viernes 14 junio, 2024
Mujer es Más –
EMPRENDER EL RELATO

«EL RELATO»: Escaras

Observé con atención. ¿Qué era lo que provocaba eso? Me quité las lágrimas que me nublaban la vista. Ya habría tiempo de llorar mi enésima desilusión. Lo que en ese momento era importante era rescatar el pasto.

Estaba parada en mitad del jardín reclamándole al cielo la nueva injusticia. Desalentada, bajé la vista y entonces noté la mancha amarilla bajo mis pies. Por más que regaba el pasto, había una zona, justo al centro, que lucía seca, casi quemada, como si el invierno nunca dejara de estar ahí.

El resto del jardín tenía un verde aceptable, combinación de esmeralda y limón que resaltaba aún más el amarillo viejo, crujiendo y quebrándose a mi paso.

Ignorante en asuntos de jardinería, me conecté a la red e ingresé a un foro de expertos en donde planteé mi problema. No tardaron en responder: era necesaria una escarificación.

Tendría que pasar un rastrillo que arrancara el césped muerto y dejara al descubierto el fieltro, una capa fina de unos dos centímetros de espesor formada por restos de raíces y hojas sueltas que se acumulaban bajo la hierba. El fieltro impedía que pasara el agua, el aire y el alimento para la tierra y, por si fuera poco, favorecía el desarrollo de hongos que todo pudrían.

“Se verá feo al principio, pero después, te sorprenderá lo lindo que va a lucir”, firmó un tal “Aventurero verde”.

Agradecí el consejo y en vez de dedicarme a llorar la más reciente despedida, tomé el rastrillo que jamás había utilizado, me puse unos pantalones y playera viejos, y comencé la labor.

El fieltro se aferraba con fuerza a la tierra, fue difícil arrancarlo, las manos ampolladas de por medio, la espalda pidiendo clemencia, pero lo logré.

Con la playera empapada en sudor, destapé una cerveza y me senté en una banca del jardín a admirar mi obra. La paja ya no estaba y el abono empezó a penetrar en la tierra, poco a poco, como una promesa.

Mi jardín era un espacio del que me enorgullecía pero al que en realidad nunca di mantenimiento. Había sobrevivido casi por sí solo. Nunca se venció, aun cuando me embriagada de tristeza o de ira, lo pisoteé sin remordimiento, o cuando, por desidia o pretextando ocupaciones más urgentes, dejé de regarlo con disciplina.

Vivió a pesar de todo. Era curioso que sólo el centro se hubiera podrido. El resto, estoico, se extendía mostrando toda la gama de verdes, como invitándome a reposar en él, con él.

Le pedí perdón y lo atravesé de puntillas para no lastimarlo.

Me bañé con la paz que da el haber reparado un daño. Quité el vapor del espejo y miré mi cara, como el pasto, reseca aun cuando ya por años le untaba esas cremas carísimas que prometían juventud eterna. El cuello y las manos también se mostraban indiferentes a cuanto tratamiento de hidratación hubiera probado.

No era una novedad. Mi cuerpo, desde años atrás, venía pidiendo clemencia y yo, como al césped, lo regaba de a poco, un día sí y otro no, con caricias pasajeras, algunos lengüetazos furtivos y violentos, fluidos precoces y alguno que otro abrazo que pareció fijarse para siempre en la piel.

Nada permaneció y yo, de vez en cuando arremetí contra él por esa sed insaciable, ignorándolo, o en franca venganza, ahogándolo en tinto y cebada hasta adormecerlo, hasta que ya no hubiera más demandas. Pero seguía vivo.

En medio de la nube de vapor, sentí frío. Detuve el movimiento y me observé con atención. ¿Qué era lo que provocaba eso? Miré mi reflejo y de pronto me vi totalmente envejecida, como si en esos segundos cada arruga hubiera adquirido mayor profundidad, como si la piel, vencida, cayera sin sostén alguno.

Fue cuando vi mis pupilas, que identifiqué la zona dañada. Era por dentro, al centro del pecho en donde se había formado el fieltro de raíces ya rotas, acumulación de fracasos que impedían que el aire circulara, respiración cada vez menos profunda, zozobra, suspiros cortados. Ojos de luz negra, reflejando un interior muerto.

Ya no consulté foros. Comencé la escarificación. Dolía. Era difícil la tarea porque la podredumbre se aferraba tensando la piel. Tiré el rastrillo y fui por la navaja. Ni siquiera llegué al centímetro de superficie. El dolor era inmenso. Miré la espantosa apertura al centro del pecho, marcándome para siempre.

Me senté sobre el escusado a admirar mi obra y lloré y lloré, hasta que sentí mi propio perdón penetrando hasta el fondo. “Se verá feo al principio, pero después, te sorprenderá lo lindo que va a lucir”, recordé y entonces supe que viviría de nuevo.

Diana Teresa Pérez. Impulsiva, incoherente, terca, insomne. Recuerda que nació en el antes DF, hoy Ciudad de México (aunque siempre está perdida). Cree que la comunicación es fundamental para crear, recrear y dejar testimonio del paso del ser humano en este mundo. Ha trabajado para los periódicos Crónica y Excélsior y para la revista Expansión. Ha publicado varios cuentos en revistas y antologías literarias. Actualmente imparte talleres de escritura autobiográfica. *Ilustración: Chepe.  

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