México después del T-MEC: la competitividad no termina en 2036 - Mujer es Más -

México después del T-MEC: la competitividad no termina en 2036

Por. Patricia López Rodríguez*

Durante las últimas semanas, una noticia ha generado incertidumbre en los mercados y en la discusión pública de América del Norte. Estados Unidos decidió no extender automáticamente por otros 16 años la vigencia del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), activando el mecanismo previsto en el propio acuerdo mediante revisiones anuales hasta su vencimiento, el 1 de julio de 2036. La decisión, anunciada por la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR), no implica la desaparición inmediata del tratado, pero sí inaugura una etapa de negociación permanente e incertidumbre política.

La reacción inicial fue predecible: advertencias sobre una posible salida de inversiones, riesgos para las cadenas de suministro y el eventual fin de la integración económica norteamericana. Sin embargo, conviene preguntarse si el debate está concentrándose en el lugar equivocado. La verdadera pregunta no es si el T-MEC será renovado exactamente bajo las mismas condiciones, sino si México seguirá siendo competitivo independientemente del formato institucional que adopte el acuerdo.

Mi respuesta es sí.

La historia económica de México demuestra que su integración con Estados Unidos no comenzó con el T-MEC, ni siquiera con el TLCAN. Se trata de una integración productiva que ha evolucionado durante más de tres décadas y que responde a factores estructurales mucho más profundos que un tratado comercial.

Cuando George H. W. Bush impulsó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) a principios de los años noventa, el objetivo era construir una región económicamente integrada capaz de competir con Europa y Asia. El acuerdo transformó por completo la estructura exportadora mexicana. Miles de empresas comenzaron a participar en cadenas regionales de valor, particularmente en las industrias automotriz, aeroespacial, electrónica, de dispositivos médicos y manufacturas avanzadas.

Posteriormente, el propio gobierno estadounidense impulsó la modernización del acuerdo. El resultado fue el T-MEC, firmado en 2018 y vigente desde 2020, incorporando reglas sobre comercio digital, propiedad intelectual, mecanismos laborales y nuevas reglas de origen. Es decir, el tratado actualmente vigente fue diseñado bajo liderazgo estadounidense precisamente para fortalecer la competitividad regional frente a China y otras economías emergentes.

Por ello resulta paradójico que hoy sea Estados Unidos quien decida no otorgar una renovación automática.
Sin embargo, es importante entender correctamente lo ocurrido.

Estados Unidos no denunció el tratado ni abandonó sus compromisos comerciales. Lo que decidió fue activar el mecanismo previsto en el artículo de revisión del propio acuerdo, lo que implica revisiones anuales hasta 2036 mientras continúan las negociaciones para una posible actualización. Durante este periodo, todas las preferencias arancelarias, reglas comerciales y obligaciones jurídicas permanecen plenamente vigentes. El comercio continúa exactamente bajo las mismas reglas mientras duren las negociaciones.

En otras palabras, el escenario actual no representa un “fin del T-MEC”, sino un proceso prolongado de renegociación.

Naturalmente, esta situación genera incertidumbre.

La inversión privada, particularmente la inversión extranjera directa, valora la certidumbre institucional. Cuando las reglas futuras son inciertas, algunos proyectos pueden posponerse mientras las empresas esperan conocer el desenlace de las negociaciones. Diversos analistas han señalado precisamente este riesgo: la principal consecuencia económica no sería un colapso del comercio, sino el retraso de nuevas inversiones que podrían dirigirse temporalmente hacia otras regiones del mundo.

No obstante, tampoco conviene exagerar los efectos.

Los mercados financieros reaccionaron con relativa calma. El tipo de cambio mostró estabilidad y los mercados bursátiles evitaron movimientos abruptos porque buena parte de esta decisión ya había sido anticipada por inversionistas y analistas durante los últimos meses. La incertidumbre política ya estaba incorporada en las expectativas.

Este comportamiento ofrece una señal importante.

Los inversionistas distinguen entre incertidumbre política e incertidumbre económica.

La primera puede cambiar rápidamente con un proceso de negociación; la segunda depende de elementos mucho más difíciles de modificar.

Y es precisamente ahí donde México conserva ventajas competitivas difíciles de reemplazar.

La primera es la geografía.

Ningún tratado puede modificar el hecho de que México comparte más de tres mil kilómetros de frontera con la mayor economía del mundo. La proximidad reduce tiempos de transporte, disminuye costos logísticos y facilita cadenas productivas altamente integradas. En un contexto donde las empresas buscan reducir riesgos geopolíticos y acercar su producción a los mercados finales, esta ventaja adquiere todavía mayor relevancia.

