Por. Boris Berenzon Gorn
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A finales de marzo de 2026 dejó de ser una intuición dispersa para convertirse en una evidencia cultural: el psicoanálisis había regresado, no como reliquia académica, sino como una gramática viva para nombrar el malestar contemporáneo. En artículos de fondo, en plataformas digitales, en auditorios llenos para escuchar hablar del dolor, en series donde la terapia ya no es caricatura sino trama central, la figura de Sigmund Freud reapareció con una fuerza inesperada. No como autoridad incuestionable, sino como interlocutor necesario en una época que ha comenzado a sospechar de sus propias certezas.
El dato no es menor. Diversos medios internacionales han señalado este fenómeno: el auge de figuras públicas que traducen el lenguaje psicoanalítico a públicos masivos, la proliferación de contenidos sobre salud mental y el desplazamiento de la terapia desde el ámbito íntimo hacia el espacio público. Pero reducirlo a una tendencia mediática sería superficial. Lo que está en juego es más profundo: una transformación en la manera en que la sociedad intenta comprenderse a sí misma.
Porque el siglo XXI, en su promesa de transparencia total, ha producido un efecto paradójico: cuanto más mostramos, menos entendemos. Las redes sociales han multiplicado las narrativas del yo hasta el exceso, pero ese exceso no ha traído claridad, sino saturación. La vida se volvió visible, pero no necesariamente inteligible. Y en ese desajuste —entre lo que se exhibe y lo que se comprende— el psicoanálisis encuentra nuevamente su lugar.
No es casual que, en paralelo, la política contemporánea haya aprendido a hablar el idioma de ese desajuste. Líderes como Donald Trump no necesitan coherencia: necesitan intensidad. No apelan a la razón, sino al deseo; no construyen argumentos, sino identificaciones. En lugar de programas, ofrecen relatos simples donde el mundo se divide entre enemigos y salvadores. Y lo más fascinante —o inquietante— es que funcionan.
Trump convirtió el exceso en estrategia: decirlo todo, incluso lo contradictorio, hasta vaciar de sentido la verdad misma. En ese gesto, no hay error, hay cálculo. El discurso se vuelve espectáculo, y el espectáculo, una forma de vínculo. Sus seguidores no lo escuchan: lo reconocen. No importa lo que diga, sino lo que encarna. Freud sonreiría: el líder como figura de transferencia masiva, la política como un gran diván.
El fenómeno no es aislado. Figuras como Jair Bolsonaro, Vladimir Putin, Nayib Bukele o Giorgia Meloni, cada uno a su manera, han comprendido que hoy gobernar también es administrar afectos: miedo, orgullo, resentimiento, pertenencia. La escena política se desplaza así del debate al impacto emocional.
La ironía es evidente: mientras proliferan los discursos sobre bienestar emocional, los dispositivos de manipulación afectiva se sofistican. Hablamos de salud mental mientras consumimos narrativas que exacerban la ansiedad. Nos creemos más conscientes mientras somos más predecibles. El algoritmo no sólo organiza lo que vemos; afina lo que sentimos.
En este teatro contemporáneo, el psicoanálisis no ofrece consuelo fácil. Ofrece algo más incómodo: la posibilidad de reconocer que no somos inmunes a ese juego. Que también deseamos lo que nos somete, que también participamos en la ficción que criticamos. Y quizá por eso vuelve. Porque en medio del ruido político, del narcisismo digital y de la saturación del yo, alguien tiene que hacer la pregunta incómoda: ¿qué estamos buscando realmente cuando creemos elegir?
Freud, que escribió en un mundo sin pantallas, parece haber anticipado algo esencial: que el sujeto no coincide consigo mismo. Hoy lo vemos con nitidez. Habitamos perfiles cuidadosamente editados mientras experimentamos emociones que no logramos nombrar; buscamos validación constante mientras se profundiza una sensación de vacío difícil de explicar. La subjetividad contemporánea oscila entre la hiperexposición y el extravío interior.
En ese contexto, el psicoanálisis no vuelve por nostalgia, sino por insuficiencia de otras respuestas. La psicología del rendimiento, las neurociencias aplicadas al bienestar, los discursos de autoayuda y optimización han ofrecido herramientas útiles, pero limitadas. Explican mecanismos, pero no agotan el sentido. Describen procesos, pero no necesariamente interpretan el conflicto. Y es precisamente en ese vacío donde el psicoanálisis reaparece: no para resolver, sino para leer.
