lunes 08 junio, 2026
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COLUMNAS COLUMNA INVITADA

‘Alan Riding: la incomodidad necesaria’

Por. Boris Berenzon Gorn

X: @bberenzon

“El sentimiento de que el pasado no ha desaparecido y que tiene que ser discutido y no
escondido, es algo que no va a desaparecer”. Alan Riding, entrevista de Erika Rosete,
El País, 1 de diciembre de 2024.

No todos los espejos son bienvenidos. Menos aún aquellos que llegan desde fuera y devuelven una imagen distinta de la que una sociedad ha construido sobre sí misma. Durante más de cuatro décadas, Alan Riding ocupó ese lugar incómodo y necesario: el del observador extranjero que se atrevió a describir algunas de las contradicciones más profundas de México y América Latina sin caer ni en la fascinación exótica ni en el desprecio colonial.

Su muerte, ocurrida el 6 de junio de 2026 a los 82 años, cierra una trayectoria extraordinaria en el periodismo internacional, pero abre nuevamente la conversación sobre una obra que nunca dejó de provocar debate. Como señalaron los obituarios publicados por El País el 7 de junio de 2026, Riding perteneció a una generación de corresponsales que entendía el periodismo como una forma de conocimiento. Antes que producir opiniones inmediatas, buscaba comprender procesos; antes que emitir sentencias, intentaba descifrar sociedades.

Nacido en Río de Janeiro en 1943, de padres británicos, formado en economía y derecho en Gran Bretaña, llegó al periodismo después de abandonar una carrera jurídica prometedora. Reuters fue su primera escuela. Más tarde, desde The New York Times, cubrió algunos de los acontecimientos políticos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. América Latina se convirtió en uno de sus laboratorios intelectuales: las revoluciones centroamericanas, las dictaduras sudamericanas, las transiciones democráticas y las tensiones permanentes entre modernización y desigualdad ocuparon buena parte de sus preocupaciones. México terminaría siendo el territorio donde su mirada alcanzó mayor resonancia.

Cuando apareció Vecinos distantes. Un retrato de los mexicanos en 1985, Riding pretendía explicar México a los lectores estadounidenses. Terminó provocando una discusión nacional sobre la identidad mexicana. Según recordó el propio autor en conversación con Héctor González para Aristegui Noticias en octubre de 2024, el presidente Miguel de la Madrid llegó a considerarlo “arrogante e imperialista”. La reacción revelaba algo más profundo que una discrepancia política: mostraba hasta qué punto el libro había tocado zonas sensibles de la conciencia nacional.

La obra examinaba el presidencialismo, la herencia de la Revolución Mexicana, la relación con Estados Unidos, las desigualdades sociales, la persistencia de antiguas estructuras culturales y la distancia existente entre los discursos oficiales y la experiencia cotidiana de millones de mexicanos. Algunas de sus conclusiones fueron discutidas. Otras envejecieron. Lo notable es que muchas de sus preguntas siguen vivas.

Esa capacidad para identificar problemas duraderos constituye la diferencia entre un libro coyuntural y una obra de largo aliento.

En entrevista con Javier Lafuente para El País en mayo de 2018, Riding comparó a México con las nubes que observaba desde su ventana: una mezcla cambiante de claroscuros, imposible de describir mediante fórmulas simples. La metáfora resultaba afortunada. Durante toda su carrera desconfió de las explicaciones absolutas. Prefería los matices, las contradicciones y las zonas grises.

Esa misma sensibilidad reapareció en la conversación sostenida con Erika Rosete durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de 2024. Allí insistió en que el pasado sigue habitando la vida pública mexicana y que las discusiones sobre memoria histórica están lejos de agotarse. La observación resulta especialmente pertinente en una época donde la historia se ha convertido nuevamente en un campo de disputa política.

Riding comprendió lo que con frecuencia olvidamos: los países no sólo están hechos de instituciones y estadísticas. También están construidos con recuerdos, agravios, mitos, símbolos y relatos compartidos. La Conquista, la Independencia, la Reforma, la Revolución, el movimiento estudiantil de 1968 o las discusiones contemporáneas sobre memoria siguen siendo fuerzas activas en la imaginación mexicana.

Por ello, sin proponérselo, practicó una forma singular de periodismo histórico. Su trabajo no se limitaba a registrar acontecimientos. Buscaba entender las estructuras culturales y simbólicas que les daban sentido.

La reedición de Vecinos distantes publicada por Planeta en 2025 confirmó esa vigencia. México y Estados Unidos ya no son los mismos países que Riding observó en la década de 1980. Existen nuevas formas de integración económica, nuevas dinámicas migratorias y nuevas tecnologías de comunicación. Sin embargo, persisten preguntas fundamentales sobre identidad, poder, desigualdad y soberanía.

La era de Donald Trump y la experiencia de la Cuarta Transformación devolvieron actualidad a muchas de sus observaciones. La relación con Estados Unidos sigue marcada por una mezcla de cercanía e incomprensión. El pasado continúa interviniendo en las disputas del presente. El liderazgo político conserva una fuerza simbólica extraordinaria. Y la democracia sigue enfrentando desafíos estructurales que no pueden resolverse únicamente mediante elecciones. Reducir el legado de Riding a México, sin embargo, sería insuficiente.

Una de sus obras más notables fue And The Show Went On (2010), una extraordinaria reconstrucción de la vida cultural parisina durante la ocupación nazi. Allí exploró los dilemas morales de escritores, músicos, actores y artistas obligados a crear bajo un régimen autoritario. Le interesaban menos los héroes perfectos que las decisiones difíciles. Menos las certezas que las ambigüedades humanas.

La misma inquietud aparece en sus reportajes sobre Nicaragua, Guatemala, El Salvador, Brasil o Argentina. Buscó comprender cómo reaccionan las sociedades frente al miedo, la violencia, el poder y la incertidumbre. En el fondo, siempre estuvo interesado en las relaciones entre cultura y poder.

Hace pocos meses declaró que no le gustaría ser recordado únicamente por la polémica en torno a si México pertenece o no a Occidente. Probablemente tenía razón. Las polémicas envejecen. Las preguntas permanecen.

Su verdadero legado reside en haber defendido un periodismo que desconfiaba de las simplificaciones. Un periodismo que observaba antes de juzgar, que escuchaba antes de concluir y que comprendía que toda identidad nacional es una conversación inacabada.

En tiempos dominados por la velocidad informativa, la indignación instantánea y las certezas prefabricadas, Alan Riding representa una tradición cada vez más rara: la del corresponsal que camina, duda, escucha y piensa. Los buenos periodistas dejan noticias. Los grandes periodistas dejan preguntas.

Y cuarenta años después de Vecinos distantes, muchas de las preguntas formuladas por Alan Riding continúan acompañando a México. No porque hubiera descubierto una verdad definitiva sobre el país, sino porque comprendió algo esencial: las naciones, como las personas, nunca terminan de conocerse por completo.

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