La segunda ventaja es la integración industrial.

Durante más de treinta años se construyó una red de proveedores, infraestructura logística, capacidades manufactureras y capital humano especializado que difícilmente puede trasladarse de manera inmediata hacia otro país. Las cadenas automotrices, electrónicas y de manufactura avanzada funcionan como sistemas profundamente interdependientes, donde componentes cruzan varias veces la frontera antes de convertirse en un producto final.

Deshacer esa integración tendría costos enormes no solamente para México, sino también para empresas estadounidenses.

No es casualidad que incluso numerosos sectores industriales de Estados Unidos hayan manifestado su interés en preservar la integración regional. La competitividad norteamericana frente a Asia depende, en buena medida, de mantener estas cadenas de valor.

La tercera ventaja es el fenómeno conocido como nearshoring.

Las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, los problemas logísticos observados durante la pandemia y la creciente importancia de la seguridad económica han llevado a muchas empresas multinacionales a reconsiderar la ubicación de sus plantas de producción.

México continúa siendo uno de los principales beneficiarios potenciales de esta reorganización global.
Incluso si el T-MEC experimenta modificaciones importantes, la lógica económica del nearshoring permanece vigente: producir cerca del mercado estadounidense seguirá siendo más eficiente que depender exclusivamente de cadenas transoceánicas.

Por supuesto, confiar únicamente en estas ventajas sería un error.

La competitividad no es un activo permanente; debe construirse todos los días.

La revisión del T-MEC también representa una oportunidad para que México fortalezca aquellos factores internos que históricamente han limitado su potencial.

Esto implica mejorar la certeza jurídica para la inversión, fortalecer el Estado de derecho, reducir costos regulatorios, ampliar la infraestructura logística, incrementar la inversión en innovación, desarrollar talento especializado y acelerar la transición hacia industrias de mayor contenido tecnológico.

También exige diversificar mercados.

Durante décadas, la enorme integración con Estados Unidos ha sido una fortaleza, pero también una fuente de dependencia. Aprovechar con mayor intensidad los acuerdos comerciales con Europa, Asia y América Latina permitiría reducir vulnerabilidades sin abandonar el mercado estadounidense.

La discusión actual tampoco debe interpretarse como un conflicto exclusivamente comercial.

Estados Unidos ha dejado claro que su nueva estrategia incorpora elementos de seguridad económica, revisión de inversiones vinculadas con economías de no mercado, fortalecimiento de reglas de origen, mecanismos laborales y protección de sectores estratégicos. En consecuencia, las futuras negociaciones probablemente trasciendan el comercio tradicional para incorporar dimensiones industriales, tecnológicas y geopolíticas mucho más amplias.

México deberá adaptarse a esta nueva realidad.

Pero adaptación no significa resignación.

Con frecuencia, el debate público mexicano oscila entre dos extremos: el optimismo ingenuo y el pesimismo permanente. Frente a cualquier tensión comercial aparecen pronósticos que anuncian crisis inminentes, fuga masiva de inversiones o el colapso del modelo exportador.

La evidencia muestra un panorama más complejo.

La integración económica de América del Norte responde a incentivos productivos reales, no únicamente a decisiones políticas. Las empresas invierten donde existen ventajas logísticas, costos competitivos, proveedores especializados y acceso eficiente a los mercados. Esas condiciones no desaparecen porque una cláusula de renovación automática haya sido sustituida por revisiones anuales.

La historia económica demuestra que los tratados comerciales son instrumentos para facilitar relaciones económicas; no las crean por sí solos.

El futuro del T-MEC importa.

Pero el futuro de la competitividad mexicana depende todavía más de las decisiones que el propio país tome durante los próximos años.

Si México logra fortalecer sus instituciones, aprovechar el nearshoring, invertir en infraestructura, desarrollar capital humano e impulsar innovación, seguirá siendo un socio indispensable para América del Norte con o sin una renovación automática del tratado.

El reloj hacia 2036 ya comenzó.

La verdadera cuenta regresiva, sin embargo, no es la del T-MEC.

Es la del tiempo que México tiene para demostrar que su competitividad descansa menos en la existencia de un acuerdo comercial y mucho más en la capacidad de construir una economía moderna, productiva y resiliente.

En ese sentido, la decisión de Estados Unidos no debe entenderse como el principio del fin de la integración norteamericana, sino como el inicio de una nueva etapa. Una etapa en la que México tendrá la oportunidad de demostrar que su lugar en la economía mundial no depende únicamente de un tratado, sino de las fortalezas que ha construido durante más de tres décadas de integración económica.


*Profesora del Tec de Monterrey de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno, Región Ciudad de México. paty_loro@tec.mx

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