RIZANDO EL RIZO  Geografía de la impunidad deseo, poder y el espectáculo del escándalo - Mujer es Más -

RIZANDO EL RIZO  Geografía de la impunidad deseo, poder y el espectáculo del escándalo

 

“Donde el poder se cree isla, la conciencia colectiva empieza a naufragar.”

Por. Boris Berenzon Gorn 

 

La historia asociada a Little St. James, en las Islas Vírgenes de EE. UU., vinculada al caso de Jeffrey Epstein, no es únicamente un expediente judicial ni un episodio sórdido de la nota roja internacional. Es un síntoma social y cultural. Pero ese síntoma no se agota en los hechos delictivos ni en las biografías de quienes participaron directa o indirectamente: la propia isla y la narrativa que la envuelve forman parte del fenómeno. El territorio y el relato operan juntos como dispositivos simbólicos donde una época proyecta sus obsesiones con el poder, el secreto, el lujo y la transgresión.

La isla se volvió mito antes de ser comprendida. Su nombre circuló como si designara un lugar casi fuera del mundo, una geografía separada de la moral común. Ese desplazamiento no es inocente: cuando un espacio se vuelve leyenda, se debilita la percepción de que allí rigen las mismas normas que en cualquier otro sitio. Así, la geografía se convierte en coartada imaginaria. La isla como escenario extraordinario sugiere que lo que ocurre allí pertenece a otra esfera, casi fantástica. Ese es ya un síntoma cultural: la tendencia a tratar el abuso ligado al poder como si fuera parte de una ficción oscura, no de la realidad social ordinaria.

A este proceso se suma la narrativa pública que creció alrededor del caso. Desde muy temprano apareció el juego de las listas: nombres que circulan, pasajeros reales y supuestos, celebridades, empresarios, científicos, políticos; registros incompletos, documentos fragmentarios, rumores amplificados por redes digitales. Las listas funcionan como objetos simbólicos poderosos: prometen revelar la verdad total y, al mismo tiempo, producen un efecto contrario. 

La presencia se confunde con la culpa, la cercanía con la participación, la sospecha con la prueba. La imposibilidad de comprobación se vuelve parte del espectáculo. La degradación moral adopta forma de feria pública donde la reputación se negocia como mercancía.

Este mecanismo dice algo inquietante de nuestra cultura. El escándalo ya no es sólo un hecho que se investiga; es un género narrativo que se consume. El glamour de los asistentes —reales o imaginados— añade otra capa de perversión simbólica: cuanto mayor es el prestigio social de los nombres implicados, mayor es la fascinación colectiva. El brillo y el horror se entrelazan. La denuncia convive con la burla. La indignación se mezcla con el morbo. Se condena y se disfruta al mismo tiempo. Esa ambivalencia es parte del síntoma.

La isla, entonces, no es sólo el lugar donde pudieron ocurrir crímenes; es el soporte material de una fantasía contemporánea sobre espacios de excepción donde el poder se siente liberado de la norma. Y la narrativa que la rodea —listas, rumores, teorías, filtraciones— es la expresión simbólica de otra excepción: la suspensión de los criterios habituales de verificación, prudencia y responsabilidad. La verdad se fragmenta en piezas intercambiables, y la discusión pública se desliza hacia el espectáculo.

Los síntomas, por definición, hablan de algo más que un individuo. Revelan climas de época, tolerancias colectivas, zonas donde la conciencia moral se vuelve difusa. En este caso, muestran una sociedad capaz de indignarse y, al mismo tiempo, de convertir el dolor ajeno en entretenimiento; capaz de desconfiar del poder, pero también de sentirse atraída por su proximidad; capaz de exigir justicia y, a la vez, de perderse en la fascinación por el relato.

Reducir todo a la figura de un depredador sería una forma de absolver el entramado cultural que hizo posible tanto la isla como la narrativa que la mitificó. Porque lo que aquí se manifiesta no es sólo un crimen, sino una forma de mirar, de consumir historias, de relacionarse con el poder y de administrar la verdad. En esa mirada —más que en la geografía— se encuentra el síntoma más profundo.

La isla como arquitectura moral invertida. Quienes trabajaron en los alrededores contaron durante años una escena repetida: aviones privados que llegaban y partían sin los rituales ordinarios del mundo común; embarcaciones que atracaban de noche; personal instruido para no hacer preguntas. No son relatos pintorescos: son detalles logísticos que muestran cómo el espacio se convierte en dispositivo de excepción.

La isla funcionó como un filtro. No cualquiera entra, no cualquiera mira, no cualquiera habla. El lujo no es aquí estética, sino tecnología de aislamiento. Se produce un microclima donde la ley parece lejana y donde el privilegio se percibe como un derecho natural.

La modernidad ha perfeccionado estos territorios: lugares donde la riqueza no elimina la norma, pero la administra selectivamente. Seguridad privada, abogados, redes de influencia, gestión de reputación. No se compra sólo confort: se compra tiempo de impunidad.

Perversión como estructura. Desde una lectura psicoanalítica, la perversión no es exceso, sino negación del límite. Lo inquietante es que esta lógica no opera sólo en individuos. También las instituciones participan de la desmentida: “Se escuchaban comentarios, pero no eran asuntos nuestros.” “Había señales, pero no queríamos problemas.”

Una excolaboradora doméstica contó tiempo después que lo que más la impactó no fue descubrir que ocurrían hechos graves, sino la tranquilidad con que se aludía a ellos en determinados círculos. No había sobresalto, ni pudor, ni conciencia de estar nombrando algo intolerable: sólo la ligereza de quien habla de lo habitual. Esa normalización es el verdadero síntoma. Cuando lo inadmisible entra en la conversación cotidiana sin provocar ruptura, significa que el límite ético ya ha sido desplazado y que la conciencia moral ha empezado a erosionarse desde dentro.

