RIZANDO EL RIZO Manual exquisito para no decir nada (y salir aplaudido) - Mujer es Más -

RIZANDO EL RIZO Manual exquisito para no decir nada (y salir aplaudido)

“Cuando todo suena correcto, probablemente ya no es verdad.”

Por. Boris Berenzon Gorn

 

Hay épocas que construyen catedrales, otras que lanzan cohetes y algunas —más dramáticas— inventan dioses con excelente departamento de relaciones públicas. La nuestra, en cambio, ha alcanzado una forma de sofisticación superior: ha perfeccionado el arte de no decir nada… pero con una elegancia tan impecable que parece contenido. Hablamos mucho. Decimos poco. Y lo hacemos extraordinariamente bien.

No es poca cosa. Requiere disciplina, oído fino y una intuición social que roza lo animal. Porque hablar hoy no es simplemente emitir palabras: es navegar un campo minado de sensibilidades, símbolos y silencios estratégicos. Un error —una sílaba fuera de lugar, una palabra sin barniz— y no se derrumba el mundo, pero sí algo más delicado: la aceptación. No te cancelan la existencia, pero te suspenden la simpatía. Y eso, en estos tiempos, es casi lo mismo.

El lugar común es el refugio del cansancio intelectual, la siesta del pensamiento. Una frase hecha es una idea que ya no necesita ser pensada, como una camisa que ya viene planchada: basta con ponérsela y salir a convivir sin arrugas conceptuales. “Todo pasa por algo”, “hay que ser resiliente”, “el universo conspira a tu favor”, “lo importante es el proceso”, “si quieres, puedes”. Son pequeñas pastillas de sentido rápido, analgésicos semánticos que calman, ordenan y, sobre todo, evitan ese incómodo ejercicio de mirar la realidad sin filtros. Funcionan como esas canciones de elevador: no molestan, no emocionan, no exigen.

El lugar común no es falso: es peor. Es innecesariamente verdadero. Tan obvio que se vuelve inútil. Decir “la vida es difícil” no explica nada; apenas acompaña. Es como ofrecer agua en medio del océano. Y, sin embargo, nos aferramos a esas frases como si fueran sabiduría cuando en realidad son muletas: ayudan a caminar, pero no enseñan a avanzar.

Lo políticamente correcto nació como un gesto de cuidado —no herir donde antes se hería con alegría y despreocupación— y terminó convertido en un sofisticado protocolo invisible. Nadie lo escribió, pero todos lo conocen. Nadie lo impone oficialmente, pero todos lo temen. Hoy no hay pobres: hay “personas en situación económica vulnerable”. No hay gordos: hay “cuerpos diversos”. No hay ignorantes: hay “personas con otras formas de conocimiento”. No hay fracasos: hay “áreas de oportunidad”.

Y en ese desplazamiento elegante ocurre algo curioso: la palabra pierde filo, pero también pierde carne. Se vuelve segura, pero también distante. Lo políticamente correcto no miente, traduce; pero toda traducción implica una traición sutil. Es como convertir un grito en un susurro: el mensaje sigue ahí, pero ya no sacude a nadie.

En este ecosistema verbal conviven dos especies. Los perfectos no tropiezan. Hablan como si cada frase hubiera pasado por un comité de ética, un asesor de imagen, un filtro de redes sociales y un corrector emocional. Son impecables, admirables… y ligeramente inquietantes. Nunca dudan en público, nunca se contradicen, nunca dicen algo que pueda ser malinterpretado. Son el equivalente humano de un comunicado oficial.

Los imperfectos, en cambio, dudan, se contradicen, se equivocan, dicen cosas torpes, a veces incómodas. Son humanos sin editar. Y por eso mismo, cada vez más raros. Curiosamente, los perfectos generan aprobación; los imperfectos generan verdad. Y la verdad —como todos sabemos— tiene pésimo marketing, mala prensa y cero patrocinadores.

No hay lista oficial de palabras prohibidas, pero todos sabemos que existe. Hay términos que han envejecido mal, temas que requieren rodeos, ideas que deben entrar al discurso como invitados incómodos: sin hacer ruido, sin tocar demasiado, sin quedarse mucho tiempo. ¿Quién decide? Nadie en concreto y todos al mismo tiempo: redes sociales, medios, instituciones, tendencias, sensibilidades acumuladas. Una conciencia colectiva que no se vota, pero se obedece con disciplina casi instintiva.

