viernes 14 junio, 2024
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CONSULTORIO POLÍTICA DE LO COTIDIANO

«POLÍTICA DE LO COTIDIANO»: Lo que no esperaba de mi hija

Rocío acude a consulta con sus hijos Sergio, Patricia y Mariana de 19, 17 y 16 años. La familia ha sufrido cambios y presiones recientes porque han tenido que hacerse cargo de un abuelo enfermo.

En medio de lo que cada quien expresa desde su visión de esta crisis familiar, Mariana se anima a decir que su preocupación va por otro lado: “¿Cómo puedo explicarle a mi mamá que a mí me gustan las niñas?”. Mariana relata en qué tono han ido las conversaciones sobre el tema; su mamá le ha dicho cosas como: “Lo haces por moda”, “cómo puede ser si te gusta arreglarte tanto”, “prefiero pagarte una operación para que te vuelvas hombre”… La sesión termina con esta reflexión de Rocío: “A lo mejor soy ignorante, pero necesito que ella también me entienda a mí”.

Este es un drama más o menos cotidiano, lo estoy ejemplificando con una de las noticias más comunes que sacan a los padres/madres de su centro, de sus expectativas, cuando se enteran de que su hijo o hija no tiene la preferencia sexual socialmente asignada a su género. Pero esta ruptura de lo esperado no solo ocurre con este hecho, sino con tantas otras preferencias, características, o elecciones que los hijos van tomando por la vida.

Para muchos padres, los hijos son depositarios de grandes expectativas que en principio son los mejores deseos para que los seres que procrearon tengan una buena vida, feliz, y también pensando que pudiera ser mejor que la propia, que dispongan y aspiren a cosas que ellos mismos no tuvieron. Hasta ahí, deseos legítimos y comprensibles.

Pero también hay en parte de esas expectativas, la ilusión de cumplir justamente con lo que los propios padres no pudieron alcanzar, y en este punto a veces se deja de pensar en los hijos –inconscientemente– para concentrarse en la satisfacción de los propios padres.

Decía que ponía como ejemplo la preferencia sexual como una de las rupturas más fuertes de las expectativas, pero también esta ruptura ocurre si los hijos eligen una carrera “rara” para su propio contexto, si cambian de carrera, si se les dificultan los estudios, si no comparten los gustos o aficiones de los padres, o si de plano tienen un temperamento que desafía el ideal del hijo “angelical” que anhelaban.

Aclaro, justo porque no hablo solo de razones psicológicas sino de la Política de lo cotidiano, que en estas expectativas y todo lo que hacen los padres para que se cumplan (escuelas carísimas o por encima de lo que se puede pagar, clases especiales, terapias, consejos, porras, comparaciones, “inacabables rollos”, súplicas, amenazas, chantajes), también interviene la presión social de que los hijos son la calificación de los padres, y esto hace que hagan esos esfuerzos para evitar a toda costa el “fracaso personal” de que el hijo no sea como lo esperaban.

Desafortunadamente, el sistema dominante de crianza: escuelas, escuelas para padres, profesionales de la salud, la educación y los parientes que nunca faltan, despliegan esfuerzos para aparente y genuinamente ayudar a los hijos y a los padres en esa crianza, pero en algún sentido también se dirigen a cumplir las expectativas de los padres sin escuchar los deseos de los hijos. Muchos de los mencionados creen que eso no viene al caso porque suponen que los deseos de los hijos están equivocados y los que realmente saben lo que es bueno para ellos son los padres. Esta es una postura adultocéntrica y autoritaria.

Vuelvo al caso de Rocío y Mariana, la hija está librando una batalla por ser escuchada, entendida y respetada, cuando primero ha sido descalificada y ofendida. Pero reconozco en Rocío su necesidad de también ser entendida, como dijo. Ha sido educada y socializada por un sistema que dice que lo que espera-es. Que lo que espera de los hijos es lo que “debe ser” y si no ocurre, ella se convierte en un fracaso como madre y como persona.

En el camino de la construcción de una sociedad más respetuosa por la diversidad, hay que fomentar que cada persona desarrolle sus propios proyectos de vida para que de este modo, siendo adultos y/o padres, no sean calificados ni necesiten ser proyectados en sus hijos, construyendo así maternidades y paternidades respetuosas de la individualidad de los hijos.

Adriana Segovia. Socióloga por la UNAM y terapeuta familiar por el ILEF. 

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