jueves 28 mayo, 2026
Mujer es Más –

Por. Boris Berenzon Gorn

X: @bberenzon

“¿Flores para primavera? Qué innovador.”
Miranda Priestly, The Devil Wears Prada

El siglo XXI consiguió algo extraordinario: transformar el clóset en una autobiografía social. Antes las personas heredaban apellidos, tierras o títulos; hoy también heredan maneras de mirar una galería, pedir café como si la cafeína fuera un doctorado en sensibilidad europea, combinar colores, elegir vino, escuchar música o despreciar discretamente aquello que consideran “corriente”. Una bolsa, unos tenis, una playlist o la fotografía de un brunch pueden decir más sobre la posición social de alguien que un largo discurso político. Vivimos en una época donde la identidad ya no sólo se narra: se estiliza, se filtra y se sube con buena iluminación.

Ahí aparece una de las intuiciones más incómodas y brillantes de Pierre Bourdieu: el gusto jamás ha sido completamente inocente. Lo que llamamos elegancia, refinamiento o “buen gusto” suele construirse lentamente mediante la educación, el entorno económico, las costumbres familiares y las jerarquías culturales que aprendemos desde la infancia hasta volverlas naturales. O, dicho de otro modo: muchas personas creen haber descubierto su personalidad cuando en realidad sólo aprendieron a consumir con acento aspiracional.

Por eso The Devil Wears Prada nunca fue únicamente una película sobre revistas de moda, tacones imposibles y oficinas llenas de ansiedad elegante. Desde su primera aparición funcionó como una radiografía sofisticada del poder simbólico contemporáneo. Su regreso con El Diablo viste a la moda 2 confirma algo todavía más inquietante: la moda sigue siendo uno de los lenguajes más eficaces para ordenar jerarquías sociales sin necesidad de pronunciarlas en voz alta. Ya no hace falta preguntar de qué clase social proviene alguien. Basta observar cómo sostiene la copa de vino o qué tan seriamente pronuncia la palabra matcha.

La gira promocional de Meryl Streep y Anne Hathaway se convirtió rápidamente en un ritual global de observación estética. Cada salida pública fue analizada como si se tratara de una cumbre diplomática del lujo. Vestidos, bolsos, marcas, silencios visuales, colores, peinados, relojes: todo adquirió significado. Las redes sociales reaccionaron como siempre reaccionan frente al prestigio contemporáneo: entre fascinación, deseo, ironía y resentimiento. Millones de personas comentaron prendas cuyo precio equivale al salario anual de muchas familias. Y aun así nadie parecía estar hablando solamente de ropa. En internet la indignación contra el elitismo suele escribirse desde un teléfono de última generación cuidadosamente colocado junto a un latte de avena. Ahí comienza verdaderamente Bourdieu.

Bourdieu comprendió algo decisivo: el gusto nunca ha sido inocente. Detrás de aquello que una sociedad llama “elegancia”, “clase”, “buen gusto”, “sofisticación” o incluso “cultura”, suelen esconderse relaciones de poder profundamente naturalizadas. La moda no funciona únicamente como adorno del cuerpo; funciona como clasificación social convertida en estética. El problema nunca fue la ropa. El problema es quién tiene derecho a decidir qué ropa representa inteligencia, éxito o prestigio.

Por eso El Diablo viste a la moda sigue resultando tan perturbadora. Miranda Priestly no representa solamente a una editora tiránica. Representa la autoridad simbólica que decide qué merece ser admirado y qué debe permanecer invisible. Su verdadero poder no consiste en gritar órdenes. Consiste en imponer legitimidad cultural con una ceja levantada y un silencio glacial. Hay dictaduras más suaves que comienzan exactamente así: haciendo sentir ridículo al que no conoce el código correcto.

