Por. Saraí Aguilar
X: @saraiarriozola
Primero es lo primero. Y para Citlalli Hernández esto queda muy claro: ella fue quien privilegió las alianzas electorales sobre las alianzas con las mujeres, dejando acéfala la recién creada Secretaría de las Mujeres por irse a grillar a su partido.
Así, una vez más el feminismo se convirtió en una bandera electoral que sirve para ondearla en épocas electorales, pero carece de respaldo en la gestión pública del día a día.
Desgraciadamente esta incongruencia se vuelve mortal mientras la violencia escala contra las mujeres en niveles no sostenibles, principalmente en entidades gobernadas por el partido oficialista—como el Estado de México, Baja California, Hidalgo y Michoacán, donde los datos del Secretariado Ejecutivo de Seguridad revelan un repunte alarmante en violencia familiar y homicidios dolosos—, y tras la salida de Citlalli, esto se agudiza.
No porque ella tuviese la varita mágica o fuera una gran solución al problema, sino porque demuestra cómo las estructuras institucionales responsables de atender esta violencia quedan acéfalas y cómo las campañas se vuelven prioridad. La renuncia de Hernández se dio a conocer el 16 de abril; el mes terminó sin que se conociera quién la supliría, a diferencia de otros relevos como los ocurridos en las secretarías de Bienestar y Agricultura, así como en la Consejería Jurídica de Presidencia.
Así, la maquinaria partidista desplazó la urgencia de coordinar fiscalías, liberar recursos para refugios o atender las alertas de género y priorizó las alianzas y las urnas.
Pero ésta ha sido la lógica oficialista. La de priorizar el capital político sobre la responsabilidad administrativa de generar un estado de derecho para sus gobernados. De tal manera que la violencia se normaliza o se maquilla mediante el subregistro sistemático de feminicidios bajo la etiqueta de homicidios dolosos, demostrando que para la clase política actual, el control de la narrativa mediática y la movilización de clientelas electorales son activos mucho más valiosos que la implementación de políticas técnicas de largo aliento.
Así es como la tragedia se suma a la instrumentalización de las agendas feministas para legitimar carreras políticas, mientras la realidad cotidiana en estos estados confirma que las víctimas han sido abandonadas a su suerte, a pesar de que la presidenta con A insista en que hay otros datos.
Esto sólo propicia que las mujeres permanezcan atrapadas entre una estrategia de seguridad nacional ineficaz y un aparato de género que, al estar sujeto a los intereses de la lealtad partidista que se preponderan por encima de la eficiencia y capacidad, ha eliminado de su lista de prioridades el deber de proteger a aquellos que gobiernan.
Así que Citlalli sólo actuó de acuerdo con los intereses y lógica partidista. Su retiro fue para enfocarse en sostener la estructura de poder. Sin embargo, de esta forma sólo se está consolidando una traición sistemática en la que la violencia sistémica se deja crecer bajo el manto de una política que, al privilegiar la grilla por encima de la vida, ha anulado cualquier pretensión de justicia social.
