viernes 09 octubre, 2026
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COLUMNAS COLUMNA INVITADA

INTERESES CRUZADOS El bolsillo familiar prende las alertas

Por. Ernesto Madrid

IG: @JErnestoMadrid

 

La economía mexicana puede mostrar señales de recuperación, pero hay un indicador mucho más difícil de maquillar: el dinero que le queda a las familias después de pagar lo indispensable.

La primera Encuesta Nacional de Gasto (ENG) 2025 del INEGI revela que los hogares mexicanos destinan 34.9% de su gasto corriente monetario a alimentos, bebidas y tabaco. En las zonas rurales la proporción sube a 40.3%. Es decir, en buena parte del país, cuatro de cada diez pesos gastados por las familias se van prácticamente en comer.

El dato es relevante porque permite mirar la economía desde el otro lado de las estadísticas macroeconómicas. El gasto promedio corriente monetario de los hogares fue de 57,930 pesos trimestrales, pero con una diferencia significativa entre zonas urbanas y rurales: 62 mil 985 pesos frente a 40 mil 465.

La conclusión es sencilla: cuando el ingreso es menor, el margen para otros gastos también se reduce.

Después de alimentos, transporte y comunicaciones absorben 20% del gasto; educación y esparcimiento, 8.5%, y vivienda y servicios, 7.9%. El principal gasto específico son los alimentos consumidos fuera del hogar, con 4 mil 181 pesos trimestrales de acuerdo con lo analizado por Banamex.

Hay además una diferencia territorial que explica buena parte de la desigualdad económica. La Ciudad de México registra el mayor gasto corriente monetario por hogar, con 84 mil 564 pesos trimestrales, mientras Chiapas se ubica en 38 mil 203. Es una brecha de 2.2 veces.

Y en este escenario aparece uno de los principales amortiguadores del consumo familiar: las remesas.

La Encuesta Intercensal 2025 del INEGI contabilizó 1.88 millones de hogares receptores, unos 113 mil más que en 2020. Sin embargo, su participación dentro del total de hogares cayó de 5.1% a 4.7%. El dato importa porque significa que las remesas siguen llegando a más familias en términos absolutos, pero no están creciendo al mismo ritmo que el universo total de hogares.

Además, 59.5% de esos hogares se encuentra en localidades rurales o semi-rurales y 50.8% está encabezado por una mujer. Los recursos tienen efectos concretos: los hogares receptores registran mayor posesión de refrigeradores, lavadoras y motocicletas que aquellos que no reciben remesas.

Pero el flujo comienza a mostrar señales de agotamiento.

Según Banco de México y BBVA Research, en agosto ingresaron 5 mil 452 millones de dólares, una caída anual de 3.6% y el primer retroceso después de seis meses consecutivos de crecimiento. BBVA anticipa debilidad, e incluso posibles contracciones, durante los siguientes meses, aunque reconoce que el tipo de cambio puede generar un efecto favorable temporal.

Aquí está la conexión que debería preocupar a la política económica.

El consumo de los hogares depende cada vez más de ingresos que tienen poco margen de maniobra. La familia no puede dejar de comprar alimentos porque la economía se desacelere, pero sí puede posponer un automóvil, una reparación, un viaje, un electrodoméstico o cualquier gasto que no sea indispensable.

Eso explica por qué una economía puede crecer moderadamente y, al mismo tiempo, mantener una sensación de estrechez en los hogares.

La fotografía del INEGI muestra una economía familiar todavía concentrada en lo básico. Los datos de remesas muestran que millones de hogares cuentan con un ingreso adicional generado fuera del país. Y la desaceleración de esos flujos introduce un riesgo adicional para el consumo, particularmente en las regiones rurales.

No es un colapso. Tampoco hay elementos para hablar de una crisis de remesas. Pero sí hay una señal que conviene observar.

El problema no es solamente cuánto crece la economía mexicana, sino cuánto poder de compra conserva una familia después de pagar lo necesario para vivir.

Porque si cada vez más del ingreso se va en comida, transporte, vivienda y servicios, queda menos para ahorrar, invertir y consumir otros bienes.

Y ahí está la verdadera medida de la economía: no cuánto presume crecer el país, sino cuánto alcanza el dinero cuando llega a fin de mes.


 

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