Con la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario repleta de jóvenes y adultos que llegaron siete horas antes de que la escritora Cristina Rivera Garza, Premio Pulitzer 2024, dictara el pasado 13 de abril la conferencia magistral “Cuando la mano feroz de la impunidad te roza la piel”, convocada por la Cátedra Extraordinaria Nelson Mandela de Derechos Humanos en las Artes de la UNAM, que este año celebra su décimo aniversario.
Rivera Garza (Matamoros, 1964) ha creado una de las obras más robustas de la literatura mexicana, desde novelas como Nadie me verá llorar (1999), La cresta de Ilión (2002), El mal de la taiga (2012) o Autobiografía del algodón (2020); libros de cuentos como Allí te comerán las turicatas (2013) o Terrestre (2025); diversos poemarios que se conjugan para reunirse en Me llamo cuerpo que no está, poesía completa (2023); o ensayos como Los muertos indóciles: necroescritura y desapropiación (2021) o Dolerse. Textos desde un país herido (2011), entre muchos otros.
El punto de partida de la conferencia fue su libro El invencible verano de Liliana, el relato del feminicidio impune de su hermana menor que, más de tres décadas después, sigue sin resolverse. Con este título también ganó el Premio Xavier Villaurrutia en 2021 y el National Book Award en 2023.
“La impunidad te transforma en un paria y te marca la frente con el hierro candente del desterrado. En un inicio, la impunidad es una desterritorialización. Las leyes que protegen y dan sentido a la vida de los otros no te competen”. Fue una de las frases memorables de la conferencia.
La presentación de Marina Azahua, coordinadora de la Cátedra fue, en sí misma, un texto de rigor y delicadeza. En él subrayó que la UNAM es el alma mater de Rivera Garza (egresada de la licenciatura en Sociología de la entonces ENES Acatlán) y que, por ello, recibirla en ese espacio tenía una carga simbólica particular. “Resulta especialmente significativo para la comunidad universitaria reunirnos a escucharla al acogerla en esta, su casa”, dijo Azahua, que encuadró la conferencia dentro de la misión central de la Cátedra (articular derechos humanos, pensamiento crítico y ejercicio de la imaginación política) y la inscribió en la celebración de una década de trabajo.
Describió la impunidad como “ese fenómeno voraz que se convierte en virulenta extensión atemporal de la violencia” y recordó que Ángel González Ramos, el presunto asesino de Liliana Rivera Garza en julio de 1990, permanece hasta la fecha fuera del alcance de la ley.
Rivera Garza agradeció: “Se siente muy bien estar en casa” y, desde el atril, dio inicio a una conferencia que fue a la vez memoria, ensayo filosófico y manifiesto político.
La autora comenzó con la imagen que inauguró su búsqueda: el expediente judicial del caso de su hermana, exiguo, minúsculo, reducido a unas pocas hojas mal redactadas entre montañas de carpetas.
“La impunidad se nota primero ahí, en el tamaño nimio de un expediente”, afirmó, para luego agregar que en esa escasez material quedaban encarnados la negligencia del sistema, la parálisis de los deudos y la derrota moral del Estado.
A partir de ahí, Rivera Garza desplegó una fenomenología de la impunidad: la experiencia de quien la padece no es sólo jurídica, sino ontológica. “Por principio de cuentas, trastoca el principio de realidad”, explicó la autora.
Saber que el Estado no te quiere, que tu seguridad no importa, rompe para siempre el contrato cívico básico, señaló. El silencio que se impone desde afuera obliga, paradójicamente, a una transmisión clandestina del daño dentro de los círculos familiares, mientras el feminicida goza del privilegio de no ser nombrado.
La escritura como maldición
Fue en ese punto donde la autora articuló la lógica más perturbadora y, a la vez, más poderosa de su libro: si el Estado no podía obligar al asesino a rendir cuentas, la literatura sí podía condenarlo a otra forma de exposición.
“Escribí El invencible verano de Liliana e insistí en que el rostro de mi hermana figurara de manera central en la portada de la edición mexicana, porque quería interrumpir ese privilegio que el Estado y la indolencia les ofrece a los asesinos impunes”, recordó.
La escritura como maldición, en el sentido más literal del término: obligar al feminicida y a quienes lo protegieron a encontrarse, de generación en generación, con la voz y el rostro de su víctima.
“Mis decisiones, quiero decir, siendo como eran literarias, nunca dejaron de ser, en su raíz, políticas”, sentenció. Rivera Garza cerró anunciando que gestiona ante la UAM Azcapotzalco la entrega del título de licenciatura post mortem a Liliana y a otras dos estudiantes víctimas de feminicidio.
“El silencio sólo beneficia el quehacer ininterrumpido de la impunidad, aliándonos de manera perversa con el patriarcado”, advirtió la escritora.
El conversatorio con Rosa Beltrán, coordinadora de Difusión Cultural de la UNAM, amplió los matices. Beltrán señaló cómo la imagen del archivo diminuto vuelve gráfica e inmediata la abstracción de la impunidad, y rescató la frase que para ella resulta más demoledora de la conferencia: “la impunidad le quita el velo de normalidad a la vida de todos los días”.
Rivera Garza respondió reflexionando sobre la necesidad de comunidad como antídoto: “Y no es porque esté en la UNAM, pero sí es porque estoy en la UNAM. Muchas de esas cosas yo las aprendí aquí, en los salones de clase. Claro, es la teoría, son los libros, pero más que todo eso es la pasión, la conversación, el diálogo, el disenso también”.
Cuando Beltrán indagó sobre el momento en que decidió escribir el libro, Rivera Garza trazó un arco que va del deseo de justicia punitiva hasta la comprensión de que el libro mismo era ya otra forma de justicia. Y reveló algo más: al enterarse de que el presunto feminicida podría haber muerto ahogado en el sur de California, lo primero que pensó fue que “el agua estaba haciendo su trabajo”.
“Y después imaginé que Liliana ha vivido como nosotros, pensando que tal vez fue su error. Creyéndole un poco a esa narrativa patriarcal. A lo mejor hice algo mal, tal vez no debía haber hecho eso, o debí darme cuenta de lo otro. Pero con todo el trabajo, no sólo del libro, sino de la conversación, de la calle, de la movilización, me dio la impresión de que Liliana había dicho no, no es mi culpa, no fue mi culpa, ni dónde estaba, ni cómo vestía. Y en ese acuerdo, que imagino y veo conectado con cuerpos de agua, con la superficie de la tierra, dije, este es el veredicto de Liliana”, confesó.
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