Por. María del Socorro Pensado Casanova
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“Amar es dar lo que no se tiene.”
Jacques Lacan, La Transferencia, París, 1960.
Todo pasa, la vida continúa y basta con pensar positivo para seguir adelante. Construimos rutinas, imaginamos proyectos, idealizamos conversaciones y otorgamos permanencia a vínculos que creemos seguros. Después, cuando la realidad rompe aquello que parecía estable, también se derrumba la idealización.
Hace algunos meses volvió a hacerse viral, como ocurre prácticamente con todo en esta era digital, otra historia de infidelidad relacionada con figuras públicas y otras personas no tan conocidas pero igualmente relevantes en redes sociales. Durante días, millones de personas opinaron, tomaron partido y consumieron el dolor ajeno convertido en entretenimiento. Sin embargo, detrás de cada escándalo mediático existe una dimensión emocional que rara vez se analiza con profundidad, la destrucción silenciosa de alguien que creyó estar construyendo una vida junto a otra persona.
¿Por qué convertir la infidelidad en una especie de triunfo, de conquista o incluso de narrativa romántica cuando inevitablemente provoca dolor en alguien más? ¿En qué momento alguien es infiel y qué significa realmente serlo?
Ética, acuerdos y responsabilidad emocional. El proyecto de vida de quienes atraviesan una infidelidad suele quebrarse de formas que desde afuera parecen exageradas, pero que internamente modifican por completo la percepción de la realidad. No solamente termina una relación, también se destruyen certezas, hábitos emocionales y expectativas de futuro. Las personas deben reconstruir aspectos enteros de su vida y eso rara vez resulta sencillo.
Rosa Montero sostiene que la pasión amorosa es uno de los mayores inventos de la humanidad y que, de algún modo, la ruptura de esa pasión también se convierte en una especie de invento piadoso, porque obliga a terminar aquello que ya no podía sostenerse. Lo que se rompe no siempre es únicamente la relación en sí misma, sino el ensueño del cuento principal, la narrativa emocional que ambas personas habían construido alrededor de sí mismas. Incluso cuando existe una tercera persona, muchas veces lo que verdaderamente queda destruido es esa ficción íntima donde alguien creyó haber encontrado refugio, estabilidad o permanencia.
Durante la separación de los amantes, Montero también insiste en cómo las personas intentan no hacerse daño y terminan haciéndolo igualmente, a veces mediante silencios, evasivas o mentiras todavía más dolorosas que la propia pérdida amorosa.
¿Cómo hace alguien para reconstruirse después de haber quedado emocionalmente fracturado? ¿Cómo se logra volver a confiar cuando la traición alteró incluso la percepción de uno mismo? Reconstruirse después de una infidelidad rara vez consiste únicamente en olvidar a una persona. Implica volver a habitar un cuerpo y una mente que aprendieron a desconfiar de todo: de las palabras, de las promesas, de los silencios y hasta de los momentos felices.
Aprender otra vez a no interpretar cada distancia como abandono, cada silencio como castigo y cada demora como el anuncio de una nueva herida. Reconstruirse también cansa. Cansa intentar no convertir el miedo en reclamo, el dolor en persecución o la inseguridad en necesidad constante de confirmación afectiva. Quizá por eso algunas personas viven el amor posterior con una mezcla extraña de ternura y agotamiento. Existe cariño, existe deseo de quedarse, existe incluso la voluntad profunda de construir algo distinto, pero también una enorme carga emocional derivada de todo lo que antes se rompió. La reconstrucción personal no ocurre de un día para otro, se da lentamente, entre conversaciones difíciles, silencios incómodos y esfuerzos cotidianos por no destruir aquello que todavía conserva esperanza.
A veces amar después del daño significa precisamente eso, intentar permanecer sin dejar de protegerse, querer sin perderse y aprender que incluso quienes sobreviven emocionalmente a una ruptura siguen cargando fragmentos invisibles de aquello que alguna vez los quebró por completo.
Continuar con la vida no resulta sencillo y probablemente nunca lo será del todo. Hay días donde el cansancio emocional parece regresar sin previo aviso y donde las heridas vuelven a sentirse recientes. Pero aun así, las personas consiguen salir adelante. No a través de positivismos vacíos que obligan a sonreír mientras el dolor sigue intacto, sino mediante procesos reales de cuidado, acompañamiento y bienestar emocional. Porque seguir adelante también implica reconocer el derecho a sanar, el derecho a reconstruirse sin prisa y el derecho a vivir una vida libre de violencias donde el amor no tenga que doler para sentirse verdadero.
