Por. Ernesto Zavaleta
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Por momentos pareció un informe de gobierno, en otros, un mensaje a Washington. Y, quizá los más importante, un discurso dirigido hacia adentro de Morena.
Tal como lo comentamos en este espacio, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, se olvidó de la mayoría de los mexicanos y se avocó a defender a quienes son reclamados por la justicia estadounidense.
Fue más allá que en las mañaneras, no sólo no hizo mención sobre qué hacer para mejorar la seguridad, la salud, la educación, la economía de más de 130 millones de mexicanos, sino que además los llamó a defender la soberanía protegiendo a los extraditables.
La presidenta Claudia Sheinbaum eligió el Monumento a la Revolución para conmemorar el segundo aniversario de su victoria electoral, no fue una fecha cualquiera ni un escenario casual. La filosofía política de la Cuarta Transformación volvió a demostrar que las plazas públicas siguen siendo una herramienta de comunicación y movilización tan importante como las conferencias matutinas.
Mientras la oposición observaba la concentración con escepticismo, el oficialismo aprovechó el acto para enviar varios mensajes simultáneos: a sus bases, a sus adversarios políticos y, sobre todo, a Estados Unidos. La palabra que dominó el discurso presidencial fue soberanía.
Sheinbaum planteó que México enfrenta una nueva etapa de presiones externas que ya no llegan necesariamente por la vía diplomática o militar, sino a través de campañas digitales, desinformación y operaciones mediáticas financiadas desde sectores conservadores nacionales e internacionales.
El señalamiento tiene un destinatario claro: quienes desde Washington y algunos centros de poder cuestionan la estrategia de seguridad mexicana y mantienen la narrativa de una supuesta infiltración del narcotráfico en estructuras políticas nacionales.
La presidenta fue más allá. Vinculó el endurecimiento de estas campañas con el llamado “CIAGate” de Chihuahua y con las acusaciones lanzadas desde Estados Unidos contra figuras relevantes de Morena en Sinaloa. No fue una respuesta improvisada. Fue una construcción política cuidadosamente diseñada para convertir un tema de presión internacional en una bandera de cohesión interna.
Porque si algo quedó claro en el Monumento a la Revolución es que Morena ya empezó a pensar en 2027.
La narrativa de la defensa nacional suele tener una enorme capacidad de aglutinar apoyos. Frente a cuestionamientos externos, cualquier gobierno encuentra terreno fértil para cerrar filas y fortalecer su legitimidad interna. La historia política mexicana está llena de ejemplos.
Sin embargo, la oposición decidió responder por una ruta distinta. Alejandro Moreno acusó al gobierno de utilizar movilizaciones para fabricar una narrativa que proteja a presuntos actores vinculados con el crimen organizado.
El PAN, por su parte, sostuvo que el acto tuvo más características de una concentración partidista que de un ejercicio de rendición de cuentas y reclamó atención a los problemas de seguridad y economía que afectan a millones de ciudadanos.
Las críticas son previsibles. Lo interesante es que revelan una realidad política: mientras Morena discute soberanía e intervención extranjera, la oposición intenta regresar la conversación a la inseguridad, la violencia y la relación bilateral con Estados Unidos.
En otras palabras, ambos bloques ya están construyendo los temas de la próxima contienda electoral.
Y ahí está el verdadero significado del acto dominical.
No se trató solamente de celebrar dos años de una victoria electoral. Tampoco fue únicamente un informe de resultados. Fue la apertura formal de una nueva batalla narrativa, que apunta al 2027.
Desde Palacio Nacional buscan instalar la idea de que la Transformación enfrenta una ofensiva externa e interna. Desde la oposición intentan posicionar que el problema no está fuera del país, sino dentro de él.
La pregunta es cuál de las dos narrativas logrará conectar con una ciudadanía que, más allá de las consignas, sigue esperando resultados concretos en seguridad, empleo y bienestar.
Mientras tanto, en San Lázaro ya tomaron nota.
Porque cuando el discurso presidencial gira hacia la soberanía, los coordinadores parlamentarios entienden que la discusión legislativa está por cambiar de tono.
Y porque en política, como en las viejas ceremonias del Congreso, las campañas más importantes suelen comenzar mucho antes de que alguien se atreva a declararlas inauguradas.