viernes 14 junio, 2024
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COLUMNA INVITADA

«DESDE WASHINGTON»: A la hora señalada (El Ascenso de Donald Trump)

La esperanza es que las amenazas de Trump no sean más que un recurso retórico. 

“Nublado con posibilidad de lluvia”, así amaneció el tiempo en Washington, un pronóstico análogo al ánimo de los residentes de esta ciudad que votó en un 90% en contra de quien hoy se convierte en el cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos.

 

Hasta las 11: 59 AM de este viernes 20 de enero del 2017, Barack Obama fue el mandatario de la nación más poderosa del mundo; exactamente un minuto después asumió el cargo Donald Trump.

 

Todos contuvimos el aliento y el momento se vivió como en la película High Noon (A la Hora Señalada), clásico Western dirigido por Fred Zinnemann en 1952. El estado de ánimo nublado prevaleció no sólo en la capital estadounidense, sino en el resto del país, a juzgar por las encuestas que señalan que el índice de aprobación de Trump es el más bajo de la historia para un presidente entrante, entre 35 y 40%.

 

Con el ánimo de quien espera los resultados de sus análisis después de que una radiografía revele una mancha en el pulmón (Bill Maher dixit). Y es que, al margen de varias actividades que se van a realizar hoy, hay un detalle que es finalmente el único que importa, el elefante blanco en la habitación: hoy, Donald Trump tiene en sus manos el llamado bísquet, como se le llama a la tableta con los códigos nucleares. Es ahí donde se acaba la discusión, donde se agota todo argumento para negociar, moderar, discutir… y Trump lo sabe. 

 

A partir de hoy, Trump tendrá acceso directo al (simbólico) botón rojo. Trump, quien ha dicho abiertamente que ¿de qué sirve tener armas nucleares si no se van a usar? La esperanza es que la amenaza no sea más que un recurso retórico, como dicen, lo utilizaba el presidente Richard Nixon.

 

A pesar de que hay señales más inquietantes con respecto al carácter impulsivo de Trump que el de su predecesor, hay también otras que nos deberían dar cierta tranquilidad. La primera es la muy saludable autoestima de Trump que, sería lógico suponer, incluye un instinto de auto-preservación. La segunda, y quizás más importante, que a diferencia de Nixon (y de la mayoría de los tiranos), Trump tiene por lo menos un buen sentido del humor.

 

Los dictadores se dan en todas formas y tamaños, pero hay un factor indiscutiblemente que los iguala: se toman demasiado en serio, tienen un sentido solemne de su propia importancia. Esa mezcla de factores que nos podría dar el último resquicio de tranquilidad, quedó expresada curiosamente en un incidente también relacionado con el estado del tiempo.

 

Ante el pronóstico de lluvia que se esperaba para el momento de su investidura, Trump se dijo despreocupado de que “le caiga agua a su desfile” porque así todos se podrán dar cuenta que su cabellera es efectivamente real y no un tupé. Ahí, en esa frase están las dos características que no sólo pintan a Trump de cuerpo entero, sino que parecen incompatibles con alguna proclividad a la autodestrucción: ego y sentido del humor

 

 

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