viernes 24 abril, 2026
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COLUMNAS COLUMNA INVITADA

El Mundial que dejó de ser nuestro

Por. Ana Gabriela Núñez Pérez*

 

  • México es el único país en organizar tres Copas del Mundo. Además, en donde más de la mitad de la población no puede costear el boleto más barato para verlo en vivo.

 

Juan Villoro escribió en Dios es redondo que si hubiera un campeonato mundial de aficiones, una final posible sería México contra Escocia. La frase no es un halago menor viniendo de quien más profunda y lúcidamente ha reflexionado sobre el fútbol en nuestra lengua. Significa que en este país la pasión por el balón no es un accidente cultural sino una forma de identidad, algo que se hereda, se comparte y se defiende con la misma intensidad con que se defienden las cosas que verdaderamente importan.

Millones de niñas y niños que, como yo, nacimos después del Mundial de 1986 crecimos con esa herencia. Hicimos del fútbol nuestra pasión sin haberlo elegido del todo, como ocurre con las cosas que se vuelven parte de uno antes de que uno pueda decidirlo. Y crecimos también con una ilusión concreta: la de asistir algún día a un Mundial. No necesariamente para ver campeona a la selección, aunque eso también, sino para ser parte de algo que sólo el fútbol sabe construir: esa comunidad efímera y perfecta que se forma cuando decenas de miles de personas respiran al mismo ritmo.

El primero que vibramos con intensidad fue el de Estados Unidos en 1994. Lo vivimos al ritmo de Gloryland, la voz de Daryl Hall como banda sonora de tardes frente al televisor, de gritos que salían por las ventanas de colonias populares y fraccionamientos residenciales por igual, porque el fútbol tiene esa capacidad democrática de ocupar el mismo espacio emocional en casas muy distintas. Pero 1994 no fue sólo el año del Mundial. Fue el año en que México entró al TLCAN con la promesa de un futuro moderno y se derrumbó en diciembre con la peor crisis financiera de su historia reciente. Dividíamos el corazón, como hemos hecho siempre, entre sobrevivir y vivir nuestra pasión. Satisfacer las necesidades básicas era la prioridad, y en medio de esa urgencia persistía, silenciosa y terca, la utopía: algún día, un Mundial en casa.

Utopía, porque las condiciones que hacían imposible ese sueño no se resolverían pronto. La desigualdad que atravesaba 1994 no era una anomalía sino una constante. Y así, entre crisis y recuperaciones parciales, entre mundiales vistos en pantalla y la ilusión nunca del todo apagada, llegó 2022 con el anuncio: México sería sede nuevamente, compartiendo el honor con Estados Unidos y Canadá en 2026. Por fin, el umbral entre la utopía y la realidad parecía franqueable. Esa afición campeona de la que habla Villoro tendría la oportunidad de ver a su selección en un Mundial propio, de gritar en un estadio, de vivir en carne propia lo que durante décadas sólo había conocido por televisión.

Pero llegado el presente, la utopía sigue siendo utopía. Los boletos son inalcanzables para el mexicano promedio, y conseguirlos, cuando los precios lo permitirían, es un laberinto de plataformas digitales, tarjetas de crédito internacionales y sorteos diseñados para un consumidor que no habita la mayoría de este país. Los vuelos hacia Guadalajara y Monterrey, las otras dos sedes mexicanas, son caros y escasos. El sueño de 1994 sigue siendo sueño en 2026, sólo que ahora la distancia se puede medir con precisión aritmética.

Días de salario mínimo para el boleto más barato

En 1970, cuando Pelé levantó la Copa Jules Rimet frente a 107 mil personas en el entonces estadio Azteca, cualquier trabajador mexicano podía estar entre esa multitud: el boleto más barato costaba 30 pesos y el salario mínimo diario era de poco menos de 28. Un día de trabajo bastaba. En 1986, en plena crisis inflacionaria, el boleto más accesible equivalía a cinco días y medio de salario mínimo. Era un esfuerzo real, pero la gente encontró la manera. Los reportes de la época señalan incluso que miles de entradas fueron regaladas o distribuidas a funcionarios públicos, lo cual revela una práctica discutible, pero también que el acceso masivo se consideraba, entonces, un valor que había que garantizar de algún modo. En 2026, un boleto de categoría básica para un partido cualquiera de fase de grupos requiere el equivalente a 60 días de salario mínimo. El ingreso mensual promedio de un hogar mexicano no supera los 26 mil pesos. La mitad de las familias del país vive con 10 mil pesos o menos.

Pese al contexto anterior y a pesar de todo lo que lo oscurece —la manipulación económica, la explotación política, el racismo, el machismo— el fútbol ha logrado mantener y renovar su capacidad de asombrarnos. Que eso sea cierto es casi un milagro. Pero ese milagro tiene un límite cuando la puerta de entrada al asombro tiene un precio que excluye a la mayoría. El fútbol puede sobrevivir sus propias contradicciones dentro de la cancha. La pregunta es si puede sobrevivir la contradicción de llamarse el deporte del pueblo mientras sus tribunas se llenan de los menos, de aquellos que pueden tener el exclusivo privilegio de ser parte de lo que debía pertenecernos a toda la afición.

Los mecanismos de distribución de boletos en 2026 priorizan paquetes corporativos, experiencias de hospitalidad premium y agencias de viaje internacionales. El sistema de precios dinámicos que la FIFA estrena en este torneo hace que el valor de una entrada fluctúe según la demanda, lo cual beneficia a quienes tienen mayor capacidad de respuesta financiera y castiga a quien necesita planear con meses de anticipación una compra tan costosa. El partido inaugural en el ahora estadio Banorte, tiene entradas que van de 7 mil a 33 mil pesos. El salario mínimo diario en México es de 315 pesos.

El primer estadio del mundo en albergar tres Copas del Mundo está en un país donde más de la mitad de la población quedará reducida a verlo por televisión o por el celular, no por falta de pasión sino por una barrera económica que se ha vuelto estructural. Eso no es un detalle menor. Es una definición de para quién es este evento y para quién no.

Y sin embargo, Villoro también escribió que la pasión muere al último. Y tiene razón. Seremos esa afición campeona que desde la calle, desde la pantalla del celular, desde la sala de la casa, desde el restaurante de la esquina o desde el trabajo con el partido sonando de fondo, gritará gol en el partido inaugural y se volverá a creer el cuento de que esta vez sí, que esta generación es distinta, que el sueño no está tan lejos. Porque así funciona el fútbol, y en eso somos, efectivamente, campeones.

Pero cuando se apague el último partido, cuando se recoja la última bandera y el estadio Banorte vuelva a sus partidos de liga, quedará lo de siempre: la desigualdad social en México, que no se resuelve con un gol ni con una sede mundialista, y que lleva décadas esperando una respuesta que no llega. Esa es la promesa más difícil de cumplir. Mucho más que llevar a México a una final.

*Colaboradora en la Escuela de Gobierno y Transformación Pública del Tecnológico de Monterrey.

 


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