No se prohíbe hablar; se penaliza hacerlo sin cuidado. No hay cárcel, pero hay desaprobación. No hay censura explícita, pero hay consecuencias implícitas. Y el resultado es un lenguaje que camina de puntillas.

La realidad no ha cambiado tanto como su manera de contarse. Ya no hay guerras: hay “conflictos armados”. Ya no hay invasiones: hay “operaciones estratégicas”. Ya no hay muertos civiles: hay “daños colaterales”. Ya no hay crisis económicas: hay “ajustes de mercado”. Ya no hay corrupción: hay “irregularidades administrativas”. El lenguaje no elimina el dolor; lo amortigua, lo suaviza, lo envuelve.

Es como una habitación acolchada: los golpes siguen existiendo, pero ya no hacen ruido. Y sin ruido, el dolor parece menos urgente, menos real, menos nuestro.

El discurso político ha perfeccionado este arte hasta convertirlo en disciplina olímpica. Decir mucho sin comprometerse a nada. Hablar durante horas sin afirmar una sola idea que pueda ser cuestionada. “Estamos trabajando por el bienestar de todos”, “seguiremos avanzando en la transformación”, “es un momento complejo que requiere unidad”. Frases que podrían pertenecer a cualquier partido, a cualquier país, a cualquier época.

Se habla para no perder. Nunca para transformar. Porque transformar implica riesgo, y el riesgo es el enemigo natural de la corrección. Así, la política se convierte en una coreografía impecable: movimientos precisos, gestos estudiados, discursos medidos… y ningún paso hacia adelante.

El amor tampoco se ha salvado. Antes era territorio de verdades incómodas, de declaraciones torpes pero honestas. Hoy es diplomacia sentimental. Ya no se dice “ya no te amo”; se dice “estoy en un proceso personal”. No se dice “me aburrí”; se dice “necesito reconectar conmigo”. No se dice “no funcionamos”; se dice “estamos en momentos distintos”.

El dolor sigue intacto. La diferencia es que ahora llega envuelto en lenguaje terapéutico, con palabras suaves que no lastiman… pero tampoco explican.

La cultura, por su parte, intenta seguir siendo incómoda, pero con supervisión. Las canciones provocadoras llevan contexto. Las películas polémicas incluyen advertencias. Las obras incómodas vienen acompañadas de explicaciones. La rebeldía ya no rompe puertas: toca el timbre, sonríe y espera a que le abran.

No es censura. Es algo más sofisticado: autocontrol colectivo con excelente iluminación y buena conciencia.

En la vida cotidiana, hablamos como si camináramos sobre hielo delgado. Cada palabra es un cálculo, cada silencio una estrategia, cada conversación una negociación invisible. Decir lo que se piensa ya no es ingenuo: es un deporte de alto riesgo. Pero no decirlo tiene otro costo: la lenta, silenciosa erosión de la autenticidad.

Nos volvemos expertos en decir sin decir, en insinuar sin afirmar, en opinar sin exponernos. Y poco a poco, sin darnos cuenta, dejamos de reconocernos en lo que decimos.

No tememos equivocarnos; tememos quedarnos solos. Porque hoy, más que nunca, existir socialmente depende del lenguaje. Y el lenguaje ya no es solo expresión: es pertenencia. Hablamos para no ser expulsados, para no incomodar, para no destacar demasiado. La originalidad, en ciertos contextos, se percibe como imprudencia.

Vivimos entre dobles espejos. En uno decimos lo correcto para evitar problemas. En el otro pensamos lo que realmente creemos, pero en voz baja, casi en secreto. Un espejo muestra lo que somos; el otro, lo que estamos autorizados a mostrar. Y entre ambos construimos una identidad pulida, coherente, socialmente aceptable… y profundamente editada.

No se trata de destruir lo políticamente correcto ni de glorificar la brutalidad innecesaria. Tampoco de regresar a una época donde la sinceridad era excusa para la crueldad. Se trata de algo más incómodo, más sutil, más difícil: recordar que el lenguaje no solo sirve para proteger, sino también para revelar.

Porque cuando todas las palabras son seguras, cuando todas las frases son impecables, cuando todo suena bien, cuando nada incomoda… algo empieza a sonar falso. Y en ese momento —justo ahí, en esa perfección sospechosa— la conversación deja de ser humana y se convierte en una obra impecable, elegante… y completamente vacía.

 

Related posts

ACTOS DE PODER  La CIA en Chihuahua

El Mundial que dejó de ser nuestro

POLÍTICA DE LO COTIDIANO  La fiscal y las prácticas que nos urgen