Por. Saraí Aguilar
X: @saraiarriozola
“Cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo”, dicen por ahí, y en la política nacional actual esta máxima describe con precisión el estado de la agenda pública.
Mientras los desafíos y crisis estructurales que definen el futuro del país se acumulan en el presente y futuro cercano, el debate político ha decidido, con una insistencia casi patológica, fijar su mirada exclusivamente en el dedo… que termina siendo la vida personal del expresidente López Obrador.
En los últimos días, la discusión nacional ha sido atrapada por un debate innecesario: la supuesta aparición de declaraciones atribuidas al cronista Carlos Monsiváis sobre el pasado del tabasqueño. La respuesta desde las altas esferas —cualquier cosa que esto signifique, pero sea oficialista—, que oscila entre la indignación selectiva, la descalificación y el uso del espectáculo para cerrar temas incómodos, no es un hecho aislado. Se trata de una estrategia de distracción efectiva que busca convertir la gestión del Estado en un reality show de confrontaciones personales… al parecer algo que no ha notado la oposición.
Resulta evidente el beneficio táctico de este desvío. Cuando la atención se centra en la veracidad de una entrevista adulterada o en chismes de alcoba política, el costo de la ineficiencia gubernamental se abarata. Mientras la atención se pierde en el chisme, las bases del Estado de derecho y de la gobernabilidad se desquebrajan, y difieren de la narrativa que el oficialismo prefiere ignorar.
Así, Pemex se asfixia en una deuda financiera y pasivos ambientales que comprometen la estabilidad fiscal de las próximas décadas (aderezados recientemente hasta con una denuncia de violencia intrafamiliar). Segalmex permanece como un monumento a la impunidad, donde el daño al erario se mide en miles de millones mientras la justicia parece paralizada o ciega en niveles administrativos inferiores. Por su parte, el sistema de salud transita entre la promesa de una universalidad que sólo existe en discursos y cifras, discrepando así con la realidad de una brecha operativa que amenaza con colapsar en lugar de garantizar el acceso real.
Y, por encima de todo, como si lo anterior no fuese ya una desgracia completa, la crisis de desapariciones, que con una cifra que supera las 134 mil personas ausentes, representa una emergencia humanitaria y de derechos humanos que debería ser la única prioridad en la mesa de discusión… y no con quién pasaba presuntamente las noches el expresidente.
Pero la oposición parece no entender. Así, mientras legisladoras como Lilly Téllez enfilan sus fuerzas a bravatas y dimes y diretes en tribuna, se anestesia la capacidad ciudadana para exigir resultados, convirtiendo al electorado en el espectador de una tiradera. La oposición, lejos de ser un contrapeso, cae frecuentemente en la trampa, abandonando el diagnóstico de fondo por el escándalo de coyuntura, volviéndose así funcional al oficialismo mediático que pretende combatir.
Sin embargo, toda cortina de humo tiene una fecha de caducidad. El punto de no retorno no llegará con una nota de prensa ni con una canción en una conferencia matutina; llegará cuando la crisis de seguridad, la precariedad laboral y la insostenibilidad financiera impacten con tal contundencia en la cotidianidad, que la realidad ya no pueda ser ocultada tras el dedo que señala. Y entonces la pregunta será si la oposición estará lo suficientemente fuerte y consolidada para atender la emergencia.
Mientras tanto, en la realidad nacional, se siguen acumulando los expedientes de lo que no se atiende, aguardando el momento en que la sociedad decida dejar de mirar el dedo para volver a fijar la vista en la luna.