Por. María del Socorro Pensado Casanova
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¿Siempre hemos gozado del derecho a aprender y a enseñar por igual? No, en México a pesar de que desde 1918 cada 15 de mayo conmemoramos el día de la maestra y el maestro, la docencia no ha sido una profesión respetada ni sencilla de elegir o de ejercer para las mujeres.
Durante siglos, el acceso a la educación y al ejercicio de la docencia no fue universal, ya que estaba limitado por condiciones de género, clase y poder. En este contexto, las desigualdades históricas de las mujeres frente a los hombres, provocaron que estos derechos les fueran sistemáticamente restringidos a lo largo del tiempo.
En tiempos prehispánicos, eran las madres quienes transmitían conocimientos fundamentales para la vida cotidiana, cumpliendo un rol educativo, aunque siempre invisibilizado. Más adelante, en la colonización, la enseñanza pasó a manos de las órdenes religiosas encargadas de la evangelización, y después por monjas, que desde los conventos instruían a niñas bajo reglas morales y religiosas.
Además, la educación femenina en el virreinato de la Nueva España únicamente era impartida a mujeres peninsulares y criollas, como Sor Juana Inés de la Cruz, quien cuestionaba en sus escritos la exclusión de las mujeres al ámbito intelectual. A partir del siglo XIX, la Nación del México independiente impulsó reformas que avanzaron hacia la separación entre la Iglesia y la educación, sentando las bases para que ésta comenzara a concebirse como un derecho. Poco a poco el sistema educativo se volvió más incluyente sin distinción del origen, clase social, sexo o condición económica de las personas.
No obstante, el primer avance significativo para el reconocimiento y urgencia de formación femenina fuera del hogar sería hasta 1871 con la inauguración de la Escuela de Artes y Oficios para Mujeres. Durante la época revolucionaria, la participación de las mujeres en la vida pública se intensificó, y muchas de ellas encontraron en la docencia y enseñanza plataformas para acelerar y motivar cambios sociales.
Finalmente, la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917, incorporó la protección a los derechos sociales, entre estos el acceso a la educación. Una vez reconocido, las mujeres se situaron frente al desafío de garantizar su goce y ejercicio pleno.
El acceso al trabajo docente implicó romper barreras culturales, sociales y legales. Se trató de una lucha compartida por aprender y por enseñar, así como por ser reconocidas en igualdad de condiciones dentro de todos los campos. El siglo XX fue testigo de cómo las mujeres lograron posicionarse como una fuerza fundamental dentro del sistema educativo gracias a la lucha feminista y su reconocimiento en el ámbito jurídico. Sin embargo, las desigualdades únicamente se transformaron y continuaron presentándose.
Por un lado, a pesar de que las mujeres participan activamente en la docencia y ocupan cargos en diversos niveles educativos junto con los hombres, persisten las brechas salariales de género. Aunque muchas mujeres trabajan en las aulas, sus niveles son los peor pagados en la educación básica, mientras que los hombres ocupan con mayor frecuencia puestos directivos o mejor remunerados. Además, ellas enfrentan dobles jornadas al combinar su trabajo con los cuidados en el hogar, actividades no remuneradas. Esta desigualdad no siempre se visibiliza, pero afecta sus ingresos, oportunidades de crecimiento y estabilidad laboral dentro del sistema educativo.
Por otro lado, la competencia en espacios profesionales, lejos de ser equitativa, reproduce dinámicas de exclusión y violencia. La precarización laboral, la falta de reconocimiento, las dobles jornadas y la violencia simbólica o institucional son ejemplos de esta problemática.
Es evidente que conmemorar el próximo viernes a las personas docentes no debe limitarse al reconocimiento simbólico, ya que aún nos quedan acciones para alcanzar la igualdad. Si bien, el camino que han recorrido las mujeres en la docencia en México es extenso y significativo, recordar este proceso histórico obliga a reflexionar sobre el presente.
Más allá de competir partiendo de las desigualdades, tenemos un reto como mujeres y personas docentes: erradicar la violencia y discriminación de cualquier tipo y modalidad en la academia. Tenemos que recordar que la historia implica mirar hacia atrás y asumir la responsabilidad de construir espacios educativos libres de violencia, donde enseñar y aprender sean verdaderos ejercicios de justicia e igualdad.