Por. Rebeca Casillas Ortega*
Durante décadas, la narrativa social vinculada con el éxito moderno nos ha vendido una receta específica para alcanzar la plenitud y, por ende, la felicidad: alcanzar metas ambiciosas, acumular riqueza material y escalar la cima de la jerarquía profesional. Se nos ha enseñado que la felicidad es un trofeo que se obtiene a partir del esfuerzo y el trabajo individual. Sin embargo, los aportes más recientes provenientes de la psicología positiva y la educación emocional han brindado elementos para cuestionar estas ideas.
Investigaciones actuales sugieren que el bienestar duradero no reside en lo que tenemos, sino en con quién compartimos nuestra existencia y en el tipo de vínculos que construimos con ellas. La verdadera arquitectura de una vida satisfactoria se edifica, así, sobre la calidad de nuestros vínculos afectivos más importantes.
El ser social y la necesidad de pertenencia
El estudio de los vínculos afectivos y su impacto en la salud mental es crucial para comprender cómo las relaciones interpersonales influyen de forma significativa en lo que la psicología ha definido como bienestar psicológico.
Nuestros vínculos afectivos constituyen, desde nuestro nacimiento, una necesidad fundamental que moldeará de manera significativa nuestra arquitectura cerebral y nuestra salud mental y que matizará la forma en que nos relacionaremos con los demás a lo largo de toda nuestra vida.
Desde una perspectiva evolutiva, la supervivencia humana siempre ha precisado de los cuidados y la protección de otros. Como bien explica el psicólogo Harry Reis, los seres humanos requerimos durante mucho tiempo que otros nos cuiden, una vulnerabilidad que no desaparece con la infancia, sino que se
extiende —de formas más sutiles, pero igualmente vitales— hasta la adultez.
Somos una especie diseñada para la interdependencia.
La infancia como cimiento: el papel del apego
La forma en que nos relacionamos hoy tiene raíces profundas en nuestro pasado. Los estilos de apego adquiridos durante la infancia tienen un impacto determinante en el bienestar emocional de jóvenes y adultos. El modo en que se establecen y mantienen los vínculos primordiales a partir de los estilos de apego
desarrollados durante nuestra infancia permite comprender cómo las personas manejan sus relaciones interpersonales y su salud mental en general.
Investigaciones de autores como Kerr, Melley, Travea y Pole han explorado la relación entre el apego adulto y la expresión emocional. Sus hallazgos son reveladores: las personas con un apego seguro —aquellas que crecieron en entornos de confianza y cuidado— reportan niveles más altos de afecto positivo, mayor energía y placer, así como una capacidad superior de concentración. En contraste, presentan niveles más bajos de tristeza y apatía.
Por otra parte, las personas que evalúan satisfactoriamente su vida suelen recordar una relación más cálida y menos sobreprotectora con sus padres. Esta base de seguridad en la niñez se traduce, años después, en una mayor expresividad emocional en su familia actual y en una mayor capacidad resiliente para enfrentar los conflictos.
La biología de la conexión: más que un sentimiento
La importancia de los vínculos no es solo psicológica; es también profundamente biológica. La oxitocina, a menudo llamada la “hormona del amor” o del vínculo, es uno de los neurotransmisores más importantes a la hora de establecer relaciones cercanas. Es responsable del lazo materno-filial, pero también de la empatía, la sociabilidad y la sensación de pertenencia.
Cuando disfrutamos de relaciones sólidas, nuestro cuerpo produce sustancias químicas que nos brindan tranquilidad, reducen el estrés y la ansiedad, y generan confianza. Los vínculos de calidad actúan así, como un refugio emocional que protege el sistema cardiovascular y fortalece el sistema inmunológico.
Por el contrario, la soledad crónica y la ausencia de pertenencia impactan directamente en el estado de ánimo y el rendimiento, llegando incluso a acortar la esperanza de vida de manera tan drástica como el tabaquismo o el sedentarismo.
Calidad sobre cantidad: las claves del bienestar
No se trata de tener una agenda llena de contactos o miles de seguidores en redes sociales. El bienestar auténtico se rige por la premisa de calidad sobre cantidad. Robert Waldinger, director del estudio más largo sobre la felicidad humana en Harvard, sostiene que las personas más sanas y longevas no son las que tienen más amigos, sino aquellas que mantienen relaciones cálidas y estrechas.
Para que un vínculo sea un motor de felicidad, de acuerdo con este autor, debe poseer ciertas características:
1. Refugio seguro: la capacidad de mostrarnos vulnerables y ser nosotros mismos sin miedo al juicio.
2. Apoyo en la adversidad: saber que contamos con alguien en los momentos difíciles reduce la carga del cortisol (la hormona del estrés).
3. Momentos compartidos: la felicidad se nutre de experiencias vividas en conjunto, que fortalecen la conexión emocional y crean una historia compartida.
La necesidad de un cambio de visión
Es momento de reevaluar nuestras prioridades. Si bien el éxito profesional y las metas personales son valiosos y pueden brindarnos experiencias de realización personal, no pueden sustituir el sustento emocional que proporcionan los amigos, la familia y la pareja.
Las investigaciones de figuras como Sonja Lyubomirsky y Harry Reis concluyen que sentirse querido y formar parte de una red de apoyo auténtica constituye el verdadero motor de la satisfacción personal.
Las buenas relaciones personales son las que, en última instancia, marcarán nuestra felicidad y nuestra salud. Al final del camino, lo que define una vida bien vivida no es el saldo de la cuenta bancaria, sino la profundidad de las huellas que hemos dejado en los demás y las conexiones que hemos sabido cultivar.
“La felicidad no se alcanza: se construye día a día en el espacio que existe entre nosotros y los demás”.
*Docente adscrita a la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México
