SA RIBA DE LA VALL Vivir la patria - Mujer es Más -

SA RIBA DE LA VALL Vivir la patria

Por. María del Socorro Pensado Casanova

X: @mariaaspc
IG: @pcasanovams

 

“Todo el Valle de México de colores se cubre y hay en su poesía de otoñal primavera 
un largo sentimiento de esperanza que espera.”
Carlos Pellicer, Discurso por las flores, Ciudad de México, 1946.

 

“Solo en México pasan estas cosas”, frase que escuchamos cada vez que algo no funciona como debería. Aparece frente a un trámite complicado, una noticia que indigna, una decisión que resulta difícil comprender o cualquier experiencia que provoca frustración. 

A lo largo de los años me ha ocurrido algo curioso. Hablar bien de México y defender a mi país me ha llevado a enfrentar opiniones completamente contrarias. En algunas conversaciones, expresar el orgullo que siento por ser mexicana parece interpretarse como una manera de ignorar sus problemas o minimizar aquello que todavía necesita cambiar. 

Sin embargo, decirlo no supone pensar que vivo en un país perfecto. Tampoco desconocer la violencia, la desigualdad, la discriminación o las dificultades que millones de personas enfrentamos para ejercer plenamente nuestros derechos. Buena parte de mi trabajo lo dedico precisamente en estudiar algunas de esas problemáticas y defender la necesidad de transformarlas. Y conocer aquello que duele no me ha hecho querer menos a México.

Tal vez porque querer a un país también significa querer que sea mejor. La patria también se vive.

¿Cómo, dónde y cuándo? La patria remite a la historia, al territorio, a las instituciones y a todo aquello que reconocemos como parte de un país. Pero también puede encontrarse en espacios más pequeños. En una calle que conocemos de memoria, una comida que inmediatamente reconocemos como nuestra, determinadas palabras, una canción, una sobremesa, una universidad, un mercado o la manera particular en que una ciudad despierta cada mañana.

Por eso me resulta imposible reducir a México únicamente a aquello que no funciona. Los problemas existen y nombrarlos resulta indispensable. Una sociedad democrática necesita crítica, cuestionamientos y personas dispuestas a exigir mejores instituciones. Hablar bien del país no debería significar guardar silencio frente a sus injusticias, de la misma manera que señalarlas no tendría por qué conducir a pensar que todo está perdido. Entre idealizar y despreciar existe una enorme diferencia. 

México también está en aquello que sucede diariamente sin convertirse en noticia. En las personas que trabajamos, estudiamos, cuidamos, enseñamos, investigamos, emprendemos y creemos. En quien abre un negocio cada mañana, atiende a una persona enferma, prepara alimentos, imparte una clase o dedica parte de su tiempo a acompañar a alguien más. Ninguna de esas escenas elimina nuestros problemas, pero todas forman parte del país que habitamos. Y pensar en la patria también debe llevarnos inevitablemente a pensar en aquello que compartimos.

Vivimos un momento en el que las diferencias pueden convertirse rápidamente en distancias. Existen desacuerdos políticos, sociales y generacionales, maneras distintas de comprender los problemas e incluso ideas opuestas sobre el rumbo que debería seguir el país. Nada de ello tendría que impedirnos reconocer que seguimos compartiendo un espacio común porque la unidad no consiste en pensar igual.

Tampoco debería servir para decidir quién quiere más a México, quién pertenece más o quién tiene derecho a definir lo que significa ser mexicana o mexicano. Una patria democrática tiene espacio para el desacuerdo, para la opinión y para distintas formas de pertenencia. Podemos mirar el mismo país desde lugares diferentes y continuar reconociéndolo como nuestro.

Esa posibilidad adquiere todavía mayor importancia cuando recordamos la diversidad que existe dentro de México. No tenemos una sola historia familiar, una lengua única, las mismas costumbres ni una experiencia idéntica del territorio. Las diferencias que nos atraviesan no disminuyen aquello que nos relacionan. Forman parte de ello.

Quizá por eso mi orgullo de ser mexicana jamás ha dependido de pensar que México es perfecto. Nace de reconocer a mi país inmenso, complejo y diverso que puede ser admirado y cuestionado al mismo tiempo. Un país cuya historia me pertenece, cuyas dificultades me preocupan y cuyo futuro también me importa.

Ahí mi respuesta de vivir la patria en pleno otoño de 2026. Poder señalar aquello que debemos transformar sin perder de vista todo aquello que merece ser cuidado, reconocido y compartido.

Porque querer a México no impide mirar sus problemas. Y reconocerlos tampoco da razones suficientes para dejar de sentir honor y gozo profundo de ser mexicanos. 

 

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