Por. Boris Berenzon Gorn
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La historia mexicana posee una extraña relación con sus espectros. Algunos habitan discretamente en los archivos, en las bibliotecas o en las vitrinas de los museos; otros reaparecen una y otra vez en la conversación pública, convocados por la política, la cultura, la indignación digital o las disputas ideológicas del presente. Hernán Cortés pertenece a esa segunda categoría. Su nombre emerge periódicamente como una fractura franca en la memoria nacional, como si el país continuara debatiendo, siglos después, las preguntas fundamentales sobre su origen, sus cisuras y su identidad.
Cada polémica en torno a Cortés —sus restos, los homenajes que algunos sectores han intentado promover, las reacciones políticas y culturales que provoca su figura— revela mucho más que una discusión historiográfica. Lo que verdaderamente aparece en juego es la manera en que México interpreta su pasado y lo convierte en relato colectivo. La discusión ya no permanece confinada al ámbito académico. Circula entre noticieros, columnas, redes sociales, videos virales y discursos políticos que utilizan la historia como territorio de confrontación simbólica.
En medio de ese escenario vuelve a cobrar fuerza la figura de Eulalia Guzmán, una intelectual cuya trayectoria permite comprender que la historia nunca ha sido un espacio neutral. Arqueóloga, educadora e investigadora fundamental del México posrevolucionario, Guzmán entendió tempranamente que la disputa por el pasado también es una disputa por el sentido de nación. Su presencia en este debate resulta profundamente contemporánea porque obliga a mirar la historia no como un inventario de fechas y personajes, sino como un campo vivo donde se disputan símbolos, memorias y proyectos culturales a quien conocí por la sabiduría del maestro Ernesto Lemoine quien en sus cursos de historiografía del siglo XIX nos mostraba los excesos de los ismos en los estudios del pasado.
La dimensión actual de la polémica revela además una transformación decisiva: la memoria pública ya no se construye exclusivamente desde universidades, archivos o instituciones culturales. Hoy la historia atraviesa el ecosistema digital, sometida a la velocidad de la viralidad y a la lógica emocional de las plataformas.
La historia salió del archivo para entrar al algoritmo. Ese desplazamiento altera profundamente la relación de las sociedades con el pasado. La complejidad histórica suele comprimirse en frases breves, consignas inmediatas y narrativas polarizadas donde los matices desaparecen. Cortés termina reducido a una figura absoluta: para algunos sectores representa el símbolo máximo de la violencia colonial; para otros, una especie de emblema idealizado de la herencia hispánica convertido en bandera política y cultural. La realidad histórica desborda esas simplificaciones.
La conquista de México fue un proceso profundamente contradictorio, atravesado por guerras, epidemias, alianzas indígenas, fracturas internas, negociaciones culturales y reconfiguraciones radicales del mundo mesoamericano. Pensarla únicamente desde categorías morales cerradas impide comprender las complejidades que dieron origen al mundo novohispano y posteriormente a la nación mexicana.
Por ello resulta tan significativa la recuperación crítica de figuras como Eulalia Guzmán. Su trayectoria abre una pregunta central para el presente: quién tiene derecho a narrar la historia y desde qué lugar se construye la legitimidad cultural.
Durante décadas muchas mujeres intelectuales mexicanas enfrentaron mecanismos de exclusión dentro de los espacios académicos. Guzmán pertenece a una generación que abrió rutas en un ámbito dominado casi exclusivamente por voces masculinas. Revisar hoy su figura implica reconocer las tensiones entre conocimiento, género, nacionalismo cultural y construcción institucional de la memoria.
Ese fenómeno coloca al Instituto Nacional de Antropología e Historia en una posición especialmente compleja. El INAH ya no sólo administra patrimonio arqueológico, histórico o documental; también actúa como un mediador cultural frente a sensibilidades históricas profundamente polarizadas. Cada controversia relacionada con símbolos nacionales sitúa a las instituciones culturales en medio de tensiones políticas, mediáticas y emocionales que rebasan el ámbito estrictamente académico. En ese contexto, el INAH ha desempeñado una labor fundamental al acudir a la pluralidad del conocimiento, al rigor historiográfico y a la construcción de una conciencia histórica capaz de comprender la identidad mexicana desde su diversidad, sus contradicciones y sus múltiples raíces culturales. Más que imponer una visión única del pasado, la institución ha buscado abrir espacios de reflexión crítica donde la memoria nacional pueda entenderse como un proceso complejo, vivo y profundamente plural.
