“Cuando el poder se cree absoluto, ya no gobierna: se venera.”
Por. Boris Berenzon Gorn
X: @bberenzon
Había una vez —porque ya sólo así se pueden contar ciertas realidades— un mundo que no se caía a pedazos, sino que aprendía a actuar su propia ruina con una disciplina admirable. En ese escenario, mientras Donald Trump miraba hacia la guerra y la barbarie como quien contempla una extensión natural del espectáculo —un territorio más donde afirmar su centralidad—, el Papa parecía retirarse, no del mundo, sino de su ruido: como si buscara refugio en Hipona, no como geografía, sino como símbolo, como ese lugar agustiniano donde aún es posible pensar en comunidad, en límite, en la fragilidad compartida de lo humano.
Hay períodos que no se derrumban: se sobreactúan. El nuestro parece haber decidido exagerarse hasta el borde de la parodia, como si el poder —cansado de gobernar— hubiera optado por interpretarse a sí mismo. En ese teatro global, donde cada gesto busca ser tendencia antes que sentido, emergen dos figuras que no se enfrentan, sino que se desmienten mutuamente.
En una plaza donde la piedra todavía respira siglos de plegaria, una voz insiste en hablar como si el tiempo no hubiera sido fragmentado en notificaciones. A miles de kilómetros, otra voz no habla: irrumpe, dispara, coloniza el instante. No hay diálogo: hay emisión. No hay escucha: hay impacto.
Ahí se instala la escena: el Papa León XIV frente a Donald Trump. No es un duelo. Es algo más fatigoso: una incompatibilidad de lenguajes, de temporalidades, de mundos de ideales y de perspectivas.
De un lado, la persistencia —cada vez más improbable— de una ética que aún cree en límites, en la palabra como vínculo, en la fe como experiencia compartida. Del otro, la celebración explícita de un poder que ha entendido que el límite no es una frontera, sino un estorbo.
El Papa —convertido hoy en una de las pocas autoridades éticas globales capaces de unificar, aunque sea simbólicamente, el eco de una fe primigenia— no compite por visibilidad. Su fuerza radica precisamente en lo que no busca: el impacto inmediato. Su palabra no pretende dominar el presente, sino recordarle que no es absoluto.
“No tengo miedo a la administración Trump…”. La frase, sobria, casi antigua, parece dicha desde otro siglo. Y, sin embargo, resulta más perturbadora que cualquier estridencia. Porque el miedo ha cambiado de lugar: ya no se teme al poder, sino a la irrelevancia. En el nuevo régimen simbólico, callar equivale a desaparecer.
Trump no grita por exceso: grita porque comprendió algo esencial. Que en la era digital el volumen sustituye al argumento, y que la verdad —ese concepto fatigado— ha sido reemplazada por algo más eficaz: la circulación. No importa si algo es cierto; importa si se mueve.

Lo que algunos llaman “locura Trump” —y que durante años se intentó explicar como simple exceso o estilo— no sólo es una forma radical de adaptación: es también, y conviene decirlo sin eufemismos, una patología. Pero no una patología en el sentido clínico banal con el que se suele descalificar al adversario, sino una más profunda y estructural: la de un solipsismo elevado a sistema. No estamos ante una anomalía aislada, sino ante una lógica llevada hasta su límite. El líder ya no representa: se representa. Ya no gobierna: se proyecta. Y en esa eficacia —precisamente por su eficacia— se vuelve visible lo inquietante: un yo que ya no reconoce exterioridad, que convierte al mundo en escenario y a los otros en utilería. Es una patología que no necesita diagnóstico porque ha logrado algo más perturbador: presentarse como virtud, como autenticidad, como forma legítima de ejercer el poder.
Y entonces aparece el gesto más perturbador: la apropiación de lo sagrado. La imagen de Trump comparándose con Jesucristo no es un desliz, es una operación. No eleva la política: arrastra lo trascendente al terreno de la autoafirmación.
Aquí el delirio no es irracional. Es coherente. Como advirtió Sigmund Freud, el delirio recompone la realidad para hacerla habitable. Y en este caso, la reorganiza colocando al líder en el centro de toda significación. Jacques Lacan lo afilaría aún más: cuando el orden simbólico se fractura, el sujeto se erige como su propio garante.
No hay misticismo aquí. Hay teatralización del absoluto.
