«PUEBLO DEL SOL»: Lentejuelas en la noche - Mujer es Más -

«PUEBLO DEL SOL»: Lentejuelas en la noche

 

Los mexicas tenían una fiesta en la séptima veintena de su calendario a la que llamaban Tlaxochimaco, que quiere decir el repartimiento de las flores. Durante esta celebración, los aztecas fifís organizaban “fiestas de recibir” en casa y se llegaba con un ramo de las mismas como obsequio. Y también, aquellos que tenían amantes y concubinas en la casa chica, salían a pasear con ellas mostrándose en público. Ellas iban adornadas con vestidos, joyas y flores llamando la atención de los curiosos, que se apostaban en canoas en los canales de la zona oriente de la ciudad, pues ellas aprovechaban la ocasión para hacer algo similar a un pic nic por los rumbos de la Viga.

Siglos más tarde en la Ciudad de México, en tiempos posteriores a la Revolución, cundieron los antros o lugares de del pecado, quizás una popularización de la casa chica que servía a muchos. Aquellos en donde las mujeres bellas expresaban su libertad a través del baile en vestidos muy acotados y ajustados, diseñados para mostrar la carnalidad del cuerpo lúbrico y seductor. A esta estirpe de mujeres engalanadas, bailarinas extraordinarias, se les llamaba rumberas, bataclaneras o exóticas. Y en cada definición iba apostada la especialidad de su performance.

La historia de todas ellas, de sus salones y antros está consignada en un libro extraordinario que escribió Gabriela Pulido, historiadora maravillosa de lo prohibido y escondido y que se llama El mapa rojo del pecado. Miedo y vida nocturna de  la Ciudad de México 1940-1950.

Con todo el material histórico a su alcance, ella tuvo la audacia de montar junto con un gran grupo de colaboradores del INAH, una exposición en el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, en los rumbos del Centro. La llamaron Lentejuelas en la noche. Para visitarla se debe cruzar una gran puerta de cabaret, donde los guardias del museo sirven de cadeneros. Después del vestíbulo con la explicación curatorial se accede por una cortina de pendejuelas a la recreación de uno de estos viejos templos de la perdición, con su barra de bebidas alcohólicas y un escenario donde se pueden ver cortes de películas de rumberas con las grandes del género, donde destaca la incomparable Tongolele.

Si se adentra uno en el antro, se puede ejercer el morbo voyerista y espiar los camerinos de las bailarinas por unos orificios, y ver sus vestidos de lentejuela, sus penachos de plumas exóticas, los espejos con los maquillajes y otros objetos fetiche con los que uno imagina la intimidad de esas profesionales de la seducción.

Por si fuera poco se exhibe una colección magnífica de partituras de canciones que toda esa pléyade de féminas inspiraron a los compositores más populares de su tiempo, como El flaco de oro. Las portadas son verdaderas obras de arte y un deleite visual.

Con su libro y esta exposición, Gabriela Pulido nos demuestra que la historia es apasionada, contradictoria y sensual. Que más allá de las grandes figuras de mármol que sobresalen, hay mujeres y hombres que trasgreden los márgenes de la moral aceptada, que desarían al miedo, que seducen y se desnudan entre las sombras de los centros nocturnos en busca de libertad y pasión. Y al mirar en esta exposición a estas poderosas afroditas, comprendemos que la conquista del cuerpo propio sigue siendo una hazaña libertaria que nunca debemos dejar de ver ¡Al diablo con los mojigatos! ¡Y que viva la rumba!

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