De ese modo se configura una escisión social nítida: en la superficie, filantropías, cenas, fundaciones, prestigio; en el subsuelo, daño administrado, silencios convenientes, chantajes implícitos y una forma de pornografía moral donde el otro queda reducido a objeto de uso. Es la convivencia obscena entre respetabilidad pública y degradación privada lo que revela la profundidad de la fractura.

Lo que suele llamarse “Archivo de Epstein” agrava aún más la dimensión del caso porque desplaza la atención del individuo hacia la estructura. No se trata sólo de documentos judiciales, sino del rastro material de una red de relaciones donde poder, prestigio y abuso se entrelazan. La exigencia creciente de transparencia —que alcanza a figuras públicas de alto perfil— no expresa simple curiosidad, sino la intuición colectiva de que la impunidad no fue un accidente, sino un ecosistema. En ese contexto, las propias palabras atribuidas a Epstein en una entrevista no difundida masivamente, donde se habría descrito a sí mismo como un depredador “de nivel uno”, no funcionan como confesión redentora, sino como síntoma extremo de una subjetividad moldeada por la certeza de estar fuera de alcance. 

Lo intolerable no es sólo el crimen, sino la atmósfera que lo rodea: élites que predican filantropía mientras habitan circuitos de explotación; discursos públicos sobre el bien común coexistiendo con prácticas de cosificación radical. Cuando el poder cambia de rostro, pero conserva intactas sus lógicas de protección mutua, la coherencia política se fractura y la confianza social se erosiona. De ahí la frase que resuena con fuerza moral irreductible: no hay marco interpretativo, ni contexto social, ni sofisticación cultural que pueda atenuar la atrocidad; lo único que este archivo revela con claridad es la distancia obscena entre el discurso civilizatorio y las zonas donde la dignidad humana fue tratada como un recurso desechable.

Uso, poder y chantaje. Varias denunciantes describieron un mismo patrón: invitaciones que parecían oportunidades, traslados, regalos, promesas, luego situaciones ambiguas, luego dependencia. Ese tránsito es clave. No es un acto súbito; es un proceso de captura.

El poder no sólo protege el abuso; lo organiza. El cuerpo ajeno se convierte en recurso, y la intimidad, en instrumento de control. En estos contextos, la sexualidad se transforma en lenguaje de dominación.

También aparece la lógica del secreto: lo que se comparte no es sólo placer, sino información comprometida. El secreto crea lealtades forzadas, silencios comprados, redes de protección. El chantaje no siempre es explícito; a veces es la simple amenaza de quedar fuera del mundo del privilegio.

El escándalo como espectáculo. Una anécdota reveladora ocurrió cuando el caso se volvió mediático: en foros digitales, miles de usuarios intercambiaban teorías, listas, nombres, como si descifraran una serie. Entre tanto ruido, las voces de las víctimas quedaban sepultadas.

Esa escena ilustra un rasgo cultural: el dolor real se convierte en material de consumo. El escándalo es un producto narrativo rentable. Se exige más revelación, más detalles, más filtraciones. El sufrimiento se serializa. Conspiración y niebla. La proliferación de teorías conspirativas muestra otro fenómeno. La desconfianza hacia las élites es comprensible, pero cuando todo se convierte en trama infinita, la responsabilidad concreta se diluye. El sistema se salva en la confusión.

La conspiración puede operar como anestesia moral: desplaza la indignación hacia un laberinto sin salida y evita la pregunta estructural. La experiencia de la no justicia. Muchas víctimas describen no sólo el abuso, sino la sensación prolongada de no ser escuchadas. Procesos lentos, acuerdos económicos, nombres protegidos, memorias fragmentadas. La impunidad no es sólo un fallo jurídico; es una experiencia subjetiva de abandono.

Este caso revela que el prestigio social puede funcionar como blindaje; que la desigualdad produce vulnerabilidades explotables; que las instituciones temen más al escándalo que a la injusticia; que la cultura mediática puede vaciar de ética lo que toca; que la sexualidad, sin límite, puede convertirse en herramienta de poder.

La isla no es una anomalía exótica. Es un espejo. Muestra cómo una sociedad fascinada por el lujo, el acceso y la cercanía al poder puede volverse ciega ante la violencia que esos mismos circuitos esconden.

El desafío no es narrar mejor el escándalo, sino desmantelar las condiciones culturales e institucionales que permiten que la perversión se normalice y que la impunidad se naturalice.

Mientras el relato pese más que la transformación, el paraíso seguirá siendo el escenario ideal del abuso, y la indignación, otro momento dentro del espectáculo.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

Un análisis verdaderamente crítico no puede detenerse en la denuncia ni agotarse en la indignación: debe transformarse en horizonte de acción. Esto implica colocar a las víctimas en el centro —no como figuras narrativas, sino como sujetos de justicia y reparación—, exigir responsabilidad efectiva a las instituciones que posibilitan los circuitos del abuso (bancos, redes de transporte, hoteles, plataformas digitales), fortalecer la educación social para reconocer los mecanismos de captación y coerción que operan bajo apariencia de oportunidad o afecto, promover una ética mediática que informe con rigor sin convertir el dolor en mercancía, y reconstruir una cultura del límite donde el poder deje de percibirse como privilegio de excepción y vuelva a estar sometido a la norma común.

Narciso el obsceno

La isla es el narcisismo hecho geografía: un territorio que se mira a sí mismo mientras el mundo —y el otro— desaparecen del horizonte.

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