Leer el síntoma. Leer el lapsus. Leer lo que en la vida cotidiana se escapa bajo la apariencia de normalidad.
Si algo distingue a nuestro tiempo es la forma en que el malestar se ha vuelto difuso y colectivo. No se trata ya de patologías claramente delimitadas, sino de una inquietud generalizada: ansiedad sin objeto preciso, polarización afectiva que desborda lo político, irritabilidad constante, una fatiga emocional que no se resuelve con descanso. Como si la sociedad misma hablara en clave sintomática.
Y el psicoanálisis, con su insistencia en que el síntoma es un lenguaje, ofrece una vía de interpretación. No busca eliminar el malestar de inmediato, sino comprender qué dice, qué encubre, qué insiste en aparecer.
Pero hay otra dimensión del fenómeno que merece atención. Este retorno coincide con una mutación en las formas de poder. Ya no se trata únicamente de instituciones visibles que imponen normas desde fuera. Hoy el control opera de manera más íntima: algoritmos que anticipan deseos, plataformas que modelan emociones, discursos que convierten la vida psíquica en un campo gestionable. No es casual que, en este escenario, resurja una práctica que se resiste a la estandarización.
El psicoanálisis no promete eficiencia. No ofrece resultados medibles en el corto plazo. No traduce la experiencia humana a indicadores. Y, sin embargo, o quizá por eso mismo, se vuelve relevante. Porque en un mundo que exige optimización constante, detenerse a hablar, a escuchar, a pensar, adquiere un carácter casi subversivo.
La transferencia —ese vínculo en el que el pasado se repite en el presente— adquiere una nueva densidad en una época de relaciones fugaces. La hendidura del sujeto —esa imposibilidad de ser uno mismo de manera plena— se vuelve una forma de resistencia frente a la presión de construir identidades coherentes y perfectas. La pregunta freudiana —qué desea realmente el sujeto— reaparece como una interrogación radical en medio de un universo que parece decidir por nosotros antes de que podamos desear.
Incluso la cultura popular ha comenzado a registrar este movimiento. Historias donde el cambio no ocurre por acumulación de información, sino por el encuentro con otro; narrativas donde la transformación no es lineal, sino conflictiva; personajes que no buscan completarse, sino comprender su propia fractura. Todo ello señala una sensibilidad que se aleja de la lógica de la solución rápida y se acerca, sin decirlo, a una ética de la escucha.
Por eso el regreso del psicoanálisis no debe entenderse como un retorno disciplinar, sino como un desplazamiento cultural. Es la reaparición de una forma de pensar lo humano que había sido desplazada por la prisa, por la técnica, por la ilusión de control total.
Lo que vuelve no es Freud como monumento, sino como incomodidad.
Y acaso ahí reside su potencia. En recordarnos que no estamos terminados, que no somos del todo transparentes, que hay en nosotros zonas que no obedecen a la lógica del cálculo ni a la voluntad consciente. En una época que busca cerrar el sentido, el psicoanálisis lo abre.
Así, lo que se volvió evidente a finales de marzo de 2026 no fue una moda ni una coincidencia, sino el síntoma de una época que ha comenzado a reconocer sus límites. Una época que, frente al ruido, busca silencio; frente a la saturación, busca profundidad; frente a la certeza inmediata, se atreve —quizá de nuevo— a sostener la pregunta.
Y en ese gesto, profundamente humano, el psicoanálisis encuentra su lugar otra vez.
Manchamanteles
El psicoanálisis, si decidiera abrir consulta para la política global, tendría lista de espera digna de cumbre internacional. Bastaría con invitar a Donald Trump, Javier Milei, Giorgia Meloni o Recep Tayyip Erdoğan y simplemente dejar que el síntoma haga su trabajo. Porque ahí donde se grita libertad, suele hablar la pulsión; donde se promete orden absoluto, asoma el miedo cuidadosamente administrado; donde se teatraliza la autenticidad, se perfecciona la máscara. La ironía es deliciosa: líderes que dicen “decirlo todo” mientras encubren lo esencial, discursos que se presentan como verdad cruda, pero funcionan como relatos terapéuticos para masas ansiosas. Freud no necesitaría interpretar demasiado; bastaría con cobrar la sesión. Y nosotros, disciplinados pacientes colectivos, aplaudiríamos la transferencia como si fuera democracia.
Narciso el obsceno
En la política contemporánea, el narcisismo no solo gobierna: posa, se aplaude a sí mismo y convierte cada decisión en un espejo donde el poder se admira mientras el mundo arde de fondo.