Por. Saraí Aguilar
X: @saraiarriozola
La Ciudad de México se ha pintado de morado. A medida que se acerca la fiebre del Mundial de 2026, el gobierno capitalino desplegó una estrategia de “ajolotización” del espacio público: puentes, cruces peatonales y muros lucen ahora la figura sonriente del ajolote (por cierto, cada vez menos presente en Xochimilco). La reacción no se hizo esperar. Las redes y las columnas de opinión se lanzaron a la batalla cultural de siempre. Pero si se busca más allá de la superficie de esta indignación ciudadana, se encuentra que el debate de la gestión urbana esconde una de las fracturas más antiguas de la sociedad: un clasismo estético profundamente arraigado.
De inicio se debe establecer que el pintar sobre asfalto agrietado y baches es una política pública deficiente. Usar recursos en cosmética urbana mientras el mantenimiento estructural de la ciudad (tales como el Metro o de los canales en Xochimilco, hábitat real de la especie) es deplorable y resultan innegables las fallas administrativas. La exigencia de una infraestructura digna es un reclamo legítimo.
Sin embargo, esta falla gubernamental ha servido como la coartada moral idónea para que ciertos sectores desplieguen un rechazo que va mucho más allá del reclamo. El enojo desproporcionado ante los colores y la figura del ajolote no es solo indignación ciudadana: es un pánico estético a la mexicanización.
Resulta revelador observar el doble rasero histórico. Una parte de los gurús de la opinión pública, que ensalza la herencia hispana y a figuras como Hernán Cortés como el único anclaje válido a la “civilización”, experimenta una indignación desproporcionada ante un ajolote gigante en la vía pública. Cuando la ciudad se gentrifica adoptando estéticas que consideran que les da un estatus, señalética en inglés o imitaciones del minimalismo europeo, se aplaude como “progreso”. Pero cuando el espacio hegemónico se interviene con un morado intenso que remite al muralismo y a lo popular, se le tilda de invasión. La vergüenza por el ajolote es, en el fondo, el terror de una élite a verse representada por un símbolo de raíz originaria.
El Mundial de 2026 funciona como un catalizador de este complejo colonial. Mientras Estados Unidos y Canadá proyectarán hipermodernidad, la CDMX se enfrenta al espejo frente a la mirada extranjera. El sector crítico anhela esconder “lo nuestro” y mostrar una ciudad que demuestre que “somos como ellos”. El gobierno, por su parte, cae en su propia trampa: al reducir la riqueza de nuestra biodiversidad a un parche para la foto del turista, autoexotiza y abarata el símbolo que pretende reivindicar.
El discurso opositor intenta monopolizar la exigencia de eficiencia construyendo una narrativa doble: pareciera que, si queremos calles funcionales, debemos aceptar una ciudad desprovista de identidad popular. Es imperativo desarmar esta falsa dicotomía. No son conceptos excluyentes.
Se puede —y debe— criticar la superficialidad de la pintura sobre el bache, pero usar ese bache como excusa para el clasismo contra la iconografía de la ciudad es una bajeza política. La verdadera reivindicación progresista es la síntesis: exigir que nuestra esencia identitaria sea respaldada por una gestión digna. Reivindicar nuestras raíces exige dar un soporte material digno. El ajolote y los ciudadanos que habitan esta urbe merecen una infraestructura de primer mundo, no para imitar al norte global, sino para sostener nuestra propia identidad sin recurrir al maquillaje ni sentir vergüenza.