RIZANDO EL RIZO Llegó el día: El rumor de la multitud - Mujer es Más -

RIZANDO EL RIZO Llegó el día: El rumor de la multitud

“Los seres humanos inventamos dioses, naciones y relatos para pertenecer. El
futbol reúne, durante noventa minutos, las tres cosas.”

 

Por. Boris Berenzon Gorn

X: @bberenzon

 

Llegó el día. Después de años de anuncios, campañas publicitarias, obras, especulaciones, discusiones deportivas, cálculos económicos, polémicas políticas y sueños infantiles, finalmente llegó el día. La pelota volverá a rodar. Y aunque algunos insistan en que sólo se trata de futbol, todos sabemos que eso nunca ha sido completamente cierto.

Si el Mundial fuera únicamente un torneo deportivo, resultaría imposible explicar por qué millones de personas modifican sus horarios, alteran sus estados de ánimo, organizan reuniones familiares, suspenden obligaciones secundarias y convierten noventa minutos en una experiencia emocional capaz de influir en conversaciones, amistades y recuerdos durante décadas. Algo profundo ocurre. Algo que tiene menos que ver con los goles y más con la condición humana.

Cada cuatro años reaparece un fenómeno extraño. Personas que jamás han leído una táctica de juego se descubren opinando sobre alineaciones. Expertos autoproclamados surgen en oficinas, restaurantes, taxis y sobremesas. Los ortodoxos del futbol, guardianes de estadísticas, esquemas tácticos y memorias enciclopédicas, comparten espacio con los heterodoxos, esos millones que apenas siguen el deporte durante el resto del ciclo mundialista y que, sin embargo, viven cada partido con una intensidad perfectamente auténtica.

Los primeros suelen desconfiar de los segundos. Los segundos suelen ignorar a los primeros. El Mundial termina reconciliándolos. Durante unas semanas todos juegan para el mismo equipo. Todos usan simbólicamente la misma camiseta. Todos sienten que forman parte de una misma alineación imaginaria. Y eso, en una época marcada por la fragmentación permanente, no es poca cosa.

Vivimos tiempos en los que cada individuo habita una burbuja informativa distinta. Las redes sociales han multiplicado los nichos. La política divide. Los algoritmos separan. Las identidades se fragmentan. Los gustos se atomizan. Pocas experiencias contemporáneas siguen siendo capaces de convocar simultáneamente a miles de millones de personas alrededor de una misma emoción.

El Mundial es una de ellas. Por eso fascina tanto a los antropólogos. Porque debajo del espectáculo deportivo sobrevive algo mucho más antiguo. Los seres humanos siempre hemos necesitado rituales colectivos. Las sociedades cambian de tecnología, de sistemas políticos y de modelos económicos. Hay algo que permanece: la necesidad de reunirse para celebrar, competir, contar historias y otorgar significado a la incertidumbre.

Los antiguos pueblos observaban carreras rituales, combates ceremoniales, juegos sagrados y festividades religiosas. Nosotros observamos un balón atravesando una cancha. La forma cambió. La necesidad permanece. Quizá por eso el futbol provoca emociones tan desproporcionadas.

No estamos viendo únicamente un partido. Estamos participando en una ceremonia global. Una ceremonia donde aparecen viejos fantasmas humanos: la esperanza, la pertenencia, la rivalidad, el orgullo, la derrota, el deseo de reconocimiento y la ilusión de trascendencia.

Porque eso es, en el fondo, lo que busca cualquier aficionado cuando mira un Mundial: sentir que forma parte de algo más grande que sí mismo. Hay quienes encuentran ese sentimiento en la religión. Otros en la política. Otros en la cultura. Millones lo encuentran durante unas semanas en una camiseta, un himno y una selección nacional.

La pertenencia tiene algo de alineación titular. Todos queremos sentir, al menos por un momento, que estamos convocados para jugar el partido de nuestra época. Nadie desea quedarse permanentemente en la banca de la historia. El Mundial ofrece precisamente esa ilusión democrática: durante noventa minutos todos creemos estar dentro de la cancha emocional de la nación. Los intelectuales suelen sentirse incómodos frente a esta realidad.

Durante décadas una parte de la academia observó el futbol con cierta arrogancia. Lo consideró una distracción masiva, una forma de alienación colectiva, un entretenimiento diseñado para desviar la atención de problemas más importantes. Algo de verdad existe en esa crítica. El futbol genera enormes negocios. Produce gigantescas ganancias. Moviliza intereses económicos, políticos y mediáticos de una escala difícil de imaginar.

