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RIZANDO EL RIZO  Vivir de la sospecha (y morir en el eslogan)

Por. Boris Berenzon Gorn

 

“Quien repite la crítica sin pensarla, no desafía al poder: lo entretiene.”

 

La teoría crítica ha tenido muchos destinos indignos, pero pocos tan creativos como el actual: convertirse en accesorio. Ya no es una herramienta para desmontar estructuras de poder; es un filtro de Instagram con pretensiones filosóficas. Uno se la pone, se toma la foto, y listo: conciencia social en alta resolución.

Pero esta transformación no ocurrió sola, ni por accidente, ni por culpa exclusiva del algoritmo —ese chivo expiatorio contemporáneo que sirve para todo—. Aquí hay corresponsables con credenciales: universidades, centros de investigación, intelectuales de circuito cerrado. Es decir, aquellos que se suponía debían incomodar… y terminaron aprendiendo a facturar la incomodidad.

Porque algo pasó —y sigue pasando— con los pensadores. O, mejor dicho, con la figura del pensador. De ser un sujeto incómodo, marginal, a veces incluso ilegible (como Theodor W. Adorno, cuya prosa no estaba precisamente diseñada para ganar seguidores), pasamos al intelectual perfectamente legible, citable, consumible. El pensamiento dejó de ser una fricción y se convirtió en una interfaz amigable. Ya no se trata de comprender el mundo, sino de explicarlo rápido, bien y, si es posible, con una frase que suene novedosa, aunque diga lo mismo de siempre.

Y aquí entra un fenómeno particularmente interesante —y un poco incómodo—: la obsesión contemporánea por “decir algo nuevo” sobre Teoría crítica. Como si cada intervención tuviera que reinventar la rueda o, al menos, pintarla de otro color. Lo que se presenta como novedad suele ser, en realidad, una reconfiguración estética de viejas intuiciones: nuevas palabras para viejos diagnósticos, nuevos énfasis para las mismas sospechas. Cambia el vocabulario, no siempre el pensamiento.

Las universidades, por su parte, han perfeccionado este arte. La lógica de publicar constantemente exige producir variaciones: no necesariamente ideas radicalmente nuevas, sino enfoques “originales” que justifiquen otro artículo, otra ponencia, otro seminario. Así, la teoría crítica se convierte en un campo donde la novedad muchas veces es formal: una nueva categoría, un nuevo cruce disciplinar, una nueva manera de nombrar lo que Max Horkheimer y Theodor W. Adorno ya habían olfateado con bastante precisión décadas atrás.

“Encuentros Asincrónicos Paralelos”, Alejandro Quijano, quijanygrafía sobre papel sulfatado, 2024.

Se escribe sobre poder dentro de estructuras profundamente jerárquicas; se denuncia la mercantilización mientras se compite por fondos, rankings y visibilidad; se critica la superficialidad en textos que deben ser lo suficientemente densos para parecer profundos, pero lo suficientemente legibles para circular. La ironía no es un defecto: es el sistema funcionando con elegancia.

Y entonces aparece el pensador contemporáneo, atrapado entre dos exigencias contradictorias: ser original y ser reconocible. Decir algo distinto, pero no demasiado distinto como para quedar fuera del circuito. Innovar, pero dentro de los márgenes. La crítica, en ese contexto, deja de ser una ruptura y se convierte en una variación. Una especie de remix intelectual donde lo importante no es tanto lo que se dice, sino cómo se reacomoda.

Fuera de la academia, el problema no desaparece: se simplifica. Lo que no se vuelve paper, se vuelve contenido. Y ahí la “novedad” alcanza su forma más pura: frases contundentes que parecen reveladoras pero que, en el fondo, repiten estructuras conocidas. Michel Foucault reducido a una línea, Karl Marx convertido en consigna, la Industria cultural transformada en etiqueta omnipresente. Todo suena nuevo porque cambia el envase, pero el contenido —cuando lo hay— rara vez incomoda.

En medio de este paisaje aparece David Pastor Vico —o “Gran Vico”, como él mismo se presenta— con su Filosofía para desconfiados (1925), introduciendo una incomodidad que no se deja domesticar tan fácilmente. Y aquí hay algo que sí resulta, si no completamente nuevo, al menos poco frecuente en el tono dominante: su insistencia en que la crítica no es una cuestión de originalidad, sino de honestidad intelectual.

