“A través de la fina membrana puede distinguirse ya al reptil perfectamente
formado.” Ingmar Bergman, El huevo de la serpiente (1977)
Por. Boris Berenzon Gorn
X: @bberenzon
¿Cuánto odio necesita una sociedad antes de descubrir que el odiado era solamente el pretexto? Lo verdaderamente inquietante del odio no es que grite. Es que aprende a conversar. Se sienta a la mesa, participa en la sobremesa, hace bromas, inventa apodos, circula como meme, se disfraza de estadística, adquiere vocabulario académico, se presenta como indignación moral y, finalmente, consigue algo mucho más importante que convencer: consigue acostumbrarnos. Entonces ocurre una pequeña catástrofe lingüística. Dejamos de escuchar la violencia de ciertas palabras porque se han vuelto paisaje. Ahí comienza el problema.
La metáfora del huevo de la serpiente conserva precisamente por eso una extraordinaria potencia. Ingmar Bergman la convirtió en una imagen inolvidable en su película El huevo de la serpiente (The Serpent’s Egg, 1977), situada en el Berlín de 1923, durante los años convulsos de la República de Weimar. En una sociedad golpeada por la inflación, la incertidumbre, la violencia política y el deterioro de los vínculos cotidianos, Bergman observa algo más inquietante que el nazismo ya constituido: observa las condiciones humanas que pueden hacerlo imaginable. El título remite a una frase de Julio César, de Shakespeare: hay que mirar a la serpiente cuando todavía está dentro del huevo, porque después su naturaleza será reconocible demasiado tarde.
Ésa es justamente la perturbación que interesa recuperar. El peligro no comienza cuando la serpiente enseña los colmillos, sino cuando todavía podemos confundir el huevo con algo inocente. Cuando la violencia ya desfila uniformada, quema libros, señala casas o persigue cuerpos, resulta relativamente sencillo reconocerla. Lo difícil es advertirla antes: cuando todavía es una broma, un prejuicio compartido, una humillación tolerada, una mentira repetida, una palabra que pierde poco a poco su capacidad de escandalizarnos.
Bergman comprendió algo esencial: las catástrofes históricas también tienen infancia. No nacen adultas. Las sociedades incuban. Incuban resentimientos, humillaciones, prejuicios, miedos, derrotas, fantasías de grandeza, frustraciones económicas y nostalgias de un pasado que quizá nunca existió. El huevo de la serpiente es, entonces, mucho más que una metáfora del fascismo: es una pregunta sobre nuestra capacidad para reconocer el odio mientras todavía está aprendiendo a hablar.
Incuban resentimientos, humillaciones, prejuicios, miedos, derrotas, fantasías de grandeza, frustraciones económicas, nostalgias de un pasado que quizá nunca existió. Durante años todo ello puede permanecer disperso. Hasta que alguien descubre que esas emociones pueden organizarse alrededor de una palabra extraordinariamente eficaz: ellos. Ellos tienen la culpa. La historia conoce bien esa gramática. Antes de la persecución aparece la clasificación. Antes de la violencia, la caricatura. Antes de expulsar a alguien de la comunidad moral hay que conseguir que deje de parecernos completamente humano.
No significa que todo insulto conduzca inevitablemente a una atrocidad. La historia no funciona mediante automatismos. Pero conocemos episodios en los que la deshumanización preparó el terreno para violencias enormes. La propaganda antisemita precedió y acompañó al Holocausto; en Ruanda, la propaganda extremista convirtió a los tutsis en una presencia presentada como contaminante y exterminable; en Myanmar, investigaciones internacionales documentaron campañas de odio y desinformación contra la población rohinyá antes y durante graves violaciones de derechos humanos.
El mecanismo resulta perturbadoramente parecido, aunque cambien las víctimas. Primero se exagera una diferencia. Después se convierte esa diferencia en defecto. El defecto se transforma en amenaza. Y la amenaza acaba funcionando como autorización. Lo terrible comienza mucho antes del crimen. Comienza cuando una sociedad modifica silenciosamente su pronombre: algunos dejan de pertenecer al nosotros. Pero ¿por qué funciona? Aquí el psicoanálisis puede decir algo que las estadísticas difícilmente alcanzan a mostrar. No porque pueda diagnosticar sociedades como si una nación se recostara en un diván, sino porque permite observar ciertos mecanismos mediante los cuales los seres humanos administramos aquello que no soportamos reconocer en nosotros mismos.
Uno de ellos es la proyección. El sujeto coloca afuera aquello que le resulta intolerable adentro. La agresividad siempre pertenece al otro. La corrupción es del otro. La decadencia viene del otro. La amenaza es el otro. El fracaso tiene rostro extranjero. Una sociedad puede hacer algo semejante cuando construye un grupo sobre el cual deposita sus contradicciones. Los análisis psicoanalíticos sobre conflictos colectivos han estudiado precisamente los procesos de escisión, proyección e identificación mediante los cuales una comunidad deposita aspectos temidos o repudiados de sí misma en otra. El enemigo cumple entonces una función psicológica extraordinaria: simplifica. Gracias a él, una realidad insoportablemente complicada recupera una explicación. ¿Por qué no tengo empleo? Ellos. ¿Por qué tengo miedo? Ellos. ¿Por qué mi mundo ya no se parece al de mis padres? Ellos. ¿Por qué mi país no es el país que imaginaba? Ellos. El odio ofrece una respuesta de una sílaba para problemas que necesitarían bibliotecas enteras. Ahí radica parte de su seducción. No necesitamos demostrar que el enemigo imaginado sea responsable de nuestras desgracias. Basta con que resulte psicológicamente útil que lo sea. El odio es, entre otras cosas, una economía del pensamiento. Pensar exige soportar contradicciones. Odiar permite cancelarlas.
