viernes 01 mayo, 2026
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Nacionalismo de exportación: El arte que es “monumento” en papel, pero privado en la realidad

Por. Michelle Nájar*

 

México es un país que se narra a sí mismo a través del color, donde la frontera entre el patrimonio nacional y la identidad individual se desdibuja frente a un lienzo. Los mexicanos nos reconocemos en los cuadros de Frida Kahlo o Diego Rivera, que durante décadas han sido pilares fundamentales de nuestro imaginario colectivo. Pero no son los únicos; hoy, incluso gracias al alcance de las redes sociales, la obra de artistas mexicanos que hasta hace poco no contaban con la popularidad de los antes mencionados, se ha convertido en un referente de nuestra presencia en el mundo y en motivo de orgullo nacional. Lo que alguna vez fue resguardado en la exclusividad, hoy se muestra en las pantallas de millones que reclaman el derecho de poseer su propia historia visual.

El arte funciona como un motor de visibilidad nacional y es un componente esencial de la diplomacia, pero es importante recordar que no constituye un elemento exclusivo de las élites. Hoy el arte es más popular que nunca, pero su éxito internacional no debe desligarlo de su propósito original: ser el espejo de nuestra identidad común. De poco sirve que nuestra estética conquiste al mundo si, en el proceso, el mexicano común pierde el acceso físico y el control sobre su propio patrimonio.

El uso del arte mexicano como herramienta de política exterior se remonta a poco antes del Porfiriato, convirtiéndose en un ejercicio diplomático que, paradójicamente, provocó que muchas obras no regresaran a tierra mexicana. Ejemplo de ello es la inagotable disputa por el Penacho de Moctezuma, resguardado en el Weltmuseum Wien de Viena. Aunque existen considerables trabas para su regreso —desde el riesgo de dañarlo en el traslado hasta la protección de las leyes austriacas y la no retroactividad de tratados internacionales—, su ausencia sigue siendo una herida abierta en la identidad nacional.

Más que un compendio de obras, la Colección Gelman —que permanecerá en el Museo de Arte Moderno de la CDMX hasta mediados de julio de 2026— trasciende su papel como catálogo artístico para convertirse en una fascinante paradoja del patrimonio mexicano. Natasha Jacques Gelman, magnate del cine tras el éxito de Cantinflas, eran poseedores de una colección hoy considerada “Tesoro Nacional”, junto con obras de la Escuela de París donadas al MET en Nueva York tras la muerte de ambos. Natasha era una ávida compradora de arte que utilizaba los vastos recursos de su marido para adquirir obras. El vínculo de la pareja con la Casa Azul fue definitivo: Diego actuaba como asesor estético que legitimaba su ascenso social con grandes obras; Frida, por su parte, ofrecía un acceso íntimo a su dolor a través de una amistad que nutrió el acervo con piezas icónicas.

Bajo la administración de Banco Santander y tras su adquisición en 2023 por la familia Zambrano, el acervo de los Gelman —que incluye obras nacionales de Siqueiros, Orozco, Varo e Izquierdo— plantea un dilema ético: ¿es un monumento “en el papel” pero privado en la billetera? La respuesta no resulta tan sencilla. La colección es considerada un Monumento de la Nación, pero eso no le quita el atributo de propiedad privada. El gobierno de México, a través de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos de 1972, proveyó a la colección de un “candado legal” que elimina el riesgo de ser vendida a extranjeros y evita que pase tiempo indefinido en el exterior. Sin embargo, este decreto no garantiza su presencia en su país de origen. El acervo acumuló casi dos décadas de “exilio dorado” en el extranjero antes de regresar. Esto se explica mediante un “nomadismo legal”: los propietarios de la colección pueden aprovechar vacíos legales al devolver las obras a tiempo a la aduana mexicana para su inspección y, de inmediato, trasladarlas de nuevo, sin fallar así en el “toque de suelo”. Así, la colección continúa su ejercicio como “embajadora cultural” sin que el erario público asuma los exorbitantes costos de seguro y conservación que implica su exhibición permanente en museos nacionales.

La reciente escala de la Colección Gelman en el MAM no debe leerse como un triunfo del reencuentro, sino como el síntoma de una enfermedad crónica en nuestra política cultural. Durante décadas, hemos aceptado un “nacionalismo de papel” en el que la Ley de 1972 sirve más para inflar el valor de mercado de las obras que para garantizar el derecho ciudadano a contemplarlas. Mientras la identidad de México siga siendo un activo de exportación con boleto de retorno condicionado, la soberanía cultural será solo una frase elegante en un decreto olvidado. El arte nacional merece más que ser el rehén de lujo de una condición entre el descuido oficial y la rentabilidad privada.


*Directora de Entrada de Ciencias Sociales y Gobierno. Tecnológico de Monterrey, Campus Estado de México.

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