El resultado es devastador: el líder no invoca lo sagrado, lo simplifica en imagen. Y en ese gesto profundamente narcisista, no sólo banaliza la fe, sino que instala un mundo donde el otro deja de ser interlocutor para convertirse en espectador.
Es el narcisismo en su forma más eficiente: no el que duda frente al espejo, sino el que convierte el espejo en altar.
Y entonces ocurre algo aún más grave: la fe deja de ser experiencia y se vuelve herramienta. Ya no interroga: legitima. Ya no incomoda: moviliza.
Mientras tanto, el lenguaje político muta en un dispositivo de excitación permanente. Todo debe provocar, todo debe reaccionar, todo debe acelerar. La política ya no persuade: estimula. Y cuando el estímulo se agota, aparece la escalada.
En ese contexto, la diplomacia resulta casi obscena: demasiado lenta, demasiado matizada, demasiado humana.
Frente a esa velocidad, el Papa introduce una anomalía. No porque sea ajeno al poder, sino porque insiste en otra temporalidad. Habla como si la palabra aún pudiera sostener algo más que un algoritmo.
Y eso, hoy, es profundamente subversivo.
Porque el problema no es que la Iglesia haya perdido centralidad. Es que el mundo ha perdido la paciencia para aquello que no puede consumirse. La ética, la fe, la reflexión: todo lo que no produce impacto inmediato se vuelve sospechoso.
Sin embargo, en esa marginalidad se abre una posibilidad: decir sin la urgencia de agradar. Incomodar sin pedir permiso.
Hay un libro —¿En qué creen los que no creen? — donde Umberto Eco plantea una incomodidad que hoy resulta central: incluso quienes no creen, creen en algo. En límites, en normas, en una idea —quizá frágil— de lo humano.
La pregunta, entonces, no es religiosa. Es política. ¿En qué cree quien ejerce el poder? ¿En la ley o en su propia excepción? ¿En la verdad o en su capacidad de imponerla?
Porque cuando el poder deja de creer en algo que lo trascienda, ocurre algo silencioso pero devastador: ya no gobierna, administra su imagen. Y ahí estamos.
En un mundo donde la guerra vuelve a insinuarse como horizonte posible, donde los pacifistas son caricaturizados como ingenuos y los belicistas se disfrazan de realistas, emerge un bloque incómodo —fragmentado, titubeante— que insiste en una idea radical: la paz no es debilidad, es una forma exigente de inteligencia.
Pero la paz no hace ruido. Y en un mundo adicto al ruido, eso la vuelve invisible.
Quizá lo más inquietante no sea el contraste entre el Papa y el presidente, sino lo que ese contraste revela: hemos perdido el acuerdo mínimo sobre el significado de las palabras. Y sin ese acuerdo, todo es posible. Incluso lo peor.
El mundo ya no se divide sólo en potencias o intereses. Se divide en algo más profundo: Entre quienes necesitan enemigos para existir y quienes, incluso en el conflicto, se resisten a dejar de ver al otro como prójimo. Entre el espejo que se adora y la voz que todavía duda. Ahí —y no en otro lugar— se juega lo que viene.

Manchamanteles
La cumbre de Barcelona, con su constelación de liderazgos progresistas —entre ellos Claudia Sheinbaum, Pedro Sánchez, Luiz Inácio Lula da Silva y Yamandú Orsi— intenta algo más que coordinar agendas: busca recomponer una narrativa global frente a la fragmentación contemporánea. Sin embargo, en ese intento persiste una tensión no resuelta: el lenguaje de la transformación convive con las inercias del poder. En ese escenario, la figura del Papa irrumpe —no como actor de bloque, sino como disonancia ética— y desplaza el eje de la discusión. Porque mientras líderes afinan estrategias frente a figuras como Donald Trump y las nuevas derechas, su intervención no compite en términos de influencia inmediata, sino que cuestiona el suelo mismo desde el cual se ejerce la política. No se trata sólo de redistribuir poder, sino de interrogar su legitimidad. Así, entre la diplomacia de los acuerdos, la espectacularización del liderazgo y la voz que insiste en límites, se dibuja una escena más compleja: una disputa no sólo por el control del presente, sino por la definición de lo que todavía puede llamarse mundo compartido.
Narciso el obsceno
Entre el Papa y el presidente, el contraste es brutal: mientras uno recuerda que el poder es mediación, el otro lo reduce a espejo, donde gobernar es mirarse y el mundo apenas un aplauso prolongado.
