sus 66 años de edad, Marta Clara Ferreyra Beltrán, profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM, fue electa para integrar el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW, por sus siglas en inglés) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), para el periodo 2027-2030.
Aunque en su familia no había una tradición feminista, desde joven Ferreyra cuestionaba las desigualdades de género que observaba en su entorno. Nunca imaginó que llegaría a este cargo pero cuando se enteró de su elección sintió “mucho orgullo, alegría y, sobre todo, una gran responsabilidad”, pues se trata de defender los derechos de las mujeres y las niñas del mundo.
“No creí que en mi vida llegaría a este lugar. Sin embargo, miro atrás y es como si parte de lo que he construido hubiera sido para estar aquí”, explicó.
A lo largo de su carrera, Ferreyra ha combinado el activismo, el servicio público y la academia: trabajó en la Secretaría de las Mujeres, en el Instituto Nacional de las Mujeres y en el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, y actualmente es profesora de la FCPyS.
Estudió las desigualdades
Ferreyra proviene de una formación tradicional de izquierda, ligada en su momento al marxismo y al materialismo histórico como herramienta de análisis. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde desarrolló una mirada crítica sobre las desigualdades y comenzó a estudiar el feminismo para comprender el origen de las mismas. Ahí descubrió que esto es un problema estructural, y que no se sustenta en diferencias biológicas ni depende de haber nacido hombre o mujer, sino del constructo social y cultural que hay detrás.
Aunque las feministas históricamente se identificaron con la izquierda, sostiene que esa postura política nunca ha sido realmente de la causa, “porque las feministas somos de izquierda, pero la izquierda no ha sido feminista”, en la militancia el papel de las mujeres fue invisibilizado, sin reconocimiento, relegadas al cuidado de los hijos, servir el café y tomar notas en reuniones políticas. Ferreyra desistió joven de la militancia de izquierda y se sumó al feminismo.
“Hoy trato de construir espacios donde la voz de las mujeres sea valiosa. Se trata de lo complejo que es ser mujer en el patriarcado, en el capitalismo, en el neoliberalismo. Por eso, “las feministas deben estar con las feministas”, afirmó.
Asignaturas pendientes
La CEDAW es la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer y tiene un Comité de 23 expertas encargadas de vigilar el cumplimiento de la Convención, tratado ratificado por 189 países. Entre sus funciones está revisar los informes que presentan los Estados sobre sus avances en materia de igualdad y emitir recomendaciones.
Reconoce que México cuenta con leyes y entramados jurídicos institucionales importantes –la presidenta Claudia Sheinbaum ha impulsado la reforma constitucional para incorporar el concepto de igualdad sustantiva–, pero advierte que la distancia entre las leyes, las normas y el ejercicio real de esos derechos “es una asignatura pendiente” en todo el mundo.
Entre los temas prioritarios mencionó el sistema de cuidados, los derechos de las mujeres indígenas y afro, la violencia política por razón de género, la participación política, la autonomía física, política y económica, la permanencia escolar de las niñas, la disminución del embarazo adolescente y la erradicación del maltrato infantil, los matrimonios forzados, el derecho de las mujeres a la interrupción legal del embarazo en todos los estados de la nación, así como el derecho a la salud, el acceso a la justicia, y la igualdad en el empleo y salarios.
A esto se suma el trabajo no remunerado: en México se realizan 3 mil millones de horas de este tipo de trabajo a la semana, de las cuales las mujeres aportan cerca del 90 % –unas 2 mil 700 millones de horas–, lo que les resta acceso al empleo formal y a la formación profesional. “Junto al hombre más pobre del mundo, hay una mujer más pobre que él. Esa es la realidad”, señaló, y puso como ejemplo a las jornaleras agrícolas, cuyas condiciones laborales son peores que las de sus pares hombres.
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