viernes 19 julio, 2024
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«CEREBRO 40»: Señora ideática se aferra a sus nostalgias

Por BÁRBARA LEJTIK

Hace muchos años que batallo con un árbol que sembré en la entrada de mi casa, es un “Huele de noche”, un árbol muy bonito pero discreto, con pequeñas florecitas blancas que desprenden un sutil aroma cuando se mete el sol, por eso su nombre.

Creció mucho pero floreó poco, no sé si todos hayan olido alguna vez la fragancia de sus flores, es en verdad exquisita y muy particular, algunos años parecía que iba a florecer por fin, una que otra florecita y luego adiós, le cambie la tierra, le puse abono pero nunca lo cambié de lugar porque yo quería que estuviera justo en el quicio de la puerta.

Se preguntarán por qué me obsesiona tanto este árbol, la verdad es muy simple, mi abuelita materna tenía un “Huele de noche” en la entrada de su casa, su olor me recibía cuando íbamos a visitarla después de las siete de la noche –el verano en Querétaro es muy caliente, tienes que esperar a que se meta el sol para hacer ciertas actividades al fuera de casa–.

Recuerdo perfecto el aroma del árbol cuando tocaba la puerta y sabía que lo que seguía: era ella, mi abuelita, con todo su cariño para mí, tal vez con galletas, tal vez con chocolate caliente, un rato de platica, jugar con su perrito y despedirnos, nuevamente atravesaba el umbral y e olor volvía a invadir mis sentidos.

Hace mucho que no pasaba cerca de uno, casi pudiera decir que ya había olvidado el aroma. Hoy entré a mi casa en la noche sin esperar nada más y ahí estaba, cientos de florecitas blancas regalándome su magnífico olor, cientos de recuerdos también, uno por florecita, sin duda es el aroma que quiero para mi casa, es el olor que quiero que mis hijos recuerden y mis nietos reconozcan, dicen que el hogar es en dónde están los libros de uno, yo agregaría que además de los libros están tus ollas y tus retratos, tus flores y tus razones para tener cada cosa en cada lugar.

De verdad quisiera encapsular el olor del árbol, pensé en cortar una ramita y subirla a mi cuarto pero no me atreví. ¿Quién soy yo para arrancar algo tan bello de su tronco? En vez de eso me preparé un té de canela y me senté junto al árbol a beberlo con calma, tal vez mañana invite a alguien a mi casa en la noche y no le diré nada, dejaré que el aroma del árbol lo salude como me saludaba a mí en mis años infantiles.

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