viernes 14 junio, 2024
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ARTE ABREVADERO DE LETRAS COLUMNA INVITADA

«ABREVADERO DE LETRAS»: Tierra Blanca

(Cómo los que sueñan de día aman más y bonito que los que sueñan de noche)

Mi casa, la casa de ustedes, como acostumbramos decir con sinceridad en provincia, para beneplácito de huéspedes y anfitriones, estaba acomodada en los pliegues de una pequeña loma de un pueblo guerrerense, que tiene la gracia de llamarse Tierra, y como imitación del alma de sus habitantes, apellidarse Blanca. De ella recuerdo las más cálidas noches que ha saboreado mi piel.

El dormitorio que compartía con mi hermano mayor, si así se le puede llamar a un cuartucho de madera, techo de dos aguas, coronado con teja rojiza, tenía dos ventanas encontradas; una miraba a un extenso patio con manglares y bananeros, quizá más allá algunos sauces y ciruelos; la otra daba a un corral de leños, gruesos y prietos, que por la forma de abrazarse a una frondosa bugambilia guinda, nunca dudé que estuviera enamorado de ella. Era en este segundo mirador, respaldado siempre por un cielo azul, que hasta hoy se viste de estrellas para salir de noche por donde dejaba escapar mis sueños de niño.

De noche, y visto desde mi segunda ventana, el panorama de mi pueblo era una verdadera poesía. En esos momentos, incluso el frío que inquietaba mis pies desnudos, se hacia tibio de tan sólo mirar la competencia fascinante entre luceros y luciérnagas que tapizaban el horizonte convirtiéndolo en un lago de luces palpitantes.

Siempre creí que el fulgor de las estrellas tintinaba permanentemente porque respiraba y se movía con vida propia; lo imaginaba como pequeñas embarcaciones en una gigantesca laguna.

Algún pariente me confió que cierto día don Goyo, nevero famoso en Teloloapan, el pueblo más cercano a Tierra Blanca, dijo a mi madre: “Este mocoso no tiene un carajo de nariz, está chato”, cuando apenas sumaba yo cuatro o cinco meses de edad. Este señalamiento que me identifica hasta la fecha entre amigos y familiares de considerable edad, se lo llegué a dispensar a aquel Santaclós de sombrero y huaraches poco después de saborear su nieve de chocolate, que, según él, era “especial para dioses”.

Contrario a Tierra Blanca, a donde se llegaba bajando por un camino real, algunas veredas bordeadas de huizaches, cacahuatales y por el mismo monte,  podríamos decir que Teloloapan era un pueblo de altura, a cuya iglesia y plazoleta, se arribaba por empinadas calles empedradas; mismas que hace más de 60 años a los niños de entonces nos servían como toboganes de nuestros vertiginosos bólidos en que se convertían nuestras viejas tablas de madera que, embadurnadas con cera de veladora, no tenían otro encargo que deslizar lo mejor de nuestras fantasías y emociones.

Sin embargo, fue en Tierra Blanca donde viví los mejores momentos de mi niñez. Tan pronto llegaban las vacaciones de la escuela primaria “Macrina Rabadán” de Teloloapan, montaba el burro que tenía mi abuelo y arriaba con él (con el burro, mi abuelo arriaba conmigo) hasta donde nos esperaba la abuela, con las tortillas de nixtamal, frijoles de la olla, cecina de venado, queso, nata fresca, salsa molida en molcajete, agua de canela con piloncillo y, a veces, un genio de la tiznada.

En ese pueblo más bien pequeño, como un barquito de papel, colaboré en las tareas propias del lugar y de aquel tiempo, como sembrar y pizcar maíz, fríjol, cacahuate, calabaza y cortar leña. “Hoy te toca llevar las bestias –caballos, burros y vacas– al ojo de agua Chato y les das bien de tragar”, era, entre otras, una instrucción común de mi abuelo. Y luego de cumplir la tarea: ¡Al gozo! Recorría potreros y cerros en el lomo de mi caballo “el gacho”, cuya oreja derecha caída no le impedía retozar conmigo. Nadar en sus arroyos y treparme a las ramas de guayabos o ciruelos para recibir sus frutos o amparar mi descanso, fueron otros tantos regalos de Tierra Blanca.

En una ocasión, en plena siembra de frijol, los cuervos aparecieron en grandes parvadas, causando un grave problema al rascar y sacar la semilla, recién sembrada en la tierra de un extenso llano. De modo que mi abuelo tuvo la genial idea de nombrarme “cuida cuervos”, aunque yo, en secreto, claro está, preferí el título de “cuida estrellas”. Mi labor consistía en impedir que fuera secuestrado el frijol, quedándome toda la noche sobre un árbol, en una improvisada cama de manojos de zacate de maíz, a la espera de la aparición de los alados saqueadores; es decir, muy de mañana y, resortera en mano, acabar con la amenaza.

¡Ah, que mi abuelo tan ingenuo! Como era de esperarse, fracasé en la encomienda; en la de mi abuelo, desde luego, que no en la mía. Al comenzar la noche, estuve dispuesto a dormir de inmediato para estar fresco a la mañana que seguiría, pero fue tan seductor y poético el cielo, con su cobija de estrellas, que mis energías se agotaron en las horas y que pasé practicando uno de mis mejores ejercicios: mirar el infinito y soñar y soñar…

Hasta aquí podría decir que mi niñez fue “normal” y, si me apuran, hasta feliz. Si bien no tuve regalos en Navidad, los paseos y las comodidades que otros chamacos de mi edad con justicia presumían, disfruté –en cambio– mi intimidad con el campo. En su inmensidad, y con quienes lo conformaban, me reuní a ejercer dos de los milagros de la condición humana: amar y conversar. El y yo conversábamos.

No obstante la alegría que mi corazón advertía ante el paisaje que rescataba en Tierra Blanca, mi ánimo decaía apenas me encontraba frente a cualquier persona desconocida y en un espacio que no fuera el campo. Mi timidez rayaba en el sonrojo fácil e incluso en el gesto huraño y hasta fiero. “A veces se pone como un cabrón coyote”, le escuché refunfuñar más de una vez a mi madre.

A este racimo de contrariedades se uniría la congoja a poco de que Joaquín, mi padre, anunciara lo que para mí fue un contundente golpe: “Que te ponga tu madre en una caja de cartón una camisa y un pantalón; mañana nos vamos a la capital, a México”. Así daría un cambio radical mi vida. Así cambiaría el burro por el tranvía. Y ahí quedó Tierra Blanca, mis estrellas y mis sueños.   

Cut Domínguez. Es periodista cultural. Ha dirigido espacios como la jefatura de Prensa de Difusión Cultural de la UNAM; coordinador de Prensa en la Ciudad de México del Festival Internacional Cervantino; Subdirector de Difusión del Polyforum Cultural Siqueiros; Jefe de Prensa de la Orquesta de Cámara de Bellas Artes. Asimismo, ha sido colaborador de diarios y revistas nacionales.

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