Bourdieu llamó a eso “capital cultural”. Hay personas que nacen rodeadas de códigos que parecen naturales: saben cómo vestir en cada ocasión, qué vino pedir, qué museo visitar, cómo pronunciar ciertos nombres franceses, qué diseñador admirar, qué restaurante evita la “gente vulgar”. No necesariamente poseen más inteligencia. Poseen familiaridad con los códigos del prestigio. La élite contemporánea ya no siempre necesita castillos; le basta una cuenta elegante de Instagram y una pronunciación correcta de croissant.

La gran astucia del capitalismo contemporáneo fue convertir esos códigos en espectáculo aspiracional. Antes las aristocracias se distinguían mediante títulos nobiliarios o linajes. Hoy muchas diferencias sociales se expresan mediante consumos culturales: la ropa correcta, el café correcto, la música correcta, la dieta correcta, la serie correcta, la indignación correcta. El algoritmo reemplazó parcialmente al árbol genealógico. Ya no basta tener dinero: ahora también hay que saber exhibirlo con aparente modestia. El lujo aprendió a disfrazarse de sencillez para no parecer culpable.

La moda ocupa un lugar privilegiado dentro de ese sistema porque convierte el cuerpo en superficie de lectura social inmediata. Una bolsa puede anunciar poder económico. Un tipo de tenis puede comunicar cercanía con ciertas élites culturales urbanas. Un reloj puede expresar discreción burguesa o extravagancia financiera. Incluso la aparente sencillez requiere aprendizaje. El lujo contemporáneo descubrió que la riqueza más sofisticada ya no necesita logotipos gigantes. El verdadero privilegio consiste en parecer descuidadamente elegante, como si uno hubiera despertado así después de dormir ocho horas en sábanas italianas de quinientos hilos.

Eso también lo anticipó Bourdieu: las clases dominantes suelen transformar sus privilegios en “naturalidad”. Por eso la discusión sobre moda nunca trata solamente de telas. Trata de legitimidad. Cuando alguien afirma: “Esa música es corriente”. “Ese cine sí tiene nivel”. “Eso no es arte”.

No solamente está expresando preferencias. Está delimitando fronteras simbólicas. Está diciendo quién pertenece y quién queda fuera. El esnobismo moderno suele disfrazarse de sensibilidad cultural. Hay personas capaces de escuchar tres minutos de jazz experimental únicamente para sentirse moralmente superiores a quien disfruta un corrido tumbado.

La comida funciona exactamente igual. Bourdieu observó que las clases populares tienden históricamente a valorar alimentos abundantes, energéticos y prácticos, ligados a la necesidad material y al trabajo físico. Mientras tanto, sectores con mayor capital económico y cultural desarrollan una relación distinta con la alimentación: privilegian la experiencia estética, la ligereza, la presentación, el ritual del consumo. El platillo deja de ser únicamente nutrición y se convierte en signo.

Por eso existen restaurantes donde las porciones parecen microscópicas y aun así representan estatus. El valor ya no reside en la cantidad sino en la exclusividad del código. En algunos sitios uno paga menos por comer que por sentirse temporalmente parte de una minoría iluminada capaz de entender un menú que parece escrito por un poeta existencialista en ayuno intermitente.

La música repite el mismo mecanismo. Durante décadas, ciertos sectores culturales aprendieron a considerar refinadas algunas formas musicales y vulgares otras. La ópera fue elevada como símbolo de alta cultura. El reguetón muchas veces fue despreciado como exceso corporal. El jazz pasó de música marginal a patrimonio intelectual sofisticado. El rock alternativo se convirtió en identidad de prestigio generacional para ciertas clases medias urbanas. Incluso el “gusto ecléctico” terminó transformándose en una forma moderna de distinción cultural: escuchar de todo también puede convertirse en una pose de superioridad simbólica. El problema del esnob contemporáneo ya no consiste en decir “yo escucho música culta”; consiste en anunciar con solemnidad que escucha desde Björk hasta cumbia sonidera “sin prejuicios”. Las plataformas digitales no eliminaron esas jerarquías. Las multiplicaron.

