Por. María del Socorro Pensado Casanova
X: @mariaaspc / IG: @pcasanovams
La trata de personas constituye una de las violaciones a derechos humanos más extendidas y complejas del mundo. De acuerdo con la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito y la Organización Internacional para las Migraciones, en 2026 se reconocen al menos 125 mil víctimas a nivel global, de las cuales 30 mil son menores de edad. Entre 2020 y 2023, más de 200 mil personas fueron identificadas, aunque las cifras reales se alejan de los registros oficiales por las omisiones de denuncias. Además, la mayoría de los casos se vinculan con estructuras del crimen organizado, lo que confirma que la trata opera como un sistema “articulado”.
Más allá de las cifras, las víctimas son personas que atraviesan esta problemática en sus vidas, lo que les deja una huella profunda e imborrable. Es posible aproximarnos a su compleja situación a través de la literatura como en “Milena o el fémur más bello del mundo”, donde Jorge Zepeda Patterson construye una narrativa que, desde la intriga, permite asomarse a las redes de poder y explotación que operan detrás de escenarios que, en apariencia, resultan muy sofisticados.
De igual manera, en el entorno contemporáneo, la trata también ha sido abordada mediante formatos audiovisuales que buscan acercar estas historias al público. Series, documentales y producciones televisivas han intentado retratar la violencia estructural que enfrentan miles de mujeres. Sin embargo, estos relatos suelen situarse en un punto intermedio entre la denuncia y la exposición mediática, generando una tensión constante entre visibilizar y convertir en espectáculo una violenta realidad.
Los referentes se multiplican, por ejemplo, el caso de Lucie Blackman, la joven británica desaparecida en Tokio en el 2000, cuya historia ha sido retomada en formato documental. Su experiencia evidencia la vulnerabilidad de mujeres jóvenes que, bajo esquemas de trabajo aparentemente legítimos, quedan expuestas a redes de explotación. De manera similar, el caso Narvarte, donde la modelo colombiana Mile Virginia Martín fue vinculada con contextos de prostitución y violencia. Así, a lo largo de años, tiempos y contextos distintos, se deja ver que estas dinámicas trascienden cualquier frontera y se extienden a nivel global.
Más delicado aún, estas representaciones hoy conviven con otros enfoques envueltos en una estética de glamour. Las historias sobre las mujeres, conocidas como conejitas de Playboy, las fiestas privadas y los relatos de excesos se han presentado como símbolos de exclusividad. No obstante, detrás de esa construcción se encuentran dinámicas de poder profundamente desiguales que encubren estructuras similares a las que operan en circuitos de explotación como los identificados en Tenancingo. Y aquí, la lógica persiste, los escenarios cambian, pero el control y beneficio económico permanecen.
En esta misma línea, la ficción también ha incorporado estas dinámicas. Más reciente, se encuentra la tercera temporada de Euphoria que retrata con crudeza una circunstancia recurrente dentro de las redes de explotación, cuando una mujer deja de representar utilidad para quienes la controlan, su vida pierde valor dentro de ese sistema y la convierten en un objeto desechable.
También otras producciones recientes como Sound of Freedom han colocado la trata de personas en el centro del debate público, especialmente en lo que respecta a la explotación infantil. Si bien, generan conciencia, por otro lado abren una reflexión necesaria sobre la forma en que se construyen sus desenlaces. En el cine, las historias cierran con finales que transmiten justicia o liberación, mientras que en la vida diaria, los procesos de recuperación resultan largos, complejos y llenos de obstáculos.
La distancia entre representación y realidad se vuelve evidente en el trabajo de quienes enfrentan la problemática desde lo local. Hace no mucho tiempo tuve la oportunidad de conocer a una mujer que lidera un colectivo comprometido con la lucha contra la trata en México. En su labor encuentra barreras constantes, particularmente cuando es excluida por no ser víctima directa ni familiar de una víctima.
Además, su trabajo la coloca en una situación de riesgo, debe protegerse y mantenerse en resguardo ante el temor constante de quienes la persiguen.
A esta situación se suman los contextos de impunidad que atraviesan numerosos casos. Las pruebas recabadas en muchas ocasiones pierden fuerza dentro de procesos que favorecen la falta de responsabilidades. Cuando la violencia se transforma, pero la lógica persiste, la urgencia sigue intacta. ¿Hasta qué generación seguiremos combatiendo la trata?
TE PODRÍA INTERESAR
SA RIBA DE LA VALL Personas en situación de calle: la ayuda que encubre omisiones
