenazas. La celebración pertenece a quien decide salir de su casa.

Es, probablemente, una de las pocas manifestaciones masivas que no necesita acarreados.

Naturalmente, también aparecen los excesos. Vehículos dañados, mobiliario urbano destruido, alcohol convertido en combustible de la euforia y operativos policiacos que oscilan entre la tolerancia y la improvisación. Cada victoria importante revive el mismo debate: ¿cómo celebrar sin convertir la fiesta en un problema de seguridad pública?

Los daños a terceros o lesiones graves pueden superar los 350 mil pesos por jornada, una cifra conservadora considerando que el 73% de los vehículos en la CDMX circulan sin seguro.

Cientos de multas administrativas: Festejar alterando el orden público conlleva penalizaciones económicas. Beber alcohol en la vía pública o realizar necesidades fisiológicas en la calle conlleva multas que rondan desde los mil 760 hasta más de 3 mil 500 pesos, además de posibles arrestos de hasta 36 horas.

En zonas de alta afluencia de festejos como el Ángel de la Independencia, las restricciones a la venta de alcohol han dejado pérdidas estimadas de hasta 15 millones de pesos por jornada para el comercio formal, de acuerdo con la ANPEC.

A nivel corporativo y de oficinas, el ausentismo y el presentismo durante los horarios de mayor audiencia han generado pérdidas acumuladas por hasta 6 mil 273 millones de pesos en el sector empresarial en México según datos de las organizaciones patronales, el 10% de los 65 mil millones de pesos que la Concanaco-Servytur calcula de derrama económica en todo el mundial.

Pero es una fiesta que nadie planeó, y a la que todos se sumaron.

¿Y cómo evitar los daños?, la respuesta nunca ha estado en prohibir. Y eso el gobierno de la Ciudad de México se niega a ver.

Tampoco en militarizar, la presencia de la Guardia Nacional en nada ha cambiado el entusiasmo de los asistentes a las plazas públicas llamadas FanFest, ni a lo largo del Paseo de la Reforma, ni en ninguna de las ciudades y alcaldías que colocaron mega pantallas.

Está en asumir que las ciudades modernas necesitan espacios para celebrar. Los gobiernos suelen planear dispositivos para marchas, conciertos y manifestaciones, pero pocas veces diseñan protocolos específicos para una explosión espontánea de felicidad colectiva, pese a que saben exactamente dónde ocurrirá: el Ángel, el Zócalo, las plazas principales del país.

Porque los triunfos deportivos no sólo generan emociones. También ponen a prueba la capacidad institucional para administrar la alegría.

Y ahí, curiosamente, la política vuelve a aparecer.

Mientras algunos funcionarios calculan el costo de los daños materiales, pocos reparan en el enorme valor simbólico de esos encuentros ciudadanos. Miles de jóvenes ocupando el espacio público para celebrar una victoria deportiva representan una fotografía mucho más saludable que la de una sociedad resignada al aislamiento o atrapada exclusivamente en la confrontación digital.

Conviene no despreciarlo. En tiempos donde todo divide, el fútbol sigue construyendo un idioma común. No resuelve la inseguridad, no reduce la inflación ni mejora los servicios públicos. Tampoco sustituye las obligaciones del Estado, pero recuerda algo que la política suele olvidar: las naciones también se sostienen sobre emociones compartidas.

Quizá por eso el Ángel sigue siendo el termómetro sentimental de México.

Ahí se celebran campeonatos, se lloran derrotas, se exigen derechos, se protesta contra los gobiernos y se conmemoran tragedias. Ningún edificio legislativo, ninguna oficina pública y ningún partido concentra tanta carga simbólica como ese monumento que observa, desde hace más de un siglo, los cambios de humor del país.

En San Lázaro se produce leyes.

En el Ángel se produce memoria… alegría.

Y cuando la Selección gana, por unas horas, hasta los adversarios descubren que todavía existe algo capaz de ponerlos del mismo lado de la calle.

Y cuando el humo de los cohetes se disipa deje ver la basura, el desorden, la incapacidad del gobierno de la CDMX de lograr orden y, lamentablemente, la violencia y la muerte.

Lástima que el silbatazo final siempre llegue antes que los acuerdos nacionales que traigan paz y desarrollo al país.

Related posts

SA RIBA DE LA VALL Mujeres y poder internacional

RETROVISOR Denuncias de la ASF: crimen, teatro o castigo

RIZANDO EL RIZO  La fragilidad de sentir II: La subjetividad en tiempos de algoritmos y de la exagerada sensibilidad