viernes 14 junio, 2024
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ARTE

«TENGO ALGO QUE DECIRTE»: La loca

Para su visión machista del mundo, yo sólo era una niña que había llegado como “pilón”. 

¿Cómo olvidar el primer beso? Fue emocionante. Era tan niña que no sabía que se podía jugar con la lengua y sentir el hormigueo en mi estómago. ¿Cómo olvidarlo si se publicó en la secundaria? No existía internet ni sus redes sociales. En ese tiempo, y no hace mucho de ello, el chisme era lo cotidiano; había quienes se dedicaban a ello profesionalmente para lastimar a otros. No sé si ese beso se entendió como un acto de heroísmo y rebeldía o si gracias a él, se me etiquetó como una cualquiera. Él era un valiente, yo una tonta por haberlo hecho. No me importó. Me había gustado. Era mi novio y lo que quería era vivir mi vida loca sin hacer caso a estupideces de aquellos que lo envidiaban.

 

Tres veces me echaron de la escuela. Una fue por pedir a los compañeros una contribución monetaria a cambio de cortarle un mechón al único pelirrojo de la escuela, otra por haberme peleado con un profesor y la última y definitiva, por vender naranjas congeladas inyectadas de vodka en el baño de mujeres. Iba y volvía a la escuela pues mi padre había sido uno de sus fundadores. Y si volvía a lo mismo, era para hacerme notar, para que mi padre supiera que existía ya que para su visión machista del mundo, sólo era una niña que había llegado como pilón.

 

Mi novio de secundaria se fue. No supe a dónde.

 

Tuve que terminar la prepa en otra escuela. Me enamoré varias veces y me casé dos. Me dediqué a pintar. Tuve a una bella hija que me trajo mucha alegría. Me fui a España con ella y volví dejando todo atrás cuando me di cuenta que mi marido me engañaba y abusaba de mi confianza. Volví a casa de mis padres con mi hija de 10 añitos, sin maletas y dejando mis pinturas al otro lado del mundo.

 

Empezar de nuevo. Refugiada en la casa de mi madre y con solvencia económica que mi padre me dejó cuando murió.

 

Hace 10 años, en una reunión de aquellos que habíamos estado en la primaria juntos, volví a ver a mi chaparrito de secundaria. Mi primer novio que ahora era hombre separado, su esposa en Estados Unidos con su hijo y él viviendo en casa de su madre. Otro refugiado.

 

Empezamos a salir, a vivir medio juntos, a viajar mucho y pasaron los años… La vida social era intensa y con ella, el alcohol, los cigarros y la promesa de matrimonio.  

 

Sin darme cuenta, el vodka se convirtió en el agua que se necesita diariamente para poder vivir. Él me compraba las botellas y conforme lo hacía, iba adentrándose poco a poco en lo más íntimo de mi historia, justificando hacerse cargo de mis cuentas bancarias. Bajo el atontamiento de las copas diarias, confiaba en él y no dudaba estar haciendo lo correcto.

 

Cuando a mi madre le diagnosticaron cáncer, mi mundo empezó a caerse. Aproveché cada minuto con ella hasta que decidió volar. Mi único refugio fue comprar en cualquier esquina esa agüita que me hacía daño. Físicamente, mi cuerpo empezaba a fallar. Mi vida no tenía sentido pero eso sí, ahí estaba él, ayudando a mantenerme tranquila con el vodka en la mano y vivir un duelo que cada vez era peor.

 

Un día inesperado, apareció en casa con mi hermano y mi cuñada, y en un proceso de intervención, doblé mis manos pues no tenía otra opción y me llevaron a una clínica de rehabilitación fuera de la ciudad. Estuve mes y medio ahí encerrada en cuartos blancos y fríos, con crisis nerviosas, sudores continuos, medicamentos y terapias. Mi hermano no falló ni un día de visita. Él nunca llegó.

 

El tratamiento fue efectivo, condicionado a que debía aceptarme como una persona enferma de alcoholismo y a continuar trabajando en grupos de apoyo. El día que salí, fue la primera vez que lo vi en meses. Me llevó a casa. Por un momento me sentí apoyada. Íbamos a terapias juntos. Iba a mis sesiones de apoyo en la iglesia. No olía el alcohol ni en los pasteles envinados.

 

Decidió instalarse en mi casa. Finalmente viviríamos juntos. Ese sueño de toda la vida se me cumpliría. Pero un día en terapia, dijo que éramos roommates (compañeros de casa), que el anillo que alguna vez me dio, fue para calmarme y que nunca se casaría conmigo. ¿Roommates? No lo podía creer.

 

Le pido entonces que pague la mitad de renta y de los gastos de la casa, y por no hacerlo ya que no tenía con qué, metió sus pocas cosas en cajas, se despidió de los perros y gatos y se fue en una total “operación escape” frente a mis ojos.

 

En este proceso de renacer, me apoyé en mi familia, en mis pocos amigos de vida y en mi grupo de apoyo. Me sentía protegida y con todo el ánimo de volver a vivir.

 

Poco tiempo después, me envió un mensaje pidiéndome que le pagara una cantidad enorme de dinero que él gastó en mí en momentos que “no me daba cuenta por estar borracha”. No tenía comprobante alguno de nada. En cambio, revisé mis cuentas bancarias y durante mi estancia en el hospital, todo mi dinero ahorrado desapareció. También se había encargado en anunciar a todos nuestros conocidos que era una loca, enferma, alcohólica, malagradecida y él, la pobre víctima que sufrió mucho por ayudarme a salir adelante.

 

El alcohol duele y más hace daño quien te invita la botella para sacar provecho de las circunstancias. Lo amaba. Soñaba con nuestra boda. Una historia de amor maravillosa que inició con un beso en la secundaria. Pero no fue así. Me robó y se aprovechó de mi vulnerabilidad. Soy alcohólica. No bebo más. Me llaman loca. No me importa. Bien dice Pablo Neruda que “hay un cierto placer en la locura que sólo un loco conoce”. Hoy vivo rodeada de mis perros y gatos, en mi única casa, donde vuelvo a mis pinceles y óleos esperando pronto exponer lo que siento. Digan lo que digan, no volveré a confiar mi corazón a nadie. 

 

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Estudios de Sociología en la UNAM y la Universidad Complutense de Madrid, España. Licenciatura en Lengua y Literatura Inglesa, UNAM. Maestría en Educación con especialidad en Educación a Distancia, Universidad de Athabasca, Canadá.

 

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