Vico no compite por decir algo nunca antes dicho; más bien recupera algo que parece haberse olvidado: que el pensamiento crítico no se mide por su novedad, sino por su capacidad de confrontación. En un entorno obsesionado con la innovación discursiva, su apuesta resulta casi contracultural: volver a lo básico, pero en serio. Desconfiar no como pose, sino como práctica sostenida.

Su defensa de la comunidad —y en particular de la familia en sentido amplio— introduce otro matiz que suele pasar desapercibido en discursos más centrados en estructuras abstractas: la crítica necesita espacios concretos donde ejercerse. No basta con analizar sistemas; hay que habitar relaciones. Y esas relaciones no siempre son cómodas, ni elegibles, ni perfectamente alineadas con nuestras convicciones.

Ahí está uno de sus aportes más interesantes: desplazar la idea de crítica como producción intelectual hacia la crítica como experiencia vivida. No se trata solo de generar conceptos nuevos, sino de sostener tensiones reales. Y eso, curiosamente, no suele considerarse “novedoso” en los circuitos donde la novedad es moneda de cambio.

Por supuesto, su propuesta no está a salvo del destino común: puede ser absorbida, simplificada, convertida en marca. La desconfianza empaquetada, la incomodidad convertida en taller, la crítica transformada en identidad. Todo cabe en el jarrito, sí… especialmente cuando lo que se vende es la sensación de estar pensando algo distinto.

“Vivimos en una sociedad alienada”, “el sistema nos oprime”, “hay que discutirlo todo”: frases impecables en su corrección y absolutamente inofensivas en su repetición. El lugar común no es falso; es peor, es cómodo. Hannah Arendt habló de la banalidad del mal; hoy podríamos hablar de la banalidad de la crítica. No hace falta censura para vaciar de sentido una idea: basta con repetirla hasta que deje de significar algo.

Conviene recordar que no siempre fue así. En el siglo XX, tras catástrofes como la Segunda Guerra Mundial, la teoría crítica no era un lujo intelectual, sino una necesidad urgente. Pensadores como Herbert Marcuse o Jürgen Habermas no buscaban ser novedosos en un sentido superficial, sino comprender por qué el mundo había llegado a donde había llegado. La novedad, en su caso, era consecuencia del problema, no un requisito previo.

Hoy, en cambio, la ecuación parece invertida. Primero se busca la novedad; luego, si hay tiempo, el problema. Pensar exige tiempo, contradicción, incomodidad; opinar —o innovar superficialmente— exige velocidad, visibilidad y adaptación. Y en ese ecosistema, la teoría crítica corre el riesgo de convertirse en una fábrica de diferencias mínimas: muchas voces, muchas variaciones, poca transformación real.

La repetición sin aportación no solo empobrece el pensamiento; también deshumaniza. Convierte al otro en caricatura ideológica, en etiqueta, en enemigo abstracto. La cultura se vuelve un catálogo de posturas prefabricadas y la sociedad un escenario donde cada quien interpreta su papel crítico sin salirse del guion. Y la teoría crítica —que nació para romper ese guion— termina, con una elegancia casi trágica, reproduciéndolo bajo nuevas formas.

Tal vez el problema no sea quienes usan la teoría crítica como eslogan, ni siquiera quienes intentan decir algo “nuevo” sobre ella. Tal vez el problema es que hemos confundido novedad con profundidad, variación con pensamiento, visibilidad con crítica.

Ahí es donde la propuesta de David Pastor Vico conserva algo de filo: recordar que la crítica no necesita ser nueva para ser incómoda, pero sí necesita ser honesta para ser relevante. Que desconfiar no es inventar otra etiqueta, sino sostener una pregunta hasta que deje de ser cómoda. Pero claro, eso no cabe tan bien en un jarrito. Y quizá ese sea, precisamente, el verdadero problema.

Respetar a la Teoría crítica no consiste en adoptarla como apellido intelectual ni en usarla como marca de filiación —“crítico de”, “crítico desde”, “críticamente correcto”—, sino en ejercerla con la nitidez incómoda de su naturaleza: debatir incluso el lugar desde el que uno habla. Convertirla en etiqueta es domesticarla; repetirla sin fricción es vaciarla. Y aquí el viejo dicho —“todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar”— revela su trampa: cuando todo cabe, también cabe la deformación, el atajo, el simulacro. El jarrito termina siendo el amasijo fallido del conocimiento de la teoría crítica: una mezcla bien presentada, fácil de sostener, pero incapaz de incomodar de verdad. Y una teoría crítica que no incomoda ya no es crítica; es decoración intelectual con pretensiones de lucidez.

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