Por. Saraí Aguilar*
X: @saraiarriozola
Andrea Chávez perdió la “coordinación” de Morena en Chihuahua frente a Cruz Pérez Cuéllar, pero el verdadero saldo de esa derrota no es numérico, sino político y moral.
Lo ocurrido con la precandidata a la gubernatura por tres años exhibe el colapso de un liderazgo construido sobre la contradicción: el de quienes agitan el feminismo en los discursos, pero operan bajo los manuales más tradicionales de la política patriarcal cuando se trata de escalar.
Desde el origen de esa prematura candidatura de la senadora, esa supuesta autonomía se sostuvo sobre un pilar tan frágil como clásico: el padrinazgo masculino de cúpula. La carrera de Chávez no se explicó nunca por el arraigo territorial, sino por la tutela y el paraguas protector de Adán Augusto López. Al moverse los equilibrios internos y venirse abajo ese patrocinio, quedó al desnudo un proyecto sin base real, dependiente absoluto del favor jerárquico. Lo anterior no implica ninguna connotación de género sino lo que ella misma exhibía en sus redes.
No obstante, el verdadero quiebre se marcó en los choques directos contra la disciplina institucional de la administración federal. El primer gran límite se cruzó con el despliegue excesivo de proselitismo en Chihuahua —plagado de bardas, espectaculares y la utilización de polémicas unidades de salud móviles con fines de campaña que eran patrocinadas por contratos de las gestiones del senador—, lo que obligó a un llamado de atención tajante desde la cúpula federal. Ante la advertencia, la respuesta fue la simulación burlona: un acatamiento de palabra mientras las estructuras paralelas seguían operando en las calles al margen de los tiempos legales.
La tensión escaló inevitablemente hacia la figura de la presidencia. Lejos de guardar la congruencia que el movimiento exige, la ruta política de Chávez se distinguió por un contrapunteo constante y un trato retador hacia la autoridad institucional y hacia otras compañeras de partido. Lo más grave de este estilo no es la ambición, sino el uso instrumental del género: se grita sororidad y se exige protección contra la “violencia política” únicamente cuando el marcador es adverso, pero esa misma empatía desaparece cuando el método predilecto es el golpeteo y la descalificación contra otras mujeres en el poder.
Los mensajes posteriores para autoproclamarse “soldado” de la presidenta suenan hoy a una mera maniobra de supervivencia. Su derrota no es el resultado de un pacto machista, sino el desgaste inevitable de un ejercicio político basado en la simulación y el faccionismo. La estridencia y el amparo de los padrinos tienen fecha de caducidad. Cuando se enfrentan a la disciplina institucional, lo único que queda es la evidencia de que las formas y el fondo van de la mano.
*Doctora en Educación. Máster en Artes. Especialista en Cultura con Perspectiva de Género