La industria mundialista mueve más dinero que muchas economías nacionales. Detrás de cada gol existen contratos, patrocinios, derechos de transmisión, plataformas digitales, campañas publicitarias y estrategias geopolíticas. La inocencia absoluta nunca ha existido. Tampoco existe en el cine, la literatura, la música o las redes sociales. Pero esta vez la fiesta llega acompañada de otro ruido.

Mientras las pantallas se encienden y las ceremonias afinan sus últimos detalles, las calles recuerdan que ningún Mundial ocurre en el vacío. Las semanas previas a la inauguración han estado atravesadas por marchas, bloqueos, protestas sindicales, reclamos ciudadanos, denuncias sobre gentrificación, controversias ambientales y discusiones sobre el uso del espacio público. El balón aún no rueda y ya compite por la atención con otra narrativa: la de quienes buscan aprovechar el reflector mundial para recordar problemas que no desaparecen durante noventa minutos. Las vallas que aparecen en algunos espacios urbanos poseen una fuerza simbólica difícil de ignorar. 

Porque los grandes acontecimientos nunca son únicamente aquello que ocurre dentro de los estadios. También revelan aquello que ocurre fuera de ellos. Las ciudades anfitrionas suelen experimentar una extraña metamorfosis: se embellecen fachadas, se aceleran obras, se reorganizan rutas de movilidad, se multiplican los dispositivos de seguridad y se construye una narrativa internacional destinada a mostrar la mejor versión posible de la realidad. Pero las ciudades reales siempre terminan filtrándose por las grietas del espectáculo.

Los vecinos cercanos al Estadio Azteca hablan del agua, del tránsito, de las transformaciones inmobiliarias y de las nuevas presiones urbanas. Otros colectivos denuncian procesos de desplazamiento, aumento de rentas y formas contemporáneas de exclusión asociadas a la lógica de las grandes inversiones. Quizá algunos exageren. Quizá otros tengan razón. Lo cierto es que el Mundial no sólo mueve jugadores y aficionados; también mueve capitales, intereses, expectativas, disputas y conflictos.

Toda Copa del Mundo encierra una contradicción reveladora. Es una celebración de la comunidad global y al mismo tiempo una exhibición de las desigualdades que atraviesan esa comunidad. Produce alegría y produce negocio. Produce encuentros y produce tensiones. Convoca hospitalidad y también vigilancia. Abre puertas mientras otras se cierran. Promete unión mientras recuerda que las sociedades continúan discutiendo quién tiene derecho a ocupar el centro de la cancha.

Quizá por eso el Mundial continúa fascinando a los historiadores. Porque no sólo muestra cómo juega una selección. Muestra cómo juega una sociedad consigo misma.

Sin embargo, reducir el Mundial únicamente a sus dimensiones económicas resulta tan simplista como reducir una catedral a los costos de construcción de sus piedras. La emoción existe. La alegría existe. La memoria persiste. Los abrazos espontáneos siguen apareciendo. Las lágrimas también. Y eso explica por qué el futbol continúa sobreviviendo a todas las explicaciones racionales.

En el fondo, el Mundial funciona como un gigantesco laboratorio de emociones. Nos permite observar quiénes somos cuando creemos. Quiénes somos cuando esperamos. Quiénes somos cuando perdemos. Quiénes somos cuando ganamos.

Hay algo profundamente revelador en la manera en que una sociedad celebra sus victorias deportivas. Hay algo igualmente revelador en la forma en que procesa sus derrotas.

México conoce bien ambas experiencias. Las conoce con una intensidad particular. Porque la afición mexicana vive atrapada entre el optimismo y la melancolía. Cada Mundial comienza con una esperanza renovada. Cada eliminación produce una reflexión colectiva que oscila entre la resignación filosófica, el análisis táctico improvisado y la tragedia griega narrada desde la mesa familiar. Somos una potencia mundial en una disciplina peculiar: convertir los octavos de final en un género literario.

Hemos aprendido a celebrar goles como si fueran gestas épicas y a discutir derrotas como si estuviéramos redactando tratados de historia nacional. Pocas aficiones transforman un fuera de lugar, un penalti dudoso o un cambio equivocado en una conversación de alcance metafísico. Aun así, cuatro años después, la esperanza regresa. Eso debería estudiarse más seriamente.

