jueves 23 abril, 2026
Mujer es Más –
BORIS BERENZON GORN COLUMNAS

RIZANDO EL RIZO La era de la ansiedad: cultura, poder y fractura psíquica (II)

(La intimidad colonizada y el porvenir de la mente)

“La ansiedad es el pulso íntimo de un mundo que no sabe detenerse.”

 

Por. Boris Berenzon Gorn

 

Si en la primera parte el diagnóstico ayer apuntaba a una cultura que produce y administra el malestar, aquí conviene descender un nivel más: la vida íntima. Porque la ansiedad contemporánea no solo se mide en estadísticas clínicas; se siente en el pulso diario, en la dificultad para sostener la atención, en la urgencia por responder, en el cansancio que no se deja dormir. La pregunta ya no es únicamente qué nos pasa, sino cómo se ha vuelto posible que nos pase de esta manera.

La intimidad —ese territorio donde antes se elaboraban silencios, duelos y deseos— ha sido progresivamente colonizada. No por una fuerza abstracta, sino por dispositivos concretos: pantallas, plataformas, métricas. La experiencia se vuelve cuantificable, comparable, publicable. Lo que no se muestra parece no existir; lo que no se mide, no cuenta. En ese régimen, la mente aprende a mirarse como si fuera un perfil: ¿cuánto rindo?, ¿cuánto valgo?, ¿cómo aparezco ante los otros? La ansiedad no es un accidente: es la forma afectiva de esa vigilancia difusa.

Aquí el poder ya no se ejerce solo prohibiendo, sino incentivando. No dice “no hagas”, sino “puedes hacerlo todo, todo el tiempo”. La consigna de libertad ilimitada se convierte, paradójicamente, en una nueva servidumbre. La subjetividad queda atrapada entre el mandato de rendimiento y la promesa de felicidad. Y cuando no alcanza —porque nadie alcanza— aparece la culpa. ¿Es un fracaso personal o el síntoma de un modelo que exige lo imposible? La respuesta no puede ser individualista sin caer en la simplificación.

En este punto, la vieja oposición entre razón y locura se vuelve insuficiente. Lo que emerge no es una “locura” clásica, sino formas de desregulación más sutiles: dispersión atencional, irritabilidad, sensación de vacío, picos de euforia seguidos de caídas abruptas. No siempre hay diagnóstico, pero sí sufrimiento. Y, sin embargo, el lenguaje disponible a menudo empobrece la experiencia: se etiqueta rápido, se explica rápido, se medica rápido. ¿Qué se pierde en esa velocidad? Se pierde tiempo psíquico, el único en el que algo puede transformarse.

El síntoma, en este contexto, adquiere una nueva densidad. Ya no es solo la marca de un conflicto intrapsíquico, sino también la inscripción de un entorno saturado. La ansiedad por notificaciones, por ejemplo, no es una fobia individual; es la respuesta de un organismo expuesto a estímulos diseñados para capturar su atención. El cuerpo se vuelve el lugar donde la cultura deja huellas: contracturas, insomnio, fatiga. No sorprende que muchas personas digan “no puedo más” sin saber exactamente de qué.

“Tepsicore”, Alejandro Quijano, quijanygrafía sobre papel sulfatado, 2026.

¿Y el goce? Persiste, aunque adopta formas más discretas y, a veces, más crueles. Hay un goce en la autoexigencia, en la hiperproductividad, en el reconocimiento efímero. Hay un goce en la repetición del cansancio, en el scroll infinito que promete descanso y entrega agotamiento. No es un placer pleno, sino una satisfacción ambigua que mantiene al sujeto enganchado. ¿Por qué soltamos tan poco aquello que nos desgasta? Porque también organiza, da identidad, evita el vacío. Renunciar a ese circuito exige algo más que fuerza de voluntad: exige nuevas formas de sentido.

Žižek advertía que el problema no es solo lo que hacemos, sino el marco que hace que eso tenga sentido. Si el horizonte de valor está colonizado por la visibilidad y el rendimiento, cualquier intento de “cuidarse” corre el riesgo de convertirse en otra tarea a optimizar. El autocuidado, sin una crítica de fondo, puede integrarse sin fricción al mismo sistema que produce el malestar. De ahí la incomodidad de otra pregunta: ¿estamos sanando o simplemente aprendiendo a funcionar mejor dentro de una lógica que nos enferma?

La educación aparece entonces como un campo decisivo. No basta con incorporar “habilidades socioemocionales” como un módulo más. Se trata de reconfigurar el tiempo y el espacio del aprendizaje para que haya lugar para la pregunta, la pausa, el error. Aprender a pensar incluye aprender a tolerar la incertidumbre, a sostener una idea sin resolverla de inmediato, a escuchar sin reducir al otro a una etiqueta. Una pedagogía de la atención —no de la hiperestimulación— podría ser, hoy, una forma de cuidado psíquico.

En el ámbito clínico, la articulación entre disciplinas es ineludible. La farmacología puede ser indispensable en ciertos casos, pero no sustituye la elaboración subjetiva. La palabra —en cualquiera de sus formas rigurosas de escucha— sigue siendo un instrumento irremplazable para tramitar el sentido del sufrimiento. El desafío no es elegir entre cerebro o historia, sino evitar que uno borre al otro. ¿Qué historia queda cuando todo se explica por neurotransmisores? ¿Qué biología ignoramos cuando todo se reduce a relato?

Las comunidades, por su parte, necesitan ser reinventadas. No como refugios idealizados, sino como tramas concretas de apoyo. Espacios donde la fragilidad no sea inmediatamente corregida, donde el tiempo no esté completamente colonizado por la productividad. La pregunta “¿qué formas de comunidad pueden sostener la fragilidad?” no es retórica: implica diseñar prácticas, desde lo local hasta lo institucional, que redistribuyan el cuidado.

En este paisaje, el tema de las drogas vuelve a mostrar su ambivalencia. Entre el alivio legítimo y la evasión, la cultura contemporánea oscila sin resolver la causa de fondo: la dificultad de habitar el malestar. La promesa de soluciones rápidas —químicas o tecnológicas— seduce porque ofrece control. Pero la vida psíquica resiste esa lógica: lo que no se simboliza, retorna.

Volvemos entonces a una sospecha que atraviesa este análisis: una psique ansiosa, fragmentada, siempre en déficit, es funcional a ciertas dinámicas de poder. No porque haya un plan unificado, sino porque encaja con economías que necesitan atención constante, consumo continuo y adaptación flexible. Reconocer esta dimensión no exonera al sujeto, pero sí amplía el campo de responsabilidad.

¿Qué hacer, en concreto, sin caer en recetas vacías? Primero, recuperar zonas de opacidad. No todo debe ser mostrado, medido o compartido. La intimidad es una condición de posibilidad para elaborar lo que duele. Segundo, reeducar la atención: elegir —activamente— qué merece tiempo y qué no. Tercero, complejizar el lenguaje del malestar: ir más allá de etiquetas rápidas y abrir espacio a narrativas singulares. Cuarto, reconstruir vínculos que no estén mediados exclusivamente por la lógica del rendimiento. Y, quizá lo más difícil, aceptar que no hay una vida sin conflicto, pero sí formas más habitables de transitarlo.

La ansiedad, en su forma más extendida, es un índice de época. No se la supera negándola ni absolutizándola, sino leyéndola. Como todo síntoma, dice algo de nosotros y de la forma de vida que sostenemos. Escucharla exige valentía: implica interrogar hábitos, discursos y promesas que parecían incuestionables.

Queda, al final, una imagen posible: la de una mente que no busca ser perfectamente estable, sino suficientemente flexible para no romperse. Una mente que no aspira a eliminar toda angustia, sino a darle un lugar donde no devenga destrucción. En esa diferencia —sutil pero decisiva— puede jugarse algo del porvenir.

 

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