TikTok, Instagram o X funcionan como inmensos escaparates de capital simbólico. Las personas ya no sólo muestran qué poseen; muestran qué saben consumir. El usuario contemporáneo construye identidad mediante playlists, cafeterías, librerías, rutinas de ejercicio, fotografías de museos, festivales musicales y viajes cuidadosamente documentados. La vida cotidiana se volvió curaduría pública. Mucha gente ya no vive experiencias: produce contenido emocionalmente fotogénico.

En ese escenario, El Diablo viste a la moda 2 aparece como una especie de espejo incómodo de nuestra época. La película regresa en un momento donde la cultura visual domina la experiencia social. Nunca habíamos vivido tan obsesionados con la imagen y al mismo tiempo tan ansiosos por distinguirnos mediante ella. El narcisismo contemporáneo ya ni siquiera necesita espejos: le basta una pantalla frontal y una buena conexión a internet.

La ironía resulta magnífica: millones de personas aseguran despreciar el elitismo mientras consumen frenéticamente tutoriales sobre “lujo silencioso” (quiet luxury), “old money”, “aesthetic”, “clean girl” o “cómo vestir como millonario”. El capitalismo descubrió algo extraordinario: la mejor manera de vender desigualdad consiste en convertirla en aspiración estética. El sistema entendió que la distinción social vende muchísimo mejor cuando parece espontánea.

Bourdieu entendería perfectamente el fenómeno de los influencers. Muchos funcionan como nuevos intermediarios del gusto legítimo. Recomiendan libros, ropa, cafés, destinos turísticos o rutinas emocionales mientras producen algo mucho más profundo: modelos aspiracionales de pertenencia social. Algunos incluso logran monetizar la aparente autenticidad. La sinceridad también se volvió estrategia de marca. Por eso el debate sobre la cultura nunca puede separarse del poder.

Museos, universidades, medios de comunicación, revistas de moda, críticos culturales, algoritmos y plataformas participan constantemente definiendo qué merece prestigio y qué será considerado banal. La cultura jamás ha sido un territorio neutral. Siempre existe alguien organizando el mapa simbólico del reconocimiento. Y casi siempre lo hace mientras asegura que únicamente está “compartiendo recomendaciones”.

La grandeza incómoda de Bourdieu consiste precisamente en desmontar la ilusión meritocrática del gusto. Nos obliga a preguntarnos cuánto de aquello que creemos “propio” fue aprendido silenciosamente a través de la familia, la escuela, el dinero, la ciudad donde crecimos o las oportunidades culturales a las que tuvimos acceso.

Entonces la pregunta se vuelve todavía más incómoda: ¿Cuántas de nuestras preferencias realmente elegimos? ¿Y cuántas simplemente aprendimos a considerar elegantes?

Tal vez por eso El Diablo viste a la moda 2 provoca tanto entusiasmo. No observamos únicamente vestidos espectaculares. Observamos una fantasía contemporánea mucho más profunda: la posibilidad de entrar, aunque sea por dos horas, al mundo donde el prestigio parece natural, donde el poder se viste impecablemente y donde la estética todavía promete algo que el capitalismo tardío vende mejor que nadie: la ilusión de pertenecer a una clase distinta de la propia.

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

La mesa también clasifica. Hay vinos que funcionan como contraseña social, cafeterías convertidas en símbolos aspiracionales y restaurantes donde la decoración importa más que el hambre. El capitalismo cultural consiguió algo extraordinario: volver estética incluso la experiencia de comer. Ya no basta consumir; ahora hay que saber consumir correctamente. Hay personas capaces de fotografiar un aguacate tostado con más devoción que la que muestran frente a una biblioteca.

Narciso el obsceno

Hoy el prestigio no sólo se posee; se fotografía, se filtra y se comparte. El narcisismo contemporáneo ya no necesita espejos: le basta una pantalla. Mucha gente ya no pregunta quién es. Pregunta cómo se ve siendo quien cree ser.

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