Y acaso por ello los periodos de incertidumbre son especialmente fértiles para la fabricación de enemigos. Cuando las identidades se sienten amenazadas, las fronteras culturales se mueven, la economía produce inseguridad o las instituciones pierden credibilidad, aumenta la tentación de buscar una causa humana, visible y castigable para aquello que en realidad proviene de procesos impersonales y complejos. La angustia quiere domicilio. El discurso de odio se lo proporciona. El extranjero, el migrante, el indígena, el judío, el musulmán, el negro, el homosexual, la mujer que rompe un mandato tradicional, el pobre, el rico, el intelectual, el campesino, el habitante de determinada región, el adversario político: cada época confecciona sus propios recipientes para depositar aquello que no consigue elaborar. No todos esos antagonismos son equivalentes ni tienen la misma historia. Confundirlos sería borrar diferencias fundamentales. Pero comparten a veces una operación: transformar personas concretas en abstracciones amenazantes. Ya no vemos a alguien. Vemos una categoría. Y las categorías no tienen hijos, miedo, insomnio, recuerdos, madre ni fotografía de infancia. Por eso deshumanizar facilita odiar.
América Latina conoce demasiado bien esta operación. La región arrastra largas historias de jerarquización racial, colonialismo, desigualdad, exclusión de pueblos indígenas y afrodescendientes, misoginia, xenofobia y estigmatización de las disidencias sexuales. La CIDH ha advertido un deterioro del debate público en distintos países de las Américas, con expresiones de odio, discriminación e intolerancia dirigidas contra grupos históricamente marginados. Pero existe una particularidad latinoamericana que merece atención: aquí el desprecio no siempre necesita gritar. Puede expresarse mediante diminutivos. Mediante chistes. Mediante acentos imitados. Mediante la sospecha de que alguien “no parece de aquí”. Mediante la antigua costumbre de convertir el color de piel, el apellido, el barrio, la manera de hablar o la procedencia social en información sobre el supuesto valor de una persona.
México tampoco está vacunado contra esa enfermedad. La Encuesta Nacional sobre Discriminación documenta prejuicios y experiencias discriminatorias vinculadas, entre otras condiciones, con pertenencia indígena o afrodescendiente, discapacidad, religión, edad, condición migratoria y otros rasgos identitarios. Un dato aparentemente doméstico resulta revelador: en 2022, 18.9 por ciento de las personas adultas declaró que no rentaría una habitación de su casa a una persona indígena. El dato importa porque el odio rara vez comienza proclamando exterminios. Puede comenzar decidiendo quién merece entrar a nuestra casa. Quién merece casarse con nuestros hijos. Quién debería vivir en nuestro barrio. Quién tiene derecho a hablar. Quién es “verdaderamente” mexicano. La exclusión política suele ensayarse primero en el laboratorio de la vida cotidiana.
México posee además historias específicas de antisemitismo, racismo, clasismo y xenofobia que han circulado por la prensa, el discurso público y, posteriormente, las redes digitales. Investigaciones académicas han reconstruido, por ejemplo, la presencia histórica de discursos antisemitas vinculados con prejuicios migratorios, nacionalistas y raciales. CONAPRED lleva años estudiando también los mensajes discriminatorios y de odio en redes sociales.
Lo nuevo, por tanto, no es el odio. Lo nuevo es su velocidad. Durante siglos el prejuicio necesitó púlpitos, periódicos, rumores, mítines o radios. Hoy cabe en un teléfono y puede recorrer un continente mientras esperamos el elevador. Además, ha ocurrido algo culturalmente decisivo: el odio se volvió medible. Tiene clics. Tiene vistas. Tiene seguidores. Tiene interacción. Tiene rentabilidad. Una frase razonable difícilmente provoca la misma reacción que una injuria. La moderación pocas veces se vuelve viral. La duda carece de espectacularidad. El matiz es un pésimo influencer. UNESCO y Naciones Unidas han señalado los riesgos de ecosistemas digitales donde la desinformación, la polarización y los contenidos de odio pueden amplificarse, al tiempo que advierten que cualquier respuesta debe preservar la libertad de expresión. Ese equilibrio es fundamental. Porque también debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿quién decide qué es odio? No toda expresión ofensiva constituye jurídicamente discurso de odio. No toda crítica feroz debe prohibirse. No toda blasfemia, irreverencia, sátira o provocación puede confundirse con incitación a la violencia. Naciones Unidas reconoce que no existe una definición jurídica universal única y que el problema se encuentra precisamente en una frontera delicada entre protección contra la discriminación y defensa de la libertad de expresión.
La pregunta verdaderamente inquietante no es si existen serpientes. Siempre han existido. La pregunta es otra: ¿qué temperatura social necesita un huevo para empezar a incubarse? Y una todavía más incómoda: ¿cuánto calor estamos poniendo nosotros?
Manchamanteles
Una democracia que pretendiera eliminar todo lenguaje incómodo terminaría eliminando algo de la democracia. Pero una sociedad que confunda libertad con derecho ilimitado a deshumanizar al vecino termina destruyendo las condiciones culturales que hacen posible esa misma libertad. Ésa es la paradoja. ¿Cómo defender la palabra sin convertirla en arma? ¿Cómo combatir el odio sin crear policías del pensamiento? ¿Cómo distinguir entre la crítica a una religión y el desprecio hacia quienes la practican; entre debatir a un gobierno y responsabilizar colectivamente a una población; entre discutir una política migratoria y convertir al migrante en una amenaza biológica, moral o racial? Son preguntas más útiles que la censura automática.
Narciso el obsceno
El narcisismo colectivo fabrica inocencias monumentales. El odio no sólo habla del objeto odiado. Habla, sobre todo, de quien necesita odiarlo.