La polémica contemporánea alrededor de Cortés también permite observar cómo el pasado se ha convertido en uno de los grandes territorios de disputa política global. Diversos movimientos conservadores han encontrado en las figuras imperiales y coloniales una narrativa útil para reafirmar ideas de civilización, tradición y superioridad cultural. Paralelamente emergen discursos que convierten toda la experiencia colonial en explicación única y absoluta de las desigualdades contemporáneas. Ambas posiciones reducen la complejidad histórica a una herramienta ideológica.
En México la discusión adquiere características particularmente intensas. Cortés funciona como una superficie simbólica donde convergen debates sobre memoria colonial, identidad nacional, violencia histórica, mestizaje y relación con Occidente. La fuerza emocional de las reacciones demuestra que el país continúa debatiendo los fundamentos culturales de su propia existencia.
México no discute solamente a Cortés. Discute la forma en que aprendió a narrarse a sí mismo.
La velocidad digital amplifica todavía más ese escenario. Una imagen, una declaración o un gesto simbólico pueden transformarse en debate internacional en cuestión de horas. Las plataformas privilegian la reacción inmediata antes que la reflexión pausada. La memoria colectiva corre entonces el riesgo de convertirse en espectáculo emocional.
Las redes producen indignación instantánea. La historia exige tiempo, contexto y pensamiento crítico.
La discusión sobre Cortés revela también las dificultades contemporáneas para pensar el pasado sin fanatismos. Las sociedades necesitan revisar críticamente sus heridas históricas, reconocer violencias estructurales y cuestionar relatos oficiales. También necesitan evitar simplificaciones que conviertan la memoria en instrumento permanente de polarización política.
Las culturas democráticas no cancelan sus conflictos históricos: aprenden a debatirlos con profundidad.
Allí reside buena parte de la vigencia intelectual de Eulalia Guzmán. Su legado recuerda que la historia no consiste únicamente en acumular documentos o custodiar archivos. También implica interpretar símbolos, comprender tensiones culturales y reflexionar sobre las formas en que una sociedad imagina su origen y proyecta su futuro.
Quizá por ello la figura de Hernán Cortés continúa regresando de manera recurrente al centro de la conversación pública mexicana. No porque el siglo XVI permanezca intacto, sino porque las preguntas surgidas desde entonces continúan abiertas: cómo narrar el nacimiento de una nación plural, cómo comprender el encuentro traumático entre mundos distintos y cómo construir una memoria capaz de reconocer complejidades sin caer en absoluciones simplistas.
Las naciones también se construyen a partir de las preguntas que todavía no consiguen responder.
La discusión contemporánea sobre Cortés y sobre los símbolos que lo rodean revela finalmente algo esencial: la historia sigue siendo uno de los grandes escenarios donde las sociedades discuten su presente y ensayan sus futuros posibles.
Cuando una comunidad deja de pensar críticamente su memoria, otros terminan utilizándola como herramienta de manipulación, espectáculo o confrontación.
Y entonces el pasado deja de servir para comprendernos. Empieza únicamente a dividirnos.
Manchamanteles
La figura de Hernán Cortés ha sido recuperada en años recientes por diversos sectores de la derecha española y latinoamericana como un símbolo político y cultural que trasciende la discusión histórica. Más que un personaje del siglo XVI, Cortés aparece convertido en emblema de una idea de civilización asociada a la hispanidad, la tradición occidental y la defensa de ciertos valores identitarios frente a los debates contemporáneos sobre colonialismo, diversidad cultural y memoria histórica. En muchos casos, esa reivindicación funciona como reacción frente a las críticas al legado imperial europeo y frente a los movimientos que cuestionan las narrativas tradicionales del poder. La historia se transforma entonces en un campo de disputa ideológica donde el conquistador deja de ser analizado en toda su complejidad histórica para convertirse en bandera simbólica dentro de las guerras culturales del presente.
Narciso el obsceno
En la era del narcisismo digital, personajes como Hernán Cortés dejan de estudiarse históricamente para convertirse en espejos donde las sociedades proyectan sus obsesiones identitarias, sus resentimientos y su necesidad permanente de reconocimiento simbólico.