Porque pocas manifestaciones humanas son tan resistentes como la capacidad para volver a creer. Quizá ahí reside la verdadera grandeza del aficionado. No en la victoria. No en la estadística. No en el resultado. Sino en su obstinación emocional. En esa decisión casi irracional de seguir esperando.

El aficionado sabe algo que los cínicos suelen olvidar: la emoción compartida tiene valor. En una época dominada por la ironía permanente, el sarcasmo automático y la sospecha universal, emocionarse se ha convertido en una forma de valentía. Creer en algo siempre implica un riesgo. Creer en una selección nacional también.

Hoy comienza una nueva Copa del Mundo. Millones de personas observarán la ceremonia inaugural. Algunas analizarán tácticas. Otras admirarán uniformes. Muchas simplemente disfrutarán el momento. Todas participarán, de una u otra manera, en uno de los últimos grandes rituales globales que conserva nuestra especie.

Y mientras las cámaras recorren estadios, ciudades y multitudes, conviene recordar algo esencial. El verdadero protagonista nunca ha sido la pelota. Tampoco los futbolistas. Ni siquiera el trofeo. El verdadero protagonista siempre ha sido el ser humano. Esa criatura contradictoria que inventó satélites, inteligencia artificial y mercados globales, aunque todavía necesita reunirse alrededor de un juego para recordar que pertenece a una comunidad.

Llegó también con sus contradicciones intactas: entre himnos y consignas, entre la fiesta y la protesta, entre la euforia global y las tensiones locales. Como toda gran celebración humana, el Mundial ilumina tanto nuestras alegrías compartidas como las preguntas que una sociedad sigue intentando responder.

Por eso llegó el día. Llegó la fiesta. Llegaron las banderas. Llegaron los himnos. Llegaron las discusiones imposibles. Llegaron los expertos instantáneos. Llegaron las cábalas, los pronósticos, las supersticiones y los sueños. Llegaron quienes estudian la presión alta y quienes apenas distinguen un tiro de esquina de un saque de banda.

Llegaron quienes juran conocer el destino del torneo y quienes siguen consultando al tío, al vecino, al taxista o a la abuela porque, en materia mundialista, todos creemos tener un director técnico escondido en el alma. Llegó, una vez más, la oportunidad de observarnos en el espejo de una cancha.

Porque cuando el árbitro marque el inicio del primer partido, comenzará mucho más que un torneo. Comenzará una conversación planetaria sobre aquello que todavía nos conmueve. Una conversación hecha de triunfos improbables, derrotas dolorosas, bromas memorables, supersticiones absurdas, alegrías colectivas y nostalgias compartidas. Y en un mundo cada vez más acelerado, más fragmentado y más solitario, descubrir que aún somos capaces de emocionarnos juntos constituye, quizá, una de las mejores noticias de nuestro tiempo.

Al final, el Mundial nos recuerda una verdad elemental que ninguna inteligencia artificial, ningún algoritmo y ninguna plataforma digital han conseguido sustituir: los seres humanos seguimos necesitando sentir que jugamos en el mismo equipo. Aunque discutamos todo el partido. Aunque fallemos ocasiones claras. Aunque a veces metamos autogoles memorables. Aunque la realidad nos derrote en el marcador. Porque la pertenencia, como el futbol, rara vez consiste en ganar siempre. Consiste, sencillamente, en volver a salir a la cancha.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

Y entonces aparecen los intérpretes del destino. Los que anuncian campeones antes del silbatazo inicial, los que calculan probabilidades, los que estudian estadísticas, los que apuestan fortunas y los que juran conocer el desenlace gracias a una cábala heredada por el abuelo. El Mundial también es una gigantesca conversación sobre el azar. Frente a la incertidumbre del juego, los seres humanos inventamos predicciones, supersticiones y sistemas de cálculo para sentir que controlamos aquello que en realidad permanece fuera de nuestro alcance. Pero el futbol conserva una virtud cada vez más rara en el mundo contemporáneo: todavía puede sorprender. Y mientras exista la posibilidad de lo improbable, seguirá existiendo la esperanza.

Narciso el obsceno

El Mundial revela una paradoja de nuestro tiempo: incluso en la era del narcisismo, millones de personas siguen necesitando desaparecer por un instante dentro de una emoción colectiva.

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