sábado 22 junio, 2024
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COLUMNA INVITADA

«EL VERDADERO NORTE»: Patriotismo para perdedores

En la era del resurgimiento de los nacionalismos exacerbados, este 1 de julio Canadá conmemoró 150 años de la unión de sus provincias en una confederación y lo hizo con un festejo sobrio, discreto y austero. Fue una celebración sin tanto derroche para una de las siete principales economías del mundo: actividades artísticas y conciertos coronados con fuegos artificiales.

No hubo estelas de luz que costaran 75 millones de dólares, erigiéndose como símbolo de la corrupción. El gasto más cuestionado por los canadienses fue la contratación del “pato de goma gigante”, escultura del diseñador alemán Florentjin Hofman, para lo cual se usó un fondo gubernamental de 120 mil dólares.

Las tiendas “LCBO” que expenden bebidas alcohólicas y que están bajo el control de la autoridad en Ontario, estuvieron cerradas con motivo del llamadoCanada Day”. Sin duda, una política que contrasta con lo que sucede el 15 de septiembre en México, fecha en la que más alcohol se vende que el resto el año.

Desde enero, los gobiernos federal y provinciales en Canadá promovieron una serie de esfuerzos encaminados a destacar valores como la libertad y la tolerancia, así como la promoción del patrimonio cultural y natural del país.

También ha sido un periodo de reflexión para entender que lo único que une a Canadá es el territorio y las diferencias entre su población. El país se confirma como multicultural y diverso, abierto a la migración. En este contexto, el Primer Ministro Justin Trudeau ha reiterado que defenderá en Washington o en Hamburgo que la migración no es una amenaza, sino que en el caso canadiense es su principal fortaleza.

Sin duda, el mayor pendiente que tiene este país es su reconciliación con los pueblos indígenas y la conmemoración de los 150 años de Canadá fue un retroceso en su intento por cambiar la narrativa histórica de su proceso de formación.

La presencia “real” del príncipe Carlos y su esposa Camila en los festejos, también hacen cuestionar las políticas progresistas del país, que no fue totalmente independiente de la corona británica sino hasta 1982. Su imagen simbólica entre los invitados especiales evoca otros tiempos.

Desde el punto de vista de un mexicano, la celebración canadiense puede ser calificada como desangelada. Pero bien lo dicen los propios canadienses, las glorias del país están en sus hospitales y en sus escuelas públicas que, a diferencia de los soldados, no participan en los desfiles.

Los canadienses se sienten orgullosos de no “tirar la casa por la ventana”, de no caer en los excesos como el resto del mundo y esto no significa que no amen a su tierra. La aman pero lo hacen en silencio y con sus acciones. A diferencia de lo que pasa en México o en América Latina, los canadienses no agitan las banderas o se envuelven en ellas, gritando el amor que sienten por su patria para después no soportar la convivencia con sus conciudadanos, evadir impuestos, tirar basura o transgredir todo tipo de ley o autoridad.

Como recientemente apuntó el escritor canadiense Stephen Marche en un artículo publicado en el New York Times: “En 2017 se ha hecho muy claro que el patriotismo es para los perdedores. El patriotismo es para la gente y para los países que necesitan justificar su existencia a través de símbolos más que de logros”.

Gabriel Ramírez, periodista mexicano en Canadá.

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