“Toda época inventa una manera de sufrir. La nuestra ha aprendido, además,
a exhibir ese sufrimiento.”
Por. Boris Berenzon Gorn
X: @bberenzon
Existe una paradoja silenciosa que atraviesa nuestro tiempo. Nunca habíamos dispuesto de tantos recursos para hablar de nosotros mismos y, sin embargo, pocas generaciones habían experimentado semejante dificultad para habitar su propia existencia. El lenguaje de las emociones ocupa hoy el centro de las conversaciones públicas; los medios de comunicación, las universidades, las empresas, las redes sociales y hasta la publicidad hablan de ansiedad, bienestar, autoestima, trauma, resiliencia, empatía o vulnerabilidad con una naturalidad impensable hace apenas tres décadas. Parecería que, por fin, la vida interior ha conquistado el lugar que durante siglos le fue negado. Sin embargo, cuanto más aprendemos a nombrar lo que sentimos, más parece escapársenos el sentido de aquello que somos. No es una contradicción menor. Tal vez constituya uno de los rasgos más profundos de la cultura contemporánea.
Vivimos en una civilización que ha convertido la subjetividad en su principal escenario. Durante buena parte de la historia occidental, las grandes disputas giraron alrededor del territorio, la religión, la riqueza, el poder o la nación. Hoy el campo de batalla se ha desplazado hacia un espacio mucho más íntimo: la conciencia. Ya no basta con gobernar los cuerpos; resulta indispensable influir en las emociones, orientar los deseos, administrar las expectativas y moldear las formas de percibir el mundo. El poder ha descubierto que dominar una sociedad no consiste únicamente en controlar sus instituciones, sino también en intervenir sobre aquello que cada individuo cree que es. La subjetividad dejó de ser un asunto exclusivamente filosófico para convertirse en uno de los grandes problemas políticos y culturales del siglo XXI.
Durante décadas el psicoanálisis enseñó que el ser humano estaba habitado por fuerzas que desconocía. Sigmund Freud mostró que el sujeto nunca coincide plenamente consigo mismo; que detrás de cada decisión racional sobreviven deseos, recuerdos y conflictos que escapan a la conciencia. Más tarde, Jacques Lacan recordaría que nuestra identidad tampoco nace en soledad, sino en el lenguaje, en la mirada del otro y en ese complejo entramado simbólico que nos antecede incluso antes de nacer.
Pero sería Félix Guattari quien formularía una de las preguntas más incómodas de nuestra época: ¿y si la subjetividad no fuera únicamente algo que debemos interpretar, sino algo que la sociedad produce permanentemente?
La pregunta cambia por completo el horizonte Ya no se trata solamente de descubrir quiénes somos. Se trata de comprender quién nos está enseñando a ser. Guattari entendió que el inconsciente no podía reducirse a una estructura inmóvil ni a un conjunto de símbolos esperando ser descifrados. Lo imaginó como un territorio en constante movimiento, atravesado por relaciones sociales, tecnologías, instituciones, afectos, lenguajes y formas de poder. El sujeto no aparece terminado; se fabrica todos los días. Cada conversación, cada experiencia, cada lectura, cada imagen y cada vínculo modifican silenciosamente nuestra manera de existir.
La subjetividad, en consecuencia, nunca es privada. Siempre es colectiva. Quizá por eso resulte imposible comprender a los jóvenes del siglo XXI utilizando exclusivamente categorías heredadas del siglo pasado. Con demasiada frecuencia se les acusa de ser frágiles, hipersensibles o incapaces de tolerar la frustración. Las comparaciones abundan: se dice que generaciones anteriores soportaban mejor las dificultades, trabajaban más, protestaban menos y aceptaban con mayor serenidad las derrotas. Como toda nostalgia, esa imagen simplifica el pasado y oscurece el presente. Cada generación ha conocido sus propios miedos. Los abuelos convivieron con guerras, dictaduras, epidemias o profundas carencias materiales. Los padres crecieron bajo la promesa del progreso económico y de una movilidad social que parecía posible.
Los jóvenes actuales enfrentan otra forma de incertidumbre, menos visible pero igualmente intensa: la obligación permanente de construirse frente a la mirada de millones de personas. Nunca una generación había vivido tan expuesta.
La infancia dejó de ser un territorio relativamente protegido para transformarse en un archivo digital. Cada fotografía, cada comentario, cada opinión y cada error pueden permanecer indefinidamente en internet. La identidad ya no se construye únicamente en la intimidad familiar o en la escuela; también se negocia diariamente con algoritmos que clasifican preferencias, emociones y comportamientos. El espejo dejó de ser un objeto colocado frente al rostro. Hoy el espejo responde, comenta, evalúa y contabiliza nuestra existencia mediante números invisibles llamados seguidores, reproducciones o interacciones.
No es extraño que muchos jóvenes experimenten la sensación de estar siendo observados incluso cuando nadie los mira. La vigilancia ya no necesita policías. Le bastan pantallas. Las redes sociales han democratizado la palabra como nunca antes en la historia. Han permitido visibilizar injusticias, organizar movimientos sociales, crear comunidades y acercar conocimientos que antes permanecían reservados para unos cuantos. Negarlo sería profundamente injusto. Sin embargo, también han modificado la arquitectura emocional de la vida cotidiana. Toda emoción busca inmediatamente un público. Toda experiencia parece incompleta si no se comparte. Toda tristeza espera reconocimiento. Toda alegría necesita confirmación. El dolor dejó de ser únicamente una vivencia para convertirse, en ocasiones, en una forma de comunicación. No asistimos simplemente a una revolución tecnológica. Asistimos a una revolución afectiva.
La economía contemporánea ya no obtiene beneficios únicamente de nuestro trabajo o de nuestro consumo. Obtiene beneficios de nuestra atención. Cada minuto que permanecemos conectados alimenta complejos sistemas capaces de anticipar deseos, orientar decisiones y prolongar nuestra permanencia frente a las pantallas. El mercado ha descubierto que la emoción constituye uno de los recursos económicos más valiosos del siglo XXI. Aquello que sentimos produce riqueza. Nuestra indignación produce clics. Nuestra ansiedad produce consumo. Nuestra necesidad de aprobación produce datos.
Sin advertirlo, la subjetividad ha comenzado a formar parte de la economía global. En este contexto adquieren una enorme vigencia las intuiciones desarrolladas por Guattari y Gilles Deleuze. Ambos imaginaron la existencia como un proceso de creación permanente. El sujeto no sería una esencia fija ni una identidad definitiva, sino un devenir: una obra inacabada capaz de transformarse continuamente. Frente a una cultura obsesionada con clasificar personas, etiquetar conductas y fijar identidades, esa propuesta conserva una fuerza extraordinariamente liberadora. Quizá el mayor riesgo de nuestra época no sea sentir demasiado. El verdadero peligro consiste en dejar que otros decidan cómo debemos sentir. Cuando cada emoción encuentra inmediatamente una categoría diagnóstica; cuando toda incomodidad exige una explicación clínica; cuando la tristeza se convierte exclusivamente en patología, la rabia únicamente en toxicidad y la incertidumbre en fracaso personal, dejamos de experimentar la complejidad de la condición humana para comenzar a administrarla como si fuera un problema técnico.
La vida, sin embargo, nunca ha funcionado así. Existir significa convivir con contradicciones. Amar implica aceptar la posibilidad de perder. Elegir supone renunciar. Pensar exige soportar la duda. Crecer implica atravesar momentos de incertidumbre que ninguna aplicación podrá eliminar. La cultura contemporánea parece haber olvidado esa vieja lección. Ha confundido bienestar con ausencia de conflicto. Y no son lo mismo.
Manchamanteles
La posmodernidad transformó profundamente nuestra manera de entender la subjetividad. Al debilitarse los grandes relatos que durante siglos ofrecieron certezas —la religión, las ideologías, la tradición o incluso la idea de un progreso lineal— el individuo quedó frente a la tarea de inventarse a sí mismo. Esa conquista amplió las libertades, pero también trasladó al sujeto el peso de construir, justificar y reinventar permanentemente su identidad. En ese escenario, la sensibilidad adquirió un protagonismo inédito: las emociones dejaron de ser únicamente experiencias íntimas para convertirse en criterios de verdad, formas de reconocimiento y, con frecuencia, en el principal lenguaje con el que interpretamos el mundo. La subjetividad contemporánea nació así entre una mayor libertad y una mayor incertidumbre, entre la emancipación y la fragilidad.
Narciso el obsceno
La subjetividad se empobrece cuando deja de ser un puente hacia el otro y se convierte en un espejo donde el narcisismo sólo busca